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Memorias de un cancionero que se codeó con Pedro Infante

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Vivía con mi abuelo en Juchitepec, Oaxaca. Como en los pueblos no hay otra cosa que hacer pues me la pasaba oyendo canciones. En 1952, me vine a la capital y mi tío me llevó al teatro Lírico a ver a Pedro Infante. Yo tenía ocho años y lo disfruté como nunca. Era un verdadero espectáculo ese señor, puro cantar y cantar, y no se cansaba. Nos sentamos como en la séptima fila del teatro, teníamos a Pedrito a unos metros. Apenas terminaba una canción, yo le gritaba antes que nadie el título de otra. Le pedí desde ‘Amorcito Corazón’, ‘Rosa María’, hasta ‘Lamento de las campanas’, que muy pocos se sabían. ¿Y qué cree que hacía Pedrito? Nomás decía muy sonriente “va la canción tal y cual, para el niño de aquel asiento”, señalándome con su mano y haciendo sus gestos tan chistosos. Yo creo que ahí fue donde me entró el gusanito por ser cancionero.

Antes pasé por muchas cosas. Primero anduve de ebanista en La Lagunilla con unos amigos, allá por la calle de Nicaragua, estuve de promotor de la XEB regalando radios en las casas y después me aventé de mesero, de plomero y hasta estudié algo de periodismo; pero ya no me dediqué a nada de eso porque Chamín Correa me engañó, me dijo que yo cantaba bonito y que tocaba bien, y fue quien me inició en la guitarra.

A la familia Correa la conocí en una primaria de Lindavista, ahí conviví con Enrique, Marisela y Patricio. Nos juntábamos y luego íbamos a su casa. Yo veía las guitarras en la mesa o las que tocaba Enrique. Yo así como que las agarraba, para saber qué se sentía tocarlas. Y un día que me dice Chamín: “¿qué, Joel, a poco no sabes tocar?”. “No pues no sé”, le contesto. Que agarra y dice: “mira, te voy a enseñar el sol”. Y me enseña el círculo de sol. “Con ése puedes cantar todas las canciones”

Lo intenté, pero luego me quedaban altas, me quedaban bajas, no me salían en tono. Ya después aprendí a tocar cuando iba en la Preparatoria 7, para empezar me compré una guitarra de 75 pesos, de puro ocote. Así me animé a cantar en las fiestas donde luego me felicitaban. Por eso fue que después busqué triunfar también en otros escenarios.

Una vez fui a cantar al bar del hotel Isabel, como el cantinero se llamaba Don Sixto, lo conocíamos como la Cantina Sixtina. Me encontré a mi amigo Chon, que era representante de artistas, y a quien le llamábamos Chon Travolta porque vestía muy a la moda de los setenta. Me invitó a la mesa que compartía con un señor moreno, muy sencillo. “Mira, Joel, te presento a mi amigo”, me dijo Chon. Aquel señor me tendió la mano: “Tony Camargo, a sus órdenes”. Yo, que era admirador de ese cantante, como pensé que me estaban vacilando, le respondí: “Si usted es Tony Camargo entonces yo soy Beny Moré”. Luego que ambos acabaron de reír y me enseñaron la portada de un disco donde aparecía su foto, se me caía la cara de vergüenza. Tony Camargo no se molestó, e incluso me invitó a acompañarlo y a cantar canciones de su época.

Luego formé parte de un grupo por ahí de los setenta. Como cantaba bien en falsete, me bautizaron como “El príncipe del Huapango”. Nos llevaron de gira a celebrar los veinticinco años de carrera de José Alfredo Jiménez. A él le gustó mucho mi interpretación y hasta quedó en que me iba a ayudar. Dijo que iba a hacer una canción a la que le iba “a poner unos falsetes fregones”. Era un señor muy creativo, con decirle que ahí frente a nosotros se le ocurrieron dos canciones. Estábamos desayunando en Villa de Acala, Chiapas, con José Alfredo. Él tomaba tequila desde temprano, y como entonces andaba de la greña con Alicia Juárez, se quedó viendo fijamente una arañita entre la maleza, y como que le entró el sentimiento y nos pidió que le diéramos tono con la guitarra; empezó a tararear bajito: “Ya estás tejiendo la red/ como en aquella mañana…”. Y luego ya más tarde, que andábamos por otro lado, divisamos la llamada Estrella del Sur. Y el mismo José Alfredo compuso en ese momento “La única estrella que tiene mi cielo se está borrando”. Desgraciadamente ese gran artista se murió unos meses después sin escribir la canción que me había dicho.

En mi recorrido solamente visito tres bares: La Dominica, La Buenos Aires y La Faena, que es donde he tenido más éxito. Mi historia es como la de aquel violinista famoso, a quien una marquesa le dijo: “yo daría mi vida por tocar como usted”, y el violinista le respondió: “es que yo he dado mi vida por tocar como yo”.

Le dejo mi tarjeta por si quiere una serenata, le hace falta una voz o un requinto para un trío: “Joel Narváez, cantante versátil, a sus órdenes”.

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