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UN HOMBRE ACODADO EN LA BARRA

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Se miró en el espejo: el cabello crespo y revuelto, las cejas y la barba con la incipiente invasión de las canas. Le habría gustado encontrar el parecido con esa foto de Silvestre, pero nunca se sintió tan grande como el magnífico compositor, quien también se sentía empequeñecido frente a la barra. Pensó que si con alguien le hubiera gustado compartir el trago, sería con aquel gigante que había bebido muchas veces con don Higinio, primer violín de la sinfónica y padre amoroso que en su lecho de muerte le dejó una singular herencia. En ese instante evocó aquella tarde a los 24 años. El cuarto estaba en penumbras. Su padre respiraba áspera y fatigosamente.

 

 

POR JORGE ARTURO BORJA @jaborjal50

 

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A solas, mientras Eusebio se aguantaba las ganas de llorar, don Higinio preguntó por el saco que estaba en el perchero. —En la bolsa interior… está mi cartera — dijo con esfuerzo. Eusebio la extrajo sin atreverse a abrirla.

 

 

—¿Cuánto dinero tiene?

 

 

—Treinta pesos — respondió con la voz a punto de quebrarse.

 

 

—Son tuyos… es lo único que te voy a dejar… además del reloj que está en el buró…

 

 

No dio más explicaciones. Simplemente le pidió que llamara a Carmen, su esposa. El joven salió de aquel cuarto. Hubiera querido despedirse y decirle cuánto lo amaba, pero esa clase de actitudes no se acostumbraban entre hombres. Esa tarde de un enero muy frío, Eusebio se dirigió por primera vez, entró a una cantina, pidió un ron blanco campechano y lo bebió a la salud de su señor padre, que al día siguiente fallecería de un infarto.

 

 

El escritor les agarró cariño a las cantinas, las sentía como un refugio, un santuario, un sitio privilegiado para observar la naturaleza humana, desnuda por efectos del alcohol. Dice en uno de sus poemas: “La cantina es una simple cantina y entro en ella/ como si entrara al Palacio de Buckingham. / Un lugar donde impera el respeto y la/ comprensión es un lugar sagrado”.

 

 

Con esa sensación atravesó innumerables veces las puertas de abanico de muchos bares. A veces iba a leer, otras a escribir o simplemente a conversar con los parroquianos. De ahí salieron escenarios, temas, personajes y conflictos que habían de desarrollarse en una obra vasta que comprende alrededor de 60 libros.

 

 

Le gustaba beber a solas y, de preferencia, acodado en la barra. Así avanzaba en el conocimiento de sí mismo y de los demás. Nunca esperó un trato especial y se sentía incómodo cuando alguien lo reconocía y quería invitarle. Prefería pasar inadvertido y sopesar lo que la vida le iba regalando. Como decía en uno de sus textos: “Nadie está tan acompañado como el bebedor solitario. Colecciona almas. Todas las personas que pasan de lado junto a su mesa, quieren decirle algo. Revelarle un secreto. Que él sabrá guardar. Se especializa en callar lo que le revelan las sombras”.

 

 

Sin embargo, también sabía disfrutar del carácter gregario del alcohol. Con él podía hablarse lo mismo de la comida del Panteón Taurino en León, Guanajuato, que de la variedad de tequilas en La Mutualista de Guadalajara, Jalisco. Siempre que iba a un lugar a dar lecturas, visitaba las tabernas antes que las universidades.

 

 

Se hizo costumbre entre sus amigos que en Semana Santa organizaba “La visita de las siete cantinas” en el Centro Histórico. Se trataba de beber una copa en cada una de las primeras seis para rematar en la séptima sin ninguna restricción a la ingesta etílica. El recorrido perdió su carácter litúrgico cuando uno de los amigos propuso beber dos copas en cada cantina, lo que provocó que a duras penas se alcanzara la sexta y que el grupo se disgregara.

 

 

Eusebio escribió artículos periodísticos sobre La Flor de Valencia, La Perla y La Ciudad de los Espejos. El cuento “Jueves Santo”, Premio Nacional 1992, tiene como telón de fondo Los Portales de Bolívar. La novela El brindis, narra tan de cerca la vida y milagros de varios parroquianos, meseros y del dueño de El Zirahuén, que inclusive alguna vez le negaron el servicio por chismoso. Y son docenas los poemas que escribió sobre el ámbito cantinero.

 

 

De su última visita a El carro del sol, en Tlalpan, se fue casi sin escalas al hospital, donde permaneció un mes entre la vida y la muerte. Eusebio falleció el 7 de febrero del 2017. Sostiene William Blake que la salvación del hombre depende de su inteligencia y su rectitud, pero también exige el requisito de ser artista. Eusebio cumplió con los tres. Y si como afirma una vieja tradición esotérica, el cielo de cada persona va de acuerdo con su imaginación y sus anhelos, Eusebio Ruvalcaba debe estar acodado en la barra esperando a los amigos que vayan a brindar con él.

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