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El rayalibros: en busca del orgasmo perdido

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Pocos episodios en la vida humana tienen la carga legendaria del orgasmo femenino. Muchos dicen haberlo visto, saber cómo provocarlo, pero al final, todo se reduce a tus habilidades, tu paciencia y una protagonista: tu chica. Y frente a la antigua posibilidad de fingir con un talento digno del Oscar, está el escenario real y apabullante de nuestros días: ella quiere y merece su orgasmo. Y lo tendrá contigo o sin ti.

La literatura también se ha dado a la tarea de buscar el orgasmo. Al menos, como un tema narrativo, como una gema misteriosa entre las piernas de tu pareja. Y aunque abunde con mayor o menor fortuna en la literatura erótica, el orgasmo también ha sido trabajado por escritores que se desmarcaban de etiquetas genéricas.

Uno de ellos fue el estadounidense Harold Brodkey (1930-1996), famoso entre algunos iniciados por escribir “Inocencia”, un exhaustivo cuento sobre el asunto. Se trata de un relato de más de 30 páginas centrado en Orra, una universitaria bella, popular y soberbia de Harvard que se jacta de ser una tigresa sexual, pero nunca ha vivido la “pequeña muerte”, tanto así, que la ve como algo inútil, sospechoso.

El elegido para este trabajo digno de Hércules es el alter ego obsesivo de Brodkey: Wiley Silenovicz, un joven aspirante a escritor, conquistador desparpajado y niño terrible, que decide emplear todos sus recursos amatorios para descorrer el cerrojo del placer de Orra: “Todo yo era un estetoscopio; la escuchaba con mis huesos; sus destellos de excitación viajaban hacia mi espinazo; sentía en mi estómago, en mis rodillas, los opresivos altibajos de su sexualidad”.

“Inocencia” es un cuento largo, sostenido por el virtuosismo de sus imágenes, sus posiciones y reflexiones, por su ritmo en consonancia con el compás pélvico, el sexo oral y las embestidas masculinas en la caprichosa, deliciosa, esquiva geografía inferior de Orra. Recuerden a Cortázar, pero retiren el jazz y el acento parisino; cámbienlo por un observador más mordaz, un narcisista que no se rinde para darle placer a una escéptica porque así obtiene el suyo. Para Wiley, el orgasmo de Orra se vuelve cuestión filosófica, obligación del deseo, muestra de poder, inicio del amor, una navegación a tientas en las oscuras aguas femeninas.

Y aunque es excesivo a ratos, con una prosa pretenciosa y exhibicionista, el cuento llega. Porque Brodkey, entrando incansable en el cuerpo y en los tabúes del placer femenino, nos deja sin aliento, felices y cansados, listos para perder la mirada en el techo con una sonrisa satisfecha.

Bienvenidos a El rayalibros, mi columna de literatura en Playboy México.

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