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La Casa de la Bandida, donde políticos y artistas pagaban por “amor”

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Durante más de dos décadas, su casa fue punto de reunión de los personajes más encumbrados de México, que iban en busca de diversión y de placeres. No importaba que se mudara de la colonia del Valle a la Narvarte, o de la Nápoles a la Condesa, su ánima y su estilo hicieron época en la vida nocturna de la Ciudad de México. Graciela Olmos, La Bandida, era un nombre prohibido en los hogares decentes. A las puertas de Durango 247, una mansión de cantera con dos pisos, se estacionaban Cadillacs, Lincolns y Packards, de los que descendían luminosas personalidades de lentes oscuros. Al pie de la reja verde, se detenían a obtener el beneplácito de La Bandida, quien desde una mirilla permitía o negaba el acceso a ese templo donde se oficiaban los antiguos misterios de Venus. Ya en el interior, de acuerdo con su estatus o con la proximidad en el afecto de la dueña, los invitados eran conducidos a distintas salas —persa, china, japonesa o rusa—, de acuerdo con el decorado que convergían en la barra cantinera. Se podían pedir desde licores importados hasta el muy bronco tequila, y para quienes gustaban de emociones más fuertes circulaban “medellínes” de coca o algún carrujo, que se podía consumir plácidamente al pie de un frondoso árbol del jardín.

Bajo las luces tenues y la música de un piano, desfilaban las más hermosas muchachas con trajes de noche, rubias, pelirrojas o morenas se sentaban a convivir con la selecta clientela, entre la que figuraban políticos como Fidel Velázquez, líder vitalicio de los trabajadores, o Ernesto P. Uruchurtu, Regente de la Ciudad de México, arreglando asuntos de negocios; intelectuales y periodistas como Alfonso Reyes y José Alvarado que iban a jugar al dominó; toreros como Luis Castro, El Soldado, vistiéndose de luces para irse al ruedo; actores como Pedro Armendáriz o Fernando Soto Mantequilla relajándose después de la función; o cantantes como Pepe Jara o Marco Antonio Muñiz, en busca del sustento.

Cuenta Carlos Tello Díaz que “Los clientes pagaban a la casa 50 pesos por la recámara, más unos 30 pesos por la botella de ron. Y pagaban además 100 pesos por la ocupada, destinados a la pupila”. El tiempo aproximado era de media hora y si se requería más había que negociarlo con la dama y pagarle la diferencia a Cristina, una señora de edad, encargada de la caja de los dineros, y de llevar la cuenta de las habitaciones ocupadas. El responsable de cobrarlas era El Potranco, un gigante de casi dos metros. En su casa era muy difícil quedarle a deber a La Bandida o querer darle “cachuchazo” (tener relaciones sin pagar) a alguna de las muchachas porque, por lo regular, estaba protegida por jefes de la policía que frecuentaban aquel centro social o también por pistoleros, como El Güero Batillas o El Negro Pulido. Graciela Olmos, además de soldadera, amante de generales villistas, contrabandista de whisky en Estados Unidos y propietaria de lupanares, fue una reconocida compositora que llegó a presentarse en el Teatro Follies y compuso más de doscientas melodías, desde corridos hasta boleros.

Ya en el apogeo de su fama, Agustín Lara, amigo de La Bandida, encontró un día en la sala, decorada con fotografías de los clientes, su propio retrato con la huella de un beso. Cuando preguntó, Graciela Olmos le dijo que eran los labios de una muchacha nueva, recién llegada de Guadalajara, Raquel Díaz de León, una jovencita de 16 años a quien su propio novio puso a trabajar en esa casa. El músico de inmediato quiso conocerla. Raquel —de ojazos negros, labios carnosos y cuerpo espléndido— apareció con una orquídea en el pelo, guantes negros hasta el codo y pulsera de perlas. El maestro de 44 años —dijo Raquel—: “Me empezó a desnudar, ayudándose con furtivos besos tan suaves y delicados que solamente rozaban mis hombros, mi cuello, mis brazos, parecía que nunca terminaría de hacerlo. Agustín era un sacerdote del amor —así me lo dijo—, y estaba oficiando un rito, el de desnudar a la diosa”.

Fue tanta la pasión que despertó en Agustín que el músico acordó con La Bandida acondicionar una habitación con piano, para sus encuentros con la muchacha. Ahí compuso ‘Cada noche un amor’, y durante casi un mes se dedicó a enamorarla con canciones. Ella abandonó al “novio” que la explotaba y se fue a vivir más de un año en una de las casas del maestro Lara.

Raquel Díaz de León acabó dedicándose al periodismo y escribió un libro sobre sus amores con Lara. Otra de las vestales de aquel templo del amor, Estrella Newman, se dedicó a las artes plásticas y a la promoción cultural. Y algunas, de las que sólo se recuerda su apodo, se casaron con políticos y empresarios renegando de su pasado. Graciela Olmos González murió en 1962, víctima de complicaciones de la cirrosis. Como ella misma dijo: “Cuarenta años de apuraciones, sustos y borracheras acabaron conmigo”.

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