LIBROS AL DESNUDO: ¿LIBROS IMPOSIBLES?

Por Jaime Garba

@jaimegarba

El mito del escritor irlandés James Joyce –no sé si para bien o para mal- se sustenta (además de por supuesto su gran calidad literaria) en la “imposibilidad de su lectura”. Partiendo de la complejidad atávica heredada por generaciones, se ha creído que leer “El Ulises” es un acto obligatoriamente heroico pero destinado al fracaso. Recuerdo que una ocasión Antonio Ortuño me contó que en su memoria quedó muy grabada la imagen de la notable escritora mexicana Valeria Luiselli leyendo en el transporte público de la Ciudad de México “El Ulises”; acotando recordar además tenía decenas de pegatines de colores que solemos usar los lectores para asirnos de fragmentos importantes. Si Luiselli los usaba a montones en esta obra seguro se debía a que es uno de los pocos humanos capaces de entender (más no necesariamente de descifrar) al escritor. Nadie podría decir a ciencia cierta en qué momento Joyce se volvió parte del imperioso currículo lector. Si alguien me pregunta si he leído “El Ulises” o a Joyce, yo respondería: “por supuesto, ¿quién no?”, entonces sacaría una pipa y tomaría el libro pretendiendo leer con sapiencia aunque probablemente no entienda un carajo. Pareciera una mala broma pero no se llega a la cumbre de la lectura y la escritura si no se lee o se finge haber leído a Joyce. A su favor afirmó que no es el único que se encuentra en ese altar inalcanzable, pero en su contra debo también decir que a diferencia de otros autores, la obra de Joyce es probablemente la más críptica y dura de digerir por el cerebro.

Mas miento un poco al decir que Joyce es un mito, será el aura que lo rodea, la armadura que pocos traspasamos, porque una vez cruzada la frontera de estos dimes y diretes, malas experiencias lectoras o derrotas anticipadas, lo que hay es un gran tesoro que la humanidad debe apreciar, legado universal y eterno de la palabra que por exigente se constituye en sumamente valioso. Sin embargo, con su perdón, las gracias no se las debemos a Joyce, que desde mi perspectiva, pero en un nivel más superior, como Juan Rulfo, se olvida del lector y escribe desde y para sí mismo, o tal vez no se olvida de él, pero se ríe del proceso de interpretación que tendrá, juega con la lógica común de la lectura y desafía hasta límites insospechados la creatividad e inteligencia de quien lo lee. Será tal vez por eso que todos debemos presumir que hemos leído a Joyce.

Pero, ¿cómo llega Joyce al plano terrenal y baja del paraíso perfecto? Es debido a ciertos personajes en el mundo que se vuelve legible, estos (sí héroes) nos han ahorrado la semántica de su obra para llegar directamente a la pragmática. Leer a Joyce en una traducción tan ambiciosa y poderosa, por ejemplo como la que está realizando el escritor mexicano Juan Díaz Victoria del “Finnegans Wake” (cuyo primer capítulo ha sido publicado por Ediciones Arlequín bajo el título de “Estela de Finnegan”), es la prueba de que Joyce puede ser accesible al lector común. Esta traducción, o podría decirse nuevo lenguaje, es un acto titánico digno de reconocimiento, pues no pocos autores se jactan de haber traducido a Joyce y quienes lo han intentado (Salvador Elizondo tradujo sólo una página del Finnegans… sin muy buenos resultados) han terminado trasladando signos de un idioma a otro, dejando lo sustancial intacto (los neologismos, las palabras cifradas, las frases crípticas, etcétera) y tal vez hasta volviendo más difícil su lectura. Juan Díaz, lo sé porque me lo ha dicho de viva voz, ha dedicado muchos años a Leer (con mayúscula) a Joyce, a diseccionar cada palabra, cada oración, para legar a estudiosos y doctos de la obra del escritor, pero también para el lector común, esta “Estela de Finnegan”, cuyo primer capítulo es solo el cimiento de una imponente construcción que supera las dos mil páginas.

El Finnegans… de Juan se va abriendo camino poco a poco, al grado de que su traducción es referencia para autores de la talla de Enrique Vila-Matas y reconocida por otros como Isaí Moreno y Pedro Ángel Palou. No me creerán, pero sin miedo aseguro que el trabajo de Díaz Victoria se ganará un espacio en la historia a través del tiempo a niveles tal vez como la relevancia que tienen hoy las traducciones de José Emilio Pacheco de T.S. Elliot.

Sin duda es y será fascinante detenernos un poco a pensar en las implicaciones de esta aventura literaria, reconocer y adoptar en nuestra lengua a un ícono de la literatura universal, tal como diría Felipe Ponce, editor de la obra: “El mítico Finn está despertando, y habla castellano”.

Sobre Juan Díaz Victoria: nació en Cuernavaca, Morelos, en 1969. Es autor de los libros de poesía La celebración de otoño (1995), Tierra junta (2004), Boca de la lumbre (2006) y de la novela Carne de cañón (2010), así como de varios libros didácticos de temas relacionados con el folclor, las costumbres y tradiciones de México. Ha colaborado con artículos, reseñas, entrevistas, traducciones y trabajos de creación literaria para diversas publicaciones y antologías de México, España y Sudamérica. Recibió el Premio Estatal de Literatura Morelos 2002 y fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en 2004 y 2006, con la tutoría de Francisco Hernández y Aline Pettersson, respectivamente. Actualmente prepara la traducción íntegra, en versión anotada, del Finnegans Wake de James Joyce.