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Opinión

“La Apestosa”, historias sexuales y violentas de una cantina

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En el Salón Orizaba llgó a beber a hurtadillas Manuel Camacho Solís, cuando Salinas lo traicionó. Pero también fue el centro de operaciones de Jack Kerouac
“La Apestosa”, historias sexuales y violentas de una cantina
Escrito por: Jorge Arturo Borja
jaborjal50

A Oyuki la conocí en el Salón Orizaba. Nunca supe su nombre. La habían apodado como la heroína de una historieta por sus rasgos orientales, que a muchos parroquianos de aquella cervecería les recordaban los de Lin May. La llegué a ver usando un Qipao rojo, corto, muy ceñido, que si bien resaltaba su vientre chelero, también dejaba entrever sus piernas blancas y varicosas, envueltas en medias negras de red. A veces apoyaba el servicio subiendo las caguamas al tapanco donde había tres mesas y decenas de cajas de cartón. En otras ocasiones introducía monedas a la rockola para tocar sus preferencias de la Matancera o la Santanera y bailarlas por 15 pesos. De cajón, iba calibrando los agasajos de los clientes de acuerdo con el número de cervezas que le invitaran. Se presentaba con 27 años recién cumplidos pero parecía mayor de 40.

Ya después de la sexta cerveza era generosa en brindarse a las caricias e ir desgranando capítulos de su vida a quien quisiera escucharla. Había sido meretriz en Acapulco. Y afirmaba que cuando atracaban en el puerto barcos de USA, ella llegaba a dar hasta 20 servicios en un día. “Los gringos son como conejos, cogen rápido pero varias veces. Por eso los únicos novios que he tenido son mexicanos. Lo malo es que son posesivos y pegalones, y luego quieren quitarle a una el dinero”, contaba. Cuando quería dejaba de servir y se dedicaba a alternar con los clientes: la fauna bebedora y de bajos recursos del Centro Histórico.

El Orizaba era un lugar de sana convivencia en donde hombres y mujeres podían sostener una conversación en el único baño unisex de todas las cantinas; en el que se servía una botana exigua que no pasaba de un vaso de caldo con esqueleto de pescado y chicharrones o cacahuates, pero en donde las caguamas costaban apenas dos o tres pesos más que en la tienda; un lugar en que los parroquianos eran la parte principal del show, a veces de box y otras cantando y haciendo striptease; en el que Furia Ciega, de bastón y lentes negros, autentificaba a las damas que dormían la mona sobre la mesa para asegurarse de que no se tratara de travestis. En resumen, un bar donde combebían y confraternizaban seres de orígenes asaz disímbolos y en el que afuera podían asaltar los mismos que antes habían convidado el trago.

A Oyuki también le escuché que al tapanco del Orizaba acudía mucho rata a preparar sus golpes o muchos chismosos a los que les gustaba ver el desmadre desde arriba. Me platicó que nunca atendía a unas lenchas que le habían propuesto encandilar a los clientes al hotel para desplumarlos. —Como me negué, me amenazaron. Pero no les tengo miedo. Para cabrón, cabrón y medio— decía mostrándome una navaja de fuelle que cargaba en el bolso. Ella practicaba una ética de trabajo que le impedía sustraer el dinero a los hombres que alquilaban su cuerpo; sin embargo, era descuidada cuando se perdía en el alcohol, y el Tiburón, un mesero con una cicatriz que le iba de la comisura de la boca hasta la oreja, subía a quitarle de encima a quienes ya se le habían encaramado sin pagar.

El “Horrorizaba” o “La Apestosa”, como también se conocía a ese salón, alguna vez fue punto de reunión de William Burroughs y Jack Kerouac. En sus mesas también departieron periodistas como el legendario Jesús Luis Benítez, El Búnker, o el jefe Manuel Blanco. Sin embargo, el lugar se empezó a descomponer cuando, a fines de los ochenta, lo invadieron hordas de estudiantes e intelectuales que en principio acudían ahí haciendo comentarios sociológicos y anotaciones como a una práctica de campo, o como espectadores del estreno de Los olvidados. Y poco después, cuando insistieron en montar sus exposiciones de foto o de pintura, el espíritu del Orizaba se perdió definitivamente.

A su desaparición sobreviven dos leyendas. Una, que la tarde del 93 en que se anunció la candidatura de Luis Donaldo Colosio a la presidencia, entró Manuel Camacho Solís a la Apestosa, de lentes oscuros y acompañado de dos guaruras, a beber y emborracharse para olvidar la traición de su amigo Salinas.

Otra leyenda, me la cuenta un amigo a las puertas de la tienda de lámparas que ahora ocupa el lugar de la cantina: “a Oyuki la picaron por la espalda y murió desangrada aquí afuera”. La noticia me hace cimbrar. Me recorre la espalda un sudor frío. El amigo me abraza y dice “Así es la vida”. Y me vienen a la memoria unos versos de José de Jesús Núñez:

“¡Sí, la vida, comento,
la vida es esta niña descarriada!
y me llevo clavada la brutal puñalada
en lo más hondo de mi pensamiento”.

 

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