SAPA, VIETNAM: LAS MONTAÑAS DE ARROZ Y CANELA

Vietnam es uno de esos países que tienen el privilegio de contar con un amplio abanico de paisajes naturales. Precisamente esta variedad fue uno de los factores clave para resistir al genocidio norteamericano durante más de 20 años. Arrozales en las montañas, arrozales en las planicies, uno de los mayores ríos del mundo e infinitas selvas, hicieron del país asiático un laberinto para el ejercito estadounidense.

Esta curiosa geografía, convierte a Vietnam en un destino no sólo del mochilero típico, sino también en una joya para los amantes del eco-turismo. La guerra sin sentido que el Ejército Norteamericano mantuvo durante un par de décadas en el país, es una de las mayores vergüenzas del siglo pasado y un enorme lastre para el desarrollo de la zona. Lamentablemente vivimos en un mundo con un Alzheimer crónico, incapaz de recordar que la historia es cíclica y que con ciertos gobiernos fascistas se seguirán repitiendo este tipo de atrocidades.

Vietnam, además ha sabido -con una enorme inteligencia- obviar que siguen viviendo en una dictadura y que sus suelos siguen, tristemente, abarrotados de minas antipersonas. Y es que el vietnamita es, ante todo, un superviviente, en el buen sentido de la palabra. Tienen un profundo sentido de respeto hacia el visitante extranjero y es que han encontrado en el turismo el engranaje perfecto para el perdón, el desarrollo socioeconómico y para su curiosa apertura al Mundo.

El norte del país está formado por unos macizos montañosos únicos y de una belleza abrumadora. Políticamente separado, culturalmente hermanado, Sapa comparte tradiciones, idioma y gastronomía con las diversas etnias de las regiones fronterizas de Laos y de China. Las fronteras que separan ésos tres países son puramente políticas y no afectan de facto al desarrollo propio. De hecho, el aislamiento geográfico de estas regiones, les ha permitido sobrevivir al centralismo comunista imperante en las capitales.

Una vez más la vida me pone delante a personas que, ante el mal tiempo, ponen buena cara. Los habitantes de la zona han sabido especializarse y dividir el trabajo. Las mujeres atienden viajeros, les dan de comer, les hospedan, les hacen de guías. Los hombres siembran y recogen el arroz y secan el incienso. También beben. Las mujeres en vez de quedarse en sus casas tristes, se juntan y se ríen de ellos, les consideran débiles por beber de esa manera. En realidad es el más inteligente de los matriarcados.

Cuando comprendes los secretos de la abundancia y entiendes que en Sapa eres propietario de todo, sientes un gozo que supera los sentidos. Ellos no te van a negar nada, por lo que todo está a tu disposición para tu uso y disfrute. Cuando llegas en autobús, muchas mujeres ancianas vienen a recibirte con una sonrisa para alojarte en sus casas. Cuando paseas, muchas te regalan una pulsera. La inercia es a decir no, pensando que te están vendiendo. Algo nos ha pasado que hemos perdido la fe en el ser humano.

Tuve la suerte de olvidar mi mochila y darme cuenta a las 6 horas de camino. También tuve la suerte de haber compartido el camino con algunas personas maravillosas. Uno de ellos, cuando le dije que me la había dejado me dijo: “¡Vamos, si corremos, podemos ir y volver antes de que anochezca. Además, será divertido. Y si no llegamos andando corremos. ¿Te gusta correr?”. Cuando la vida te da energía, tienes que devolvérsela. Un par de botellas de agua, 30% de batería en el celular con los mapas cargados y mucha fe era lo único que había en nuestra mochila. ¡Ah! Y estar seguros de lograrlo.

Teníamos 4 horas para hacer lo que, a ritmo de la mañana, haríamos en 12. Pero todo es cierto que ese era el ritmo de equipo, incluyendo personas sin condición física. Iniciamos a caminar. Creo que es una auténtica bendición poder compartir una caminata con alguien entusiasta, culto y, pese a venir de una realidad muy diferente, profundamente respetuoso. Hablar de vida y mundo con un chico tunecino-musulmán del extrarradio de París en el más bello paisaje que he visto es un privilegio.

Regresando, el sol comenzaba a bajar y nos confundimos de camino. Por suerte, estábamos en Sapa, donde las mujeres se ríen de los hombres. Nos metieron en una de sus casas y nos ofrecieron un té, mientras averiguaban quién nos hospedaba. Al final de la casa, una señora mayor, muy ebria me dijo: “Yo me acuerdo de usted, usted se acuerda de mí”. Pues sí, era la mujer que me había regalado la pulsera que sigue luciendo mi muñeca unas horas antes. Fascinante. Y por supuesto y pese a su exceso de licor de arroz, se acordó de quién era nuestra guía.

Medio pueblo nos guió hasta el siguiente, donde encontramos la casa. Entramos con los últimos rayos de luz en uno de los días en los que más feliz me sentí de haber nacido de mi vida. Allí había otro montón de nuevos buenos amigos, que estaban todos pendientes de nuestra andanza. Ellos también caminaron con nosotros, en cierta forma. Desde la mañana habíamos hecho un súper equipo. 8 personas que hablamos 5 idiomas distintos, de 3 religiones y 3 continentes nos entendíamos a la perfección.

Aquel día no lo olvidaré. Porque me enseñaron a ver lo que tenía, no lo que me faltaba. Porque me enseñaron que hay más formas de entender este mundo. Y sobre todo, porque me enseñaron que la amistad y el tiempo no están necesariamente correlacionados.