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Opinión Sargento Hardcore: el rincón de la seducción
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Opinión

Sargento Hardcore: el rincón de la seducción

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Eran mis tiempos de juventud, tenía sólo 20 años y trabajaba en una oficina Godínez de una institución bancaria. Aún […]
Sargento Hardcore: el rincón de la seducción
Escrito por: Sargento Hardcore

Eran mis tiempos de juventud, tenía sólo 20 años y trabajaba en una oficina Godínez de una institución bancaria. Aún recuerdo mis carreras matutinas cuando tenía los minutos contados y el metro estaba tan lleno que tenía que ir corriendo desde la estación Garibaldi hasta el corazón del Centro Histórico en la calle 16 de Septiembre. Pero la historia que les compartiré no es precisamente de papeles, computadoras o archivos.

Su nombre es Viviana y sí, sigo teniendo contacto con ella. Todos los jueves llevaba una minifalda negra, zapatillas rojas, una blusa semitransparente que si ponías atención podías ver sus hermosos senos. De estatura baja, al platicar con ella podía ver su lunar junto a la aureola de su pezón moreno, era como una media luna que sonreía e incitaba a la pasión.

Como cada semana eran las 12 del medio día. Todos en el área subían a junta, excepto Viviana y yo, nos quedábamos a hacer guardias por cualquier cosa. Mientras contestaba llamadas telefónicas, ella usaba 10 de sus 20 minutos de tiempo para ir al baño y ponía el teléfono en brake. Caminaba lentamente contoneando sus caderas y poco a poco se acercaba al cuarto de las fotocopias, que en ese entonces se había colocado en una mini bodega donde la luz no existía, sólo alumbraban los botones de la máquina del mal.

Dejaba pasar un minuto exacto, entonces me levantaba y caminaba hacia el cuarto de la fotocopiadora. Ahí estaba ella, con la blusa abierta y con su hermosa tanga roja en la mano, dejándome ver su entre pierna y su afeitado monte de venus. ¡Una delicia!

Primero la besaba, mordía sus labios sabor menta. Me encantaba bajar por su cuello mientras tocaba sus senos y al mismo tiempo los chupaba cual duraznos maduros, la sensación de suavidad era la misma. Mis manos se descontrolaban y mientras chupaba sus pezones también mis dedos hacían de las suyas y frotaba su clítoris suavemente, como si se tratara de un tierno pétalo de rosa. Viviana contraía su gemido tratando de evitar que saliera pero era inevitable, mi lengua ya estaba dentro de ella, moviéndose por todos lados.

Siempre viendo el reloj, al minuto 4, ella se ponía de rodillas y mi miembro totalmente duro se dejaba consentir con su húmeda garganta, manos y todo tipo de movimiento de lengua, toda una experta. Su saliva tibia escurría por mis testículos y goteaba hasta el zapato, en verdad era toda una maestra de la felación.

Al minuto 7 mi pene estaba más que lubricado con su saliva, era momento de levantarla y voltearla frente a mi con una pierna arriba, así le gustaba a ella. El ruido al penetrarla era música para mis oídos, el contacto con nuestros fluidos, el olor a papel y tinta. Todo era perfecto.

Viviana nunca se limitó y le encantaba jugar con mi pene capturándolo en su vagina, tenía el poder de retenerlo y no dejarlo salir, era una lucha pero al mismo tiempo un delicioso juego.

Ese día justo antes de terminar, escuchamos ruidos en el piso. La junta había terminado antes y nuestros compañeros estaban entrando. Justo en ese momento mi concentración falló, corriéndome como nunca. Rápidamente saqué mi pene dentro de ella, me subí los pantalones mientras que Viviana trataba de limpiarse con un pedazo de papel que tenía en la blusa.

La gente que regresó tomó su lugar como si nada y nosotros seguíamos en el cuarto tratando de pensar en cómo salir sin que se dieran cuenta. Pero la lujuria de Viviana era mucho mayor que eso, de pronto comencé a sentir como sus manos recorrían mi pierna y nuevamente mi miembro crecía sin ningún problema, ella volvió a hincarse y por segunda vez envolvió mi virilidad en deliciosa boca, lo tomaba con sus labios y dejaba que llegara hasta el fondo, cada vez más y más rápido.

Todo iba de maravilla, a excepción de que en cualquier momento a alguien se le ocurriera sacar copias. Nosotros seguimos dándonos placer, los 10 minutos habían pasado y ella no dejaba de babear y chupar mi miembro que palpitaba por estar dentro de ella nuevamente.

De pronto la fotocopiadora se activo, alguien había mandado una impresión. Tuvimos que detenernos para evitar ser descubiertos. La luz de la impresora iluminó el cuarto y de pronto los pasos de alguien que se acercaba sonaban cada vez más fuertes.

Despeinada y aún con la blusa desabrochada, Viviana decidió salir con toda naturalidad. Después yo la seguí como si nada hubiera pasado, pero a lo lejos alcancé a ver cómo una ligera gota de esperma iba recorriendo sus piernas de una manera delatora.

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