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Esqueletos en el clóset: Lector de ojos cerrados

Escrito por:NANCY CASTAÑEDA

Entrando al mes del amor necesité un respiro, una limpieza completa, desde los objetos materiales hasta el mundo virtual. Comencé borrando fotografías, dejé la mayoría y con ellas fui reviviendo lo que había pasado durante los últimos meses, lo más divertido y experimental de mi vida, las miré con cariño mientras se comenzaba a expandir dentro de mi un deseo necio de satisfacerme, no sucumbí, debía terminar lo que había empezado.

Mientras borraba decenas de correo basura me encontré con algunos cortejos interesantes, el remitente: un seudónimo acompañado de una dirección fantasma, más que un simple mensaje, parecían cartas detalladas congeladas en otro tiempo, me fornicaba por los ojos en líneas que por momentos teniéndome atrapada, deseaba que no terminara. 

Él mando 20 cartas en las que de forma elegante narraba la forma en la que ansiaba perpetrar mi cuerpo, no me sentí en riesgo, estaba fascinada con su manera de escribir, además de que mi pasional admirador se delataba con detalles que me dejaban saber me conocía bien, no sólo era un loco de internet, él estaba dentro de mi círculo de conocidos. Decidí masturbarme con lo que había creado, me parecía maravillosa la manera en la que transformaba el sexo en poesía y seguía siendo excitante. 

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Después de mi orgasmo me encomendé a escribirle, agradecida le obsequié el registro textual de lo que me había provocado, cerré el correo con un beso y me fui a dormir. Durante la noche mi cerebro no podía terminar de procesar aquella forma en la que me habían tomado sin siquiera tocarme y me creaba sueños sexuales donde no lograba ver la cara de mi amante, pero lo sentía perfectamente. Desperté mojada y hambrienta por una respuesta, pero mi admirador no se había hecho presente. Ese fantasma estaba comprobando lo que alguna vez dijo Benedetti, se quedó en mí y lo necesité. 

Más tarde por fin apareció, sus palabras seguían hechizándome, haciéndome su prisionera, haciendo que deseara a alguien que jamás había visto, constantemente apretaba los muslos al sentir que la excitación crecía, sus cartas se volvían la parte más interesante de mi día, él se alimentaba de mi deseo y cada correo se impregnaba con un poco más de vulgaridad, pero sin eliminar el deleite de sus dedos literatos, a veces me transportaba a escenarios especiales. Aquella persona me intrigaba cada día con más fuerza, pero ningún escritor de los que conocía lo hacía como él, lo habría reconocido, él seguramente era un escritor galardonado.

Por días evadió mis preguntas sobre su identidad y yo tras leer los sexuales encuentros en los que nos imaginaba me olvidaba de todo, hasta que la oferta llegó, su imaginación parecía estar en blanco, necesitaba dejar de escribir cartas, él quería verme, tenerme en sus brazos y comenzar a escribir un relato mayor. Había pasado mucho desde que me sentí así de ansiosa por encontrarme en una cita a ciegas, me vestí provocativa pero no exuberante y llegué al restaurante que eligió. Él ya se encontraba ahí, me sorprendí al encontrarme con su identidad, sí, lo conocía. Él me había apoyado en el comienzo de mi carrera, propiciando que me reconocieran cuando apenas era una novata.  

Lo saludé con un beso en los labios, confesé que nunca habría imaginado que se trataba de él, sonreía y me servía una copa de vino, era un hombre elegante y cortés, un poco mayor que yo. Dijo que había comenzado a escribir para mi recién nos conocimos, pero apenas un año antes de todo se había atrevido a enviarlo. Le propuse saltarnos la comida y retirarnos a otro lugar. Sonrió de nuevo y me llevó a su casa, apenas cerró la puerta comenzó a besarme y caímos con descuido sobre el sofá, la ropa prontamente desapareció, cerré los ojos leyendo su cuerpo con el mío, terminé varias veces mientras él continuaba, me estaba dejando exhausta, no hubo palabra de intermedio, sólo gemidos y la humedad del choque entre ambos, hasta que por fin pudo dejar su tinta sobre mí. 

—¡Oh, mujer! No diré que es suficiente, pero después de esto podría escribirte una novela. 

Me llevó a casa, la charla se volvió casual, me despedí con un beso apasionado. Tras ducharme taché de mi lista la sexta arte, la literatura había sido sumamente placentera, aún no terminaba de describirla cuando llegó un nuevo correo, era más agresivo, más intenso, le escribí de vuelta, sí tenía tiempo de volver por mí podríamos seguir escribiendo algunos relatos más, quién sabe, quizá podría incluso una saga inspirar.