En el vasto mapa de la intimidad, los besos tienen pasaporte diplomático. Viajan libremente entre parejas, conquistan territorios y provocan reacciones químicas tan potentes que ya quisieran muchas sustancias controladas. Pero en el folclor urbano mexicano hay tres que siempre despiertan morbo, risas y más de una ceja levantada: el beso negro, el beso blanco y el beso rojo.
Primero lo primero: no venimos a juzgar, sino a explicar. Y si además podemos agregar un par de datos científicos y de salud sexual sin matar el mood, mejor.
Beso negro
Hablemos claro: es sexo oral en la zona anal. Genera fascinación y miedo a partes iguales. La ciencia dice que el ano es una zona altamente inervada, por lo que puede ser intensamente placentera. ¿El tema de salud? Básico: higiene impecable, barreras protectoras (sí, hay barreras bucales), evitarlo si hay heridas o molestias y comunicación clarísima. El tabú es grande, pero las bacterias lo son más. Respeto ante todo.
Beso blanco
Este es más controversial: la práctica de compartir fluidos después de la eyaculación. No es para todos y está bien. Desde el punto de vista médico, el semen puede transmitir ITS si alguna de las personas la porta, así que la confianza, los chequeos médicos y el consentimiento explícito son la trinidad sagrada. Más allá del mito, no tiene propiedades mágicas, nutritivas ni espirituales… aunque algunos juren que les “da energía”. Placebo, quizás, pero uno muy motivador.
¿Qué es la salud sexual y cómo se mide?
Beso rojo
Originado en la cultura pop sexual, se refiere a besar o intercambiar fluidos durante la menstruación. En términos de salud sexual, los riesgos no son mayores que en relaciones sin menstruación, excepto en presencia de ITS. La sangre no invalida el erotismo; a veces hasta lo potencia.
Al final, cada beso—negro, blanco, rojo—cuenta una historia de confianza, consentimiento y ganas de experimentar. La ciencia aporta datos, pero el deseo pone el resto. Y en eso, nadie besa igual que tú.