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Por una vida sexy: Carta de amor

Por: Mónica Soto Icaza 01 Mar 2026
Tú has sido mi verdadero cómplice, el verdadero amor incondicional, el compañero que, en las buenas y en las malas, me anima a darme un espacio para gozar contigo.
Por una vida sexy: Carta de amor

Siempre has estado ahí, entre mis piernas, como una presencia imponente. A veces protagonista, a veces personaje incidental: latiendo en las latitudes de mis placeres. No recuerdo cuándo supe que tu nombre es Clítoris; sí nuestro primer encuentro, bueno, el primer encuentro de mis dedos contigo, porque para mirarte todavía faltaban muchos años y fue un hombre, Francisco, quien obtuvo ese privilegio. 

La primera vez que te toqué y tú tocaste mi memoria teníamos 12 años y estaba en la regadera; era una adolescente nueva experimentando sus primeras menstruaciones. ¡Qué shock pasar de ser una niña que brinca, trepa, nada, cabalga, corre, se levanta sin preocupación alguna, a ser una mujer chiquita que sangra y está a punto de desbordarse, literal y metafóricamente, física y emocionalmente!

Total, ahí en la regadera, después del champú, el acondicionador y de lavarme el cuello, las axilas, el pecho, los brazos, el torso, la cintura, las nalgas, la entrepierna, los muslos, las corvas, las rodillas, los tobillos y los pies, de pronto vi cómo un hilito de sangre escurría por mi pierna derecha, se diluía con el agua en el piso de la ducha y escapaba por la coladera.

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“¿No me lavé bien?”, me pregunté. “Seguro, si no, ‘eso’ no estaría ahí”, me contesté. (Por lo menos ahora ya no hablo sola, sino contigo). Entonces, abrí bien las piernas, me acomodé de forma en que mi pubis quedó debajo del chorro de agua, con los pies bien fijos en el suelo y el vientre hacia adelante. Con la mano izquierda abrí mis labios verticales, con la derecha recorrí los fragmentos de piel disponibles, metí el dedo corazón en el espacio abierto, lo que provocó una más copiosa salida de sangre y un registro nuevo para el catálogo de sensaciones de mi vagina (esa sí sabía cómo se llamaba, gracias a las clases de “educación sexual” de la escuela) y en el dedo corazón. 

Lo volví a meter y sacar hasta que el agua dejó de salir enrojecida y, de la manera más inocente, lo prometo, pensé que era buena idea extender el área de limpieza para eliminar rastros de sangre de las áreas vecinas, cuando de repente la yema de mi dedo corazón coincidió con una sensación deliciosa que decidí explorar y seguir explorando y explorando y explorando hasta que mis rodillas se doblaron sin voluntad y mi plexo solar se convirtió en una fuente de calor expansiva hacia mi sonrisa de asombro: ahí estabas tú, uno de los más grandes hallazgos de mi vida y mi existencia. 

Después salió otro borbotón carmín, por cierto; no fue problema, ya sabía la estrategia para limpiarlo. (Pobres de los padres, responsables del recibo del agua, y pobre del sistema Cutzamala, responsable de proveer el agua en mi ciudad para las duchas de los seres humanos en época de exploración de sus sexos).

Hace unos años decidí darte voz y voto. Voz cuando supe que mi criterio sería insuficiente para contar tu punto de vista acerca de las historias que hemos compartido; a fin de cuentas, tú eres todo sensaciones, y yo a veces dejo que me domine el cerebro.
Voto cuando comprendí que tu sabiduría acerca de los cuerpos y las intenciones de los otros rebasaba por mucho la de mi intelecto, al punto que ahora sé que mi intuición no se aloja en mis entrañas, sino en ti, la estructura más perfecta de mi cuerpo, la parte favorita de mi experiencia física.

Mi amado Clítoris, esta es mi carta de amor para ti, por todo aquello que he aprendido a tu lado. Tú has sido mi verdadero cómplice, el verdadero amor incondicional, el compañero que, en las buenas y en las malas, me anima a darme un espacio para gozar contigo; quien me recuerda que a veces colapso entre obligaciones, problemas y argumentos para el insomnio, pero tú estás ahí, dispuesto y disponible para recordarme que también existen las delicias. 

Con tu permiso, me dispongo a quitar los dedos del teclado. Para homenajes, mejor orgasmos; palabras qué, ¿verdad?

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