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SARGENTO HARDCORE: LA PAPAYA DEL DESEO

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Tenía pocos días viviendo en Puerto Vallarta. Decidí que un poco de tranquilidad me harían bien, tenía más de 10 años que no pedía vacaciones y en general el tránsito de la ciudad, el estrés de su gente y las grandes masas me tenían fastidiado.

Mi primera casa estaba en el centro del puerto, a unas cuadras del ayuntamiento. Recuerdo que todo me quedaba cerca: mi trabajo, el mercado, los bares y a tan sólo unos pasos el mar. En aquel entonces todos los días hacía las mismas cosas, por la mañana trabajaba y por las tardes regresaba para contemplar el atardecer.

Un día, me di cuenta que la vista de mi ventana daba justo a la de una casa vecina. Por semanas solo miraba aquel cuarto vacío, hasta que de pronto comencé a ver una mujer que al parecer había rentado el lugar. Fue de inmediato que ella también se dio cuenta que podía mirar hacia mi habitación, de vez en cuando me paseaba en toalla y otras veces sin ropa tratando de captar su atención, y lo logré.

 

El juego había comenzado, ni siquiera me interesaba saber si era casada, soltera o si vivía con su familia. Por las tardes corría hacia mi casa solo para contemplar a aquella chica que comenzó a caer en el mismo juego. Había días que se paseaba con ropa interior y otros en los que dejaba ver sus hermosos pechos, yo frente a la ventana y ella solo sonreía y hacía por hecho que yo no la miraba, siendo cómplice de nuestro pecador momento.

Fueron varios días los que jugábamos por las tardes, ella mostraba sus pechos y yo dejaba entre ver mi pene erecto para su placer visual, solo ella y yo. Las cosas comenzaron a subir de tono y un día ahí estaba, como cada tarde, solo que ahora tenía una papaya en sus manos.

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Comenzó a besar el fruto y mientras lo hacía me miraba con una lujuria indescriptible, sus manos comenzaron a apretar la papaya cuyo jugo escurría por todo su cuerpo. De pronto subió su pierna suavemente y después de varias semanas por fin pude ver su hermosa ambrosía, ella se contorsionaba como si estuviera poseída por aquel fruto, escuchando sus quejidos claramente. Yo estaba hipnotizado y entre más gritaba más ganas tenía de estar junto a ella y hacerla mía.

Ver su cuerpo manchado con la fruta sólo despertaba mi instinto salvaje, nos conectábamos con la mirada y poco a poco podía sentir el calor en mi miembro a punto de estallar por tan candente escena. Ella jugaba con sus dedos, mirándome gustosa, retándome para que estuviera con ella. Después de una hora los dos terminamos al mismo tiempo, era como si estuviéramos disfrutando una de sus fantasías.

En cuanto terminé, ella desapareció de aquella habitación y al día siguiente regresando del trabajo, noté que la mudanza estaba afuera de su casa, corrí hacia mi habitación para tratar de ver si aún seguía en la casa, pero era tarde. Nunca pregunté su nombre, sólo nos conectaba la complicidad de jugar con nuestros cuerpos desde nuestras habitaciones, sus hermosos pechos y nuestras tardes de lujuria se quedaron en un gran recuerdo.

 

 

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