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Opinión

De comedia y tragedia; una historia de amor entre copas

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En el Centro Histórico sobrevive un templo del buen beber que alojó una desgraciada historia de amor, ¿te atreves a conocerla?
De comedia y tragedia; una historia de amor entre copas
Escrito por: Jorge Arturo Borja
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Informa Luis González Obregón en su libro Las calles de México que en septiembre de 1542 se instalaron las primeras casas de asignación o prostíbulos, en cuatro terrenos del centro de la ciudad. A esa zona, por el oficio de las muchachas que ahí laboraban, se le llamó en un principio Calle de las Gayas, porque así se nombraba entonces a las sexoservidoras.

Con el tiempo se construyeron sobre esa misma vía varios hostales que alojaban a los visitantes, sus caballos y carruajes. Entonces cambió la nomenclatura para llamarla Calle de Mesones. Por cierto que en la 7ª de Mesones todavía existe una placa que dice: “En esta calle se establecieron en el siglo XVI las primeras casas de tolerancia de la Ciudad de México”.

Decía don Manuel Díaz, prestigiado cantinólogo, que en donde Mesones hacía esquina con Isabel la Católica, antes había un establo, y que por eso al primer dueño de La Vaquita, cantina que ahí se ubica, se le ocurrió bautizarla con ese nombre. Otros clientes de tan pintoresco sitio afirman que en realidad se le llamó así porque gran parte de su clientela era aficionada a la fiesta brava, no toreros sino novilleros o espontáneos acostumbrados a enfrentarse con vaquillas más bravas que una suegra.

El Salón Bar La Vaquita, tiene dos entradas que dan a distintas calles y varias historias que contar. Está situado en la planta baja de un edificio antiguo. Afuera de una de sus puertas se puede apreciar una hornacina con azulejos que guarda una monja de piedra, y adentro del local un altar con la Virgen de Guadalupe, que impone respeto hasta en los borrachos más indecentes.

Se cuenta que a mediados de los años veinte, un tal Mario Fortino Alfonso, puberto que vivía en una vecindad de Isabel la Católica, le pidió trabajo al dueño de la cantina. Como le cayó en gracia a don Ángel del Moral, lo admitió como garrotero. Era un muchacho simpático que limpiaba las mesas y que en algunas ocasiones se quedaba a dormir en la barra ya cuando cerraban el local.

Al paso de los años, y después de haber probado fortuna como torero y boxeador, ese joven encontraría su vocación en las carpas y luego en el cine con el sobrenombre de Cantinflas, quien ya convertido en estrella, y en agradecimiento por el buen trato que le brindó don Ángel, le regaló a su antiguo patrón un restaurante en Insurgentes, conocido como El Pilón.

Otra historia tiene que ver con la efervescencia política de finales de los años veinte. En el primer piso del edificio donde se ubica la Vaquita, también se encontraba el local del Partido Comunista Mexicano. Ahí se reunían artistas como Diego Rivera, David
Alfaro Siqueiros, Xavier Guerrero y Juan de la Cabada para organizar las actividades y también para editar el periódico del partido: El machete.

Uno de sus colaboradores es un político exiliado de 23 años de edad, hijo de cubano e irlandesa, de apostura viril y carácter jovial, que había llegado a México en 1926: Julio Antonio Mella. Desde un principio se había destacado como activista y escritor. Durante las protestas callejeras por la muerte de Nicolas Sacco y Bartolomeo Vanzetti, migrantes y anarquistas de origen italiano, ejecutados en Estados Unidos, Julio Antonio había sido uno de los oradores principales. Ahí lo vio desde lejos Tina Modotti, una fotógrafa comunista que había sido modelo pero que había acabado exiliándose interesada por la Revolución Mexicana que entonces era un ejemplo para el mundo.

A Tina, una belleza cosmopolita y divorciada de 31 años, le causa una enorme impresión el joven Julio Antonio. Los dos acaban colaborando en el periódico del PCM. Elena Poniatowska lo relata así en su biografía novelada de la Modotti: “La primer vez que Tina y Julio se quedaron solos en la redacción de El Machete, el cuerpo entero de ella entró en expectativa, como perro de caza que de pronto aguarda perfectamente quieto en su tensión. Tina trató de apretar sus labios que se entreabrían, de acallar los latidos bajo su ombligo, supo que no podría erguirse sino hasta que él se alejara, sus piernas no la sostendrían, él la condujo al cuartito llamado ‘el archivo’. Se amaron de pie, luego sobre los periódicos caídos. Ninguno de ellos dos se preocupó de que alguien entrara a la sala de El Machete. Olvidada de sí misma Tina se sintió Julio. Ella era Julio, él era Tina, ella era el deseo de Julio, lo mismo que él sentía, lo sentía por sí misma”.

Dice otra leyenda que el 10 de enero de 1929 Julio y Tina salieron de La Vaquita y que en la calle de Abraham González dos tiros de calibre 38 acabaron con la vida del cubano. Tina fue acusada de la muerte de su amante pero no se le pudo probar nada. Al año siguiente se fue de México. Participó en la Guerra Civil Española como enfermera y en 1939 regresó a nuestro país para morir de un infarto en un taxi.

La próxima vez que usted acuda a beber a La Vaquita, puede brindar por este amor malogrado.

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