YO COMPRO PLAYBOY PARA LEER

Sería un error no comenzar dando gracias por esta oportunidad. Desde hace muchos años considero esta revista como un espacio de culto. Nadie me cree cuando comento que compraba Playboy para leer, porque aquí encontraba en muchas ocasiones los cuentos prohibidos o las entrevistas con los personajes incómodos para los editores con poca testosterona.

Por ejemplo, Chuck Palahniuk, uno de mis autores favoritos, publicaba en estas páginas adelantos. Historias que en ninguna otra parte se podían encontrar. Él me contó hace muchos años que después del 11 de septiembre se volvió un autor incómodo en Estados Unidos. Los atentados terroristas lo pusieron de inmediato en el catálogo de las mentes peligrosas.

Le pregunté hace 12 años por qué no escribía en revistas como The New Yorker, Esquire, Harper´s. Me respondió que se había convertido en una especie de símbolo en la mente de la gente, y muchas revistas no quieren ligarse a ese símbolo.

¿Un símbolo de qué? “De algo muy rabioso, creo que mucha gente me ve como un escritor políticamente incorrecto en este momento. Tienen miedo de ofender a sus lectores, es por eso que no me leerás en un gran número de revistas estadounidenses”.

En Playboy sí le publicaban.

Aunque nadie me cree, me he saltado mujeres hermosas desnudas para llegar directamente a historias que me revuelven el estómago con su fuerza. Siempre he visto a Playboy como un abrevadero entre decenas de publicaciones que tratan de ser políticamente correctas, rayando en la hipocresía y perdiéndose al mismo tiempo las tendencias por falta de arrojo.

El único lugar donde podía exponer sus ideas el autor de The Fight Club (1996) y Survivor (1999) era Playboy, en estas páginas no lo censuraban. Antes del 11-S colocaba en manos de sus lectores recetas para crear bombas caseras, planes para destruir edificios y argumentos para convulsionar el mecanismo moderno de producción. Después del día fatídico, sólo aquí lo aceptaban. A los editores de esta casa editorial no les importaba que el presidente en turno o las buenas conciencias estadounidenses, lo tacharan de loco irresponsable. Un loco que me dijo que una manera actual de quejarse es usar playeras blancas, tomar agua y destruir la televisión. Vio en los libros una forma de protestar por las playeras del Che Guevara y The Ramones vendidas en centros comerciales, carentes de significado en el cuerpo de millennials con el nivel intelectual apenas suficiente para consumir Acapulco Shore.

También en estas páginas leí (la tengo bien guardada) la última entrevista de Roberto Bolaño, la de Mónica Maristain, quien cada vez que piensa en el escritor le viene a la mente un poema de Homero Manzi: “Sé que mi nombre resonará en oídos queridos/ con la perfección de una imagen. / Y también sé que a veces dejará de ser un nombre/ y será un par de palabras sin sentido”.

Con esta entrega comienzo ‘Palabras sin sentido’ en Playboy, una columna mensual que no tengo cómo pagarle a Don Raúl Beyruti ni a Alfredo Cedillo, quienes me abren desde hoy las páginas de esta revista que considero un espacio al que debo honrar. Lo mejor de todo es que si les importa poco lo que escribo, pueden darle vuelta a la página y encontrar a muchas hermosas mujeres y sus historias, uno de los grandes pretextos de esta casa para publicar esos materiales que nadie se atreve a publicar.

Por: Hiroshi Takahashi
@takaink