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El rayalibros: osito de peluche maligno

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Robots asesinos, ciudades apocalípticas, corporaciones que eliminan la libertad y la identidad de los individuos: la ciencia ficción en la literatura siempre nos ha advertido de los peligros y conflictos morales y éticos a los que nos enfrentamos con el avance de la tecnología.

En una época hipermediática y plagada de dispositivos, quienes me lean en una computadora, una tablet o un celular ya habrán escuchado o vivido alguna experiencia en que los desarrollos tecnológicos, además de ser facilitarles tareas cotidianas o complejas, puedan convertirse en nuestros peores enemigos y revelarnos la verdad íntima, que a veces nos descorazona, de nuestras parejas, amigos, familiares y conocidos.

Pero a la escalada más evidente de la violencia, la burla o los ataques descarnados en redes sociales puede sumarse un peligro más sutil: la infiltración silenciosa de los dispositivos en nuestra vida diaria. La creciente dependencia de nuestras pantallas para curarnos la soledad, la falta de contacto o la atención de un mundo igual de pendiente de sus celulares y ausente de su mundo exterior. La necesidad de validarnos, conocernos y reconocernos por lo que otras miradas virtuales puedan expresarnos.

Esos contrastes de la sociedad moderna están presentes en la más reciente novela de la argentina Samanta Schweblin, Kentukis (Literatura Random House, 2019). La escritora, nacida en Buenos Aires en 1978, aborda en este libro la aparición y comercialización masiva de unos muñecos con formas de animales (ositos, cuervos, topos, dragones, entre otros) que llegan a hacerle compañía a las personas e interactúan sólo con unas cuantas miradas, gestos y sonidos.

Los kentukis son habitados por ciudadanos reales en otras partes del mundo, que se prestan para convertirse en estas extrañas mascotas que entran en la intimidad de sus “amos” debajo de su disfraz animal. “Podía, en una casualidad insólita, ser alguien que ella conociera y no sincerarse nunca. En cambio ella debía mostrarle su vida entera y transparente”, escribe Schweblin. Necesitan cargarse de pilas, son voyeristas mudos y exhiben una curiosidad que raya en las fronteras del deseo, la sumisión y hasta la falta de buenos modales. Jóvenes, niños y viejos son seducidos por igual con este juguete.

En este mundo de seres solitarios e infantilizados, mediante pequeños capítulos hilados por las vivencias de distintos personajes alrededor del mundo, Schweblin vuelve a hablarnos de los límites de la relaciones sociales en una época donde todo está a un clic de distancia, pero a kilómetros de silencio e interacción física con los otros. ¿Ya revisaron las cosas que les cuentan a sus peluches mediáticos?

 

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