Malditos ojos azules

“Me besaste con violencia, como un asesino, como un león devorando un ciervo. Después, tomaste mi libreta de la mesa y la rompiste con la furia de un granadero”.

 

 

—Quiero que dejes de escribir de mí.

El enojo, mejor dicho, el encabronamiento, hizo que pusieras de golpe tu celular en mi cara. En la pantalla se veían las letras —borrosas, por la cercanía del aparato a mis ojos—, de un poema mío. Sólo el título se veía con claridad: “Ojos azules”. Apenas pude ver tu cara enrojecida y sus ojos iracundos, pero de un azul utópico, más que hermoso. Me confrontaste con la espada de tu reclamo en una mesa de la cafetería, tenía mi americano en la mano y un cigarro en la boca. Tú no podías ocultar la sensualidad de tus contornos, aunque estuvieras que te llevaba la chingada.

—¡¿Me oíste, pendejo?!
—Soy culpable
de muchos excesos:
de pasármela en el cine,
en un bar sin nombre,
de vagar en mis recuerdos
y de arar mis campos,
ricos en miedo,
para sembrar
indecisiones.
Pero sólo de eso;
ni Dios,
ni el presidente,
ni el primer ministro
de la putísima virgen
pueden juzgarme;
imagínate tus ojos azules.
—¡¿Qué?! ¡¿De qué chingados hablas,
enfermo?! —. Comenzabas a perder el
control. O esa impresión me dio cuando
colocaste tu cara a un centímetro de la
mía. Sentí que te besaba. Y tu mano es-
taba lista para disparar una bofetada.
—¿Qué faltó para acoger en mis entrañas,
ese vigor?
¿No fue suficiente
desnudarte y vestirte,
vestirte y desnudarte,
en la antesala
del amor imposible?
Derroté a tu perro protector,
reconócelo:
“indiferencia” comía de mi mano
y se hacía el muerto
cuando lo ordenaba.
¡Reconócelo!
— Neta pendejo, neta. Deja de escribir de mí. ¿Te acuerdas de esos judiciales que te conté? Todavía tengo su teléfono… Paréntesis: una vez me contaste que uno de tus vecinos te espiaba desde su azotea, mientras tomabas baños de sol en tu patio. Hacía fotos y grababa videos. A pesar de que lo enfrentaste y amenazaste para que detuviera su pinche asedio, el tipo siguió. Un conocido de tu papá o de no sé quién,te pasó el contacto de unos judiciales, quienes estaban listos para poner los cachitos del pervertido frente su propia casa, para que los vieran sus hijos, si les dabas una corta. Sólo bastó una advertencia, con lujo de pistola y algunos madrazos, para que el stalker aterrizara su puto dron.
—Mi cuerpo
es barrote de celda.
He adornado ya
muchas cárceles,
la vida
la más grande.
Mis pulmones son miedo,
la muerte,
un destino
con cheques sin fondos.

—¡Te prometo una cosa, imbécil!, una buena madriza para que dejes de hablar como tarado. Aleja cualquier cosa tuya de mí. ¡Estoy harta!

La desesperación te obligó a enmarañar más tu cabello. Azotaste las manos en la mesa. Viste en mi taza de café el arma perfecta y la volteaste sobre mi cabeza. La taza estaba vacía. Un grito vestido de frustración se escapó de tu garganta ronca.

—Sólo dime,
río,
fuente,
inmensidad del mar,

que evitaste la inundación de para ahogar la sorpresa,

Israel el indulto,
Cruz de los días felices

de la tormenta…

No pude terminar de hablar. Me besaste con violencia, como un asesino, como un león devorando un ciervo. Después, tomaste mi libreta de la mesa y la rompiste con la furia de un granadero. La pluma no se salvó: la tiraste al suelo y brincaste sobre ella mil veces. Honestamente, no conté las veces que te tomó destrozarla, veía cabriolear tus senos.

Cuando terminaste tu tarea de huracán, diste la vuelta y te llevaste los ojos azules del abismo. El tuyo.

 

 

Por Omar Galicia

Ilustración de Israel Cruz