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Extasionamiento: tell me nudes

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Talk dirty to me

Poison

Añoro el porno que se oye. Cuando las nudes nos llegaban por las orejas y no antecedidas por un timbrazo de WhatsApp. Música sexual para mis oídos que la modernidad se ha encargado de sepultar.

Somos seres visuales. Pero existimos algunos débiles visuales –tengo 8 dioptrías en cada ojo desde los 10 años de edad– que nos aficionamos a escuchar porno.

Nudes by Sony DSC

Cuando iba en la prepa, Constanza y yo hablábamos por teléfono hasta la madrugada. Faltaba una década para que los teléfonos inteligentes mandaran sobre los humanos idiotas. Entonces la factura enlistaba un detallado reporte de las llamadas salientes y entrantes de tu casa, los números de origen y los destinatarios, la hora a la que uno había accionado el engorroso disco agujerado que ya forma parte de las tiendas hipsters de antigüedades y lo que más hacía enfurecer a mi papá: el costo de cada telefonazo.

Porque cada una de las trasnochadas sesiones de narrativa sexual que Constanza y yo sosteníamos, fue patrocinado por mi progenitor. Seguramente ahí se fue trazando el camino que me trajo hasta Playboy.

Constanza tenía novio. Uno que sí tenía el privilegio de tocarla con los dedos. A mí me tocaba acariciarle el oído con lúbricas imaginaciones. En ellas, ambos teníamos 40 (curiosamente la edad que tengo hoy) y no 17. Le contaba que estaba casada con Christian, su novio de entonces, pero yo me colaría por la ventana –en el más común de los lugares– para allanar su cuerpo (el de Constanza, claro está). El mismo que en mi cabeza se mantendría con la lozanía y dureza de su adolescencia. Puedo decir, porque aún hace poco la vi, en efecto casada con otro, que su belleza ha tenido el destino de los buenos licores.

Varias veces Constanza y yo nos masturbamos –cada quien en su cuarto–diciéndonos a través del auricular lo que nos haríamos si estuviéramos solos. En nuestro alucín acordado ella se llamaba Priscila y yo, Roy. Varias veces, como canta el rapero Xhelazz, con la lengua (tristemente sólo hablada), “di pasos de astronauta por cada uno de tus lunares”.

En la Universidad leí por primera vez al Marqués. En Las 120 jornadas de Saló, Sade describe una desquiciante orgía entre 4 pervertidos y una pléyade de nínfulas y efebos. Las escenas, algunas que suelen conducir a los más débiles de estómago a sentir náuseas, son conducidas por unas personajes a los que el célebre escritor llama “las narradoras”.

Su papel es platicar historias eróticas, sexosas, cachondas, sucias, lascivas, carnales y kinkys, con el único objetivo de excitar a sus escuchantes. Hablamos de la Francia del siglo XVIII. No había pantallas planes, Internet de alta velocidad y la app de PornHub. Aquellos cuentos cochinos eran porno. Del que entraba por los oídos para crear imágenes en la cabeza.

Por eso me gusta hablar en la cama. Y las mujeres que cuando no están utilizando la boca para recibir y provocar placer, se valen de la palabra para encenderte. Una historia real o inventada, evocada o empujada a propósito de la exageración, puede funcionar como detonante para que nuestro flujo sanguíneo se concentre en los cuerpos esponjosos que endurecen nuestra parte amatoria. Igual que si se tratara de los sobrevivientes desesperados de un naufragio en busca de un sitio en el último bote salvavidas.

Quizá no sea digno de que lo hagas, pero una palabra tuya bastará para excitarme.

Al final, si lo pensamos. Es la palabra lo único que nos separa de los animales. Porque el resto de nuestras posiciones ludoeróticas son de una u otra forma posibles de encontrar en la naturaleza. Desde los neandertales hasta los cuadrúpedos. El misionero, el perrito, la vaquerita, el chivito al precipicio.

El ser humano es el único animal que se puede decir cochinadas al oído. Colocar nudes directo en el cerebro como si de los chips implantados por una civilización extraterrestre.

No dejemos que se pierda esa bonita costumbre.

 

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