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Ready Player One: un simple pixel

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El primer recuerdo que tengo acerca de los videojuegos es aproximadamente a los 4 años cuando mi hermano mayor llevó a la casa un Atari 2600. Recuerdo que aprovechaba la ausencia causada por las típicas ocupaciones de adolescente de mi hermano para acercarme a la tele y pasar tardes enteras frente la potencia de 8 bits que aquella caja negra con melamina ponderosa al frente nos otorgaba a todos los que teníamos la suerte de tener acceso a ella. No sabía muy bien qué es lo que pasaba en la pantalla, pero siempre fue adictivo hacer llegar la ranita al otro lado de la carretera sin que fuera aplastada por algún conductor a toda velocidad o ir recolectando ingredientes mientras escapaba de malvadas salchichas que, por alguna extraña razón, estaban en contra que fuera preparando una hamburguesa tan suculenta como esos antiguos pixeles te lo permitían. A mi familia le causaba gracia que a mi corta edad tuviera muy claro lo que quería de la vida; y es que cada que alguien llegaba a la casa, yo me acercaba con ellos a decirles “teno uno pan. Sacamo Atari, jugamo paman y bailamo beic” o sea: Tengo un plan. Sacamos el Atari, jugamos Pac-man y bailamos break dance. Aun a la distancia creo que sigue siendo un plan formidable, aunque confieso que mis habilidades de baile nunca superaron a las que tengo con el control.

Cada uno de nosotros tenemos la historia de cómo fue que le echamos la mano encima a uno de esos juegos que nos han acompañado durante nuestro tiempo libre. De hecho, de unas décadas para acá, es difícil imaginar la infancia de cualquiera de nosotros sin haber estado frente a una pantalla de video.

Hace algunos días, mientras jugaba en mi PS4, me quedé pensando en lo mucho que ha cambiado la industria y nuestra forma de jugar. De aquellos tiempos en los que un joystick y un botón eran suficientes, a tener en mis manos un control sensible al movimiento con 10 botones, dos joysticks, una superficie rectangular sensible al tacto y un pad direccional; esto sin contar que puedo ponerme un casco de realidad virtual y, sin salir de la sala de mi casa, transportarme directo a un mundo alterno donde la mayoría de mis sentidos están inmersos. Aunque aquellos 8 bits no sean competencia, al menos visualmente, frente a las consolas y opciones que tenemos en nuestros días, el fin siempre ha sido el mismo: entretener a quien se pone detrás del control. Ya sea mientras libramos una batalla intergaláctica, controlamos al equipo y a los jugadores de futbol más caros de la historia o simplemente hacemos que un personaje redondo y de color amarillo vaya devorando pequeños puntos blancos sobre la pantalla. Hay una historia y un mundo para cada uno de los que nos aventuramos a ponernos detrás del control.

Actualmente existen 2.5 billones de videojugadores en el mundo y se espera que el mercado de los videojuegos alcance un valor de 90 billones de dólares en el 2020. Hay gente que se vuelve millonaria en grandes torneos que son transmitidos a nivel mundial en plataformas de streaming. En el 2016, el tráfico en internet generado por el juego online era de 915 petabytes por mes (o sea, unas 247,967,479.675 de canciones en promedio). Mario Bros. fue uno de los personajes que utilizaron para presentar a Japón como sede olímpica. Así podríamos llenar hojas y hojas de datos y cifras para confirmar que los videojuegos están más presentes que nunca en nuestra sociedad. Los ñoños hemos dejado de ser objeto de críticas por pasar nuestras tardes frente a una consola a dominar poco a poco una de las áreas de entretenimiento que más dinero genera en la actualidad.

Nada mal para algo que comenzó siendo un simple pixel…

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