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Opinión

Playbill: necesito el caos

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Hace una década abandoné el hábito de fumar. Pero entonces los viejos periodistas invocaban a la musa con un cigarro apretado entre los incisivos. Sí, en la oficina se valía echar humo.
Playbill: necesito el caos
Escrito por: Arturo Flores
ArturoElEditor

El próximo 28 de junio serán exactamente 20 años  de que pisé por primera vez la Redacción de un periódico.

Entonces tenía 19 y la ilusión de convertirme en reportero. Porque así se llamaban los que escribían: reporteros.

Y sus jefes, editores. Palabras maravillosas que los más jóvenes han sepultado bajo un alud de horrendos anglicismos, como copy y content manager.

Hace una década abandoné el hábito de fumar. Pero entonces los viejos periodistas invocaban a la musa con un cigarro apretado entre los incisivos. Sí, en la oficina se valía echar humo. También bebían galones de café y cuando el cierre editorial se confundía con la madrugada, sacaba de la bolsa interior de sus sacos una “bachita” de la que vertían unas gotitas de alcohol en la taza.

La Redacción —porque así se le decía al sitio adonde los informadores volvían después de perseguir la noticia por la ciudad— era la más bella representación del caos. Sobre todo porque aquello (Esto, mejor dicho) era un diario deportivo y los periodistas se apasionaban por sus equipos. Varias televisiones encendidas se arrebataban la palabra sintonizando diferentes partidos de futbol. Los teléfonos fijos de la era precelular repiqueteaban histéricos y llovían las mentadas de madre, los albures y los regaños del editor, siempre dispuesto a rompernos la cuartilla en la cara para endurecernos el carácter.

El periodismo es como la espalda de una mujer. Fácilmente puede volverse adictivo.

Entre mis 20 y mis 30 transité por varias Redacciones que la tecnología, la profesionalización y las nuevas generaciones fueron “civilizando”. Hoy ya no está permitido fumar y los más jóvenes no cargan su “bachita”. Nadie alburea y si le rompes la nota a tu subordinado en la cara puede denunciarte por violencia laboral. La mayoría se aísla del resto encerrándose en el autis- mo de sus audífonos.

Extraño bastante aquella barbarie en la que me formé.

Hasta la fecha me cuesta trabajo escribir en silencio. Necesito del caos, de los gritos, de la presión inhumana del cierre soplándome en la nuca.

Tanto que 20 años después de esa primera vez que fui reportero, he tenido que salir de la oficina y meterme a un bar donde hay televisiones encendidas y gente pegando de gritos, para poder concentrarme y redactar esta carta editorial.

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