Nicolás Alvarado: Una conversación sobre periodismo y cultura
Quise hacer esta entrevista con Nicolás Alvarado por dos razones. La primera es personal: lo admiro desde hace años por la solidez de su pensamiento y por la consistencia de su trayectoria pública.
La segunda es profesional: desde hace tiempo me ronda una inquietud que no logro disipar. Algo se tensó en el periodismo. La conversación pública parece haberse estrechado. Todo se formula en términos absolutos. Blanco o negro. Adhesión o condena total. Las zonas intermedias, que alguna vez fueron el espacio natural del análisis, hoy generan sospecha y deslegitimación.
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No quería una conversación complaciente, ni un ajuste de cuentas con el presente. Quería una mirada honesta. Por eso lo contacté. Para hablar de periodismo, sin adjetivos. La idea inicial era hablar de periodismo cultural. Durante la primera parte de esta conversación —lo notarás, lector— nos concentramos ahí: en suplementos, en reseñas, en la crítica y en sus espacios menguantes.
Pero mientras avanzábamos, el adjetivo empezó a estorbar. Lo cultural era apenas una puerta. Pronto entendí que el problema no estaba circunscrito a una sección de los periódicos, sino al oficio entero. Y hacia allá se movió la charla.
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Abrí la conversación con una pregunta aparentemente simple: cuando se dice que el periodismo cultural perdió influencia, ¿de qué influencia estamos hablando exactamente?
Nicolás no responde de inmediato. Ordena la respuesta. Para él, lo primero que está en crisis no es la influencia, sino la definición misma de periodismo cultural. Esa crisis, subraya, es anterior a la revolución digital.
Durante décadas, en México, el periodismo cultural se entendió como periodismo sobre artes, específicamente sobre bellas artes. Teatro, danza, literatura, ópera, artes plásticas. Pero esa reducción, dice, era ya un error de origen.
El reportero de nacional estaba en el avión presidencial o en la Cámara de Diputados. El de finanzas, en la Bolsa. El de espectáculos, en el Teatro Insurgentes. El de cultura, en Bellas Artes. Cada quien en su carril. Ese diseño organizacional terminó acotando la noción misma de cultura.
Para Nicolás, el periodismo cultural no debería limitarse a cubrir eventos artísticos ni a reportar presupuestos. Cultura es todo aquello que hacen los seres humanos. Entender lo que ocurre en Venezuela es periodismo cultural. Analizar la industria del lujo y su crisis es periodismo cultural. Seguir el proceso de un artesano de barro negro en Oaxaca -desde la producción hasta la comercialización- también lo es. Lo político, lo social y lo económico están atravesados por cultura.

Luego se presentó un nuevo escenario: la revolución digital.
Nicolás cita un libro de Alessandro Baricco, The Game. La tesis que retoma es provocadora: no es que la revolución digital haya transformado la sociedad, sino que una sociedad ya transformada produjo la revolución digital. Una ciudadanía cansada de que una élite -entre ella los medios- controlara el discurso decidió participar directamente en la conversación.
La consecuencia fue una democratización inicial del espacio público. Todos podían opinar. Todos podían publicar. Todos podían comentar el presupuesto cultural, la ópera, el barro negro, el desfile de modas.
El problema no fue la apertura en sí, sino la desaparición de filtros. Si todos son opinólogos y todos son reporteros, ¿dónde queda la credibilidad? ¿Dónde el rigor? ¿Quién verifica? ¿Desde qué formación se emite una opinión y con qué responsabilidad?
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A eso se suma la lógica afectiva de las redes sociales. Nicolás insiste en que no se trata de cariño, sino de variables emocionales: ira, indignación, seducción, burla. Plataformas como Twitter o Tik Tok amplifican esas dinámicas. Incluso Instagram, aparentemente más pacífica, opera bajo códigos aspiracionales -estéticos y de clase- que también modelan el contenido.
En ese entorno, la crítica profesional pierde espacio. Es costosa. Requiere tiempo, formación y lectores dispuestos a seguirla. Los medios, con modelos de negocio cada vez más precarios, recortan primero lo que no genera tráfico inmediato.
Para Nicolás, ahí se configura la tormenta perfecta: redefinición fallida del periodismo cultural, estructuras rígidas heredadas, elaboración irregular, revolución digital sin una regulación, modelos de negocio debilitados y precarización laboral.
El problema ya no es exclusivo del periodismo cultural -sea lo que eso signifique-, sino del ejercicio periodístico en su conjunto.
La conversación ya había desbordado la etiqueta de “cultural”. Era evidente que el problema no se limitaba a una sección del periódico. Se lo digo directamente: quizá habría que quitarle el adjetivo y hablar simplemente de periodismo.

Nicolás asiente de inmediato. Celebra la idea.
Para él, el buen periodismo no admite compartimentos estancos. No es político o cultural o económico: entrecruza variables. Dice que una historia sobre desaparecidos en los Altos de Jalisco, la creación de un perfume de Hermès o un asalto pueden parecer universos inconexos, pero no lo son. En todos operan fuerzas políticas, económicas, sociales y culturales. La diferencia la marca el periodista: su capacidad de rastrear.
La palabra que repite es esa: rastrear.
Rastrear en campo.
Rastrear en libros.
Rastrear en conversaciones con fuentes.
Ahí empieza el oficio.
Para Nicolás, la idea se extiende. La relación con la familia, con la paternidad, con el sexo, con el entorno urbano. Todo es materia periodística. Todo lo que hacen los seres humanos puede ser observado, interrogado, contextualizado.
Le pregunto entonces cuál sería la función principal del periodismo hoy. No responde con una definición cerrada. Habla de responsabilidad. Dice que a quienes estamos en media carrera nos toca honrar el oficio. Luego entra en lo esencial. El periodista, dice, es un curioso. La frase puede sonar a cliché, pero en su explicación adquiere peso. Curioso no como indiscreto, sino como alguien que pregunta: ¿por qué funciona así? ¿qué ocurrió aquí? ¿qué hay detrás de este dato?
Añade otra cualidad: es un escéptico profesional.
Difícilmente un periodista serio se comporta como militante. No parte de consignas. No dice “qué bueno que tal líder hizo esto” o “qué malo que tal otro hizo aquello” como reacción primaria. Lo que quiere es comprender qué ocurre en cada contexto y cómo esos hechos se conectan con dinámicas más amplias.
Agradece explícitamente a quienes lo formaron. Menciona a Carlos Marín como su primer jefe en una redacción. Dice que le enseñó a trabajar. No se detiene en la anécdota; la usa para subrayar que nadie se forma solo.
El riesgo actual, advierte, es que el periodismo parezca poco atractivo: abstruso, mal pagado, lento frente a la promesa inmediata del influenserismo. Y es tajante en algo: eso no es periodismo.
Aquí la conversación gira hacia un punto que le irrita: la objetividad.
Dice que fue un exceso de su generación y de las anteriores defender la idea de la objetividad periodística como si fuera alcanzable. Para él, no existe tal cosa.
Nadie escribe desde la nada. Escribe desde su nacionalidad, su género, su generación, su educación, los libros que ha leído, la ciudad en la que vive, su origen socioeconómico. Todas esas variables influyen.
Si él fuera, dice, una mujer trans de setenta años en Bangladesh, no pensaría igual que pienso hoy. Es una imagen deliberada, no provocación gratuita. Sirve para evidenciar que la neutralidad absoluta es una ficción.
Lo que sí existe, es el rigor.
El rigor puede ejercerse desde cualquier identidad. Y ahí cita a Ryszard Kapuściński y una idea que considera central: el afán por comprender. Un periodista auténtico quiere comprender la materia que trabaja. No imponerle una narrativa previa.
Finalmente, introduce un elemento que suele olvidarse en discusiones sobre precariedad y modelos de negocio: el periodismo es también un género literario.
No literatura en el sentido ornamental, sino en el uso consciente de herramientas narrativas.
Recuerda la tradición de los años sesenta en revistas como Playboy, Rolling Stone, Esquire. Nombra a Norman Mailer, a Hunter S. Thompson, a Gay Talese, a Tom Wolfe. Periodistas que incorporaron recursos de la literatura sin sacrificar rigor.
Dice que esa dimensión, la belleza posible del periodismo, se ha ido erosionando.
Un periódico, una revista, deberían poder leerse con placer incluso cuando cuentan historias duras. Evoca el viejo chiste de que alguien compraba Playboy “por los artículos”. Sonríe al recordarlo. Más allá de la broma, lo que quiere señalar es que esas revistas publicaban ficción, ensayo, periodismo de alto nivel. Fueron escuela para su generación.
Él mismo se formó leyendo esas publicaciones. Las considera parte de su educación sentimental y profesional.
Y entonces le hago la pregunta, sin rodeos: si algo se perdió en el periodismo de hoy. Y si se perdió, qué fue lo primero en irse. El lector. El rigor. La autoridad editorial. O todo a la vez.
Dice que no se perdió. Que se redujo. Y se toma el tiempo de explicarlo:
No cree que el periodismo haya desaparecido. Cree que hay menos. Menos buenos periodistas publicando en menos espacios, leídos por menos personas. Cree que eso es distinto a la extinción. Que todavía hay vestigios de un periodismo profesional que se sostiene, que resiste, pero que ya no ocupa el centro de la conversación pública. Se volvió un producto de nicho. No marginal, pero sí especializado. No masivo, pero todavía influyente en ciertos círculos.
Sin embargo, insiste en que el reto no es llorar lo que fue, sino entender lo que queda. El periodismo profesional que sobrevive tiene que lograr algo muy concreto: interpelar. Y hacerlo con una audiencia cada vez más joven, cada vez más dispersa, cada vez menos leal a una sola cabecera.
Entonces le planteo otra inquietud. Hoy se confunde con demasiada frecuencia la difusión ideológica con el periodismo. Se diluyen las fronteras entre análisis y militancia.
Dice que no es un problema nuevo. Que siempre ha existido prensa con postura. Lo que cambió es el descaro, el cinismo.
No cree que esté mal hacer periodismo desde una posición ideológica reconocible. De hecho, considera más honesto explicitar las coordenadas desde las que uno mira el mundo.
No pretende objetividad aséptica. Ve a Trump con escepticismo. Ve a Maduro con escepticismo. Le despiertan mayor simpatía figuras como Emmanuel Macron o como Zohran Mamdani. Y no puede fingir que eso no influye en su mirada.
Pero ahí está la línea que le importa trazar: una postura ideológica no te autoriza a suspender el juicio crítico.
La entrevista está por terminar y le hago una última pregunta. No sobre modelos de negocio ni sobre nostalgia, sino sobre miedo. Si hoy hay temas que se evitan. Si hay agendas que se esquivan por temor a la reacción del público, de las propias comunidades o incluso de las instituciones.
No duda. Responde un sí absoluto. Pero divide el fenómeno.
Por un lado, habla de la autocensura estructural, la que está incrustada en los medios. Dice que no es nueva, que siempre ha existido, pero que hoy está más asentada. Más normalizada. Y en su lectura, incluso más marcada en esta administración gubernamental que en la anterior. Hay temas tabú. Hay agendas que simplemente no se tocan.
No siempre por convicción ideológica. Muchas veces por cálculo empresarial.
Explica que buena parte de los medios forman parte de mayor escala con intereses frente al gobierno federal o frente a gobiernos locales. O, en otros casos, el propio modelo de negocio del medio consiste en intercambiar lealtad editorial por beneficios indirectos. En ese contexto, la línea editorial no siempre la marca el editor, sino el balance general.
Luego amplía la crítica. Dice que esto también revela algo más profundo: la inmadurez democrática de la política mexicana. La incapacidad de los gobiernos para convivir con la crítica.
Y pone dos ejemplos que, para él, son simétricos.
Si Enrique Peña Nieto hubiera sido plenamente demócrata, dice, Carmen Aristegui seguiría en MVS.
Si Andrés Manuel López Obrador hubiera sido plenamente demócrata, Carlos Loret de Mola seguiría en Televisa.
No lo plantea como teoría conspirativa, sino como un patrón político: cuando un periodista resulta incómodo, la presión sobre el medio es palpable. Al final, subraya, quien queda peor en términos de imagen democrática no es el periodista, sino el presidente que no tolera la crítica.
Pero ahí introduce un matiz importante: el ecosistema digital cambió el desenlace.
Luego pasa a una segunda forma de autocensura. Más íntima. Más silenciosa.
La del periodista que se frena a sí mismo por miedo a la cancelación.
Reconoce que el escrutinio digital puede ser un buen incentivo para ejercer rigor, para documentar mejor, para pensar dos veces antes de publicar. Pero no debería convertirse en un freno permanente. Con rigor, insiste, debería ser posible abordar cualquier tema en un espacio periodístico.
Dice que el periodismo es un ejercicio de plantearse preguntas. No solo de hacerlas hacia afuera, a las fuentes, sino hacia uno mismo. Que el periodista es alguien que problematiza la realidad. Que no busca confirmar su sesgo ni verificar su argumento previo, sino entender. Preguntarse cómo. Preguntarse por qué.
Quizá ahí está la diferencia entre opinar y ejercer el oficio: en la disposición a incomodarse primero uno. A aceptar que la realidad no está para validarnos, está para desafiarnos. El periodismo, en su mejor versión, no es un espacio para gritar consignas; es una forma disciplinada de dudar. Y mientras exista esa duda, honesta, rigurosa, persistente, el oficio seguirá teniendo sentido.

