Me envalentonó la cerveza:
—Moni, ¿me invitarías a escribir en Playboy?
Aquella sabia me miró con la maternal condescendencia de una sensei ante la inocencia de un pequeño saltamontes.
Ella, la editora. Yo, un reporterito imberbe queriéndose unir a la más exclusiva de las cofradías: la de los escritores del Conejito.
Cada semana, Mónica Maristain debía recibir decenas de solicitudes como la mía, seguramente de plumas mucho mejor calificadas.
Y, sin embargo, una tarde de viernes me telefoneó:
—Querido —era la muletilla recurrente de su musical acento porteño—, te seré sincera: tengo una emergencia. Necesito a alguien que me haga tres reseñas de discos. Jamás en la vida te he leído, pero me la jugaré contigo.
Habían transcurrido quizá dos meses desde aquella vez que, al final de una conferencia de prensa con Limp Bizkit —en la que Mónica enfrentó a Fred Durst—, nos quedamos en el bar compartiendo un trago que ella me pichó.
Su instrucción fue sencilla y contundente: 1,500 caracteres para el lunes.
Aquel fin de semana fue todo un infierno. Me releí hasta que se me borró la vista. He publicado tres novelas en mi vida y no les imprimí tanto esfuerzo como a aquellas tres pequeñas reseñas musicales.
Como las editoras de vieja escuela, Mónica nunca me dio feedback. Tampoco esperé que lo hiciera. Sabía que su silencio era la mejor respuesta. Porque en la siguiente edición de Playboy se publicó mi texto, sin que le movieran una coma.
Grité delante del vendedor de periódicos a quien le compré mi ejemplar. Estaba dentro. La misma Playboy donde escribían los mejores. Me sumé como escritor externo y, después de la salida de Mónica y de Gabriel, su sucesor, permanecí como editor en jefe. Ella migró a otros medios, siguió publicando libros y fundó su propia plataforma.
Ella y yo nos volvimos buenos amigos. Coincidimos en viajes y coberturas. Este 2025 nos tocó reportear un festival cultural en Querétaro. Durante la comida, los publirrelacionistas nos aclararon que el alcohol no estaba incluido. Me adelanté y le pedí a Mónica que me dejara invitarle un trago.
—¿Cómo crees? —me respondió.
—Déjame invitarle un trago a la mujer que puso en su lugar a Fred Durst.
Reímos juntos por última vez, sin saberlo.
Era mentira. Yo le debía un drink. El que me invitó el día que me abrió las puertas de Playboy.
Maristain, descansa en paz.