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¿Qué es lo cogible? ¿Están más ‘sabrousas’ las guapas de ahora o las de antes? Facundo nos explica

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Los parámetros de belleza cambian como se mueven los tiempos. Lo que en el pasado fue considerado sexy, hoy puede representar un motivo para que salgas corriendo.

Por Facundo (@facufacundo

Cuando se trata de cuerpos femeninos me declaro incapaz de discriminar. ¿Quién soy yo para hacerle el feo a un buen par de pechos? ¿Por qué le voltearía la cara a unas carnosas pantorrillas? ¿Cómo podría pasar por alto un apretado y trabajado traseruqui? No, no podría. Lo que es un hecho es que hay cosas que me gustan más que otras. Pero más allá de mi calentura y gusto personal, la sociedad dicta (o intenta) lo que se supone que está sabroso y lo que no cuando se trata del cuerpo de la mujer. Esta opinión va cambiando con la época y generalmente está basada en cosas bastante idiotas.

Debo empezar sacando a los hombres de esta explicación porque el ideal de belleza masculina siempre ha sido el mismo: Estar bien mamado y marcado y duro y sensual y sudado… Como yo. Pero con las mujeres la belleza es menos clara y es distinta, dependiendo del año en que se admire.

Por ejemplo: Todos hemos visto pinturas del Renacimiento (Si no saben cuál es esa época, es la representada en los típicos cuadros de casa de sus abuelas). En esas pinturas las mujeres tenían más panza que policía de tránsito y su celulitis bien puesta en las piernas y brazos gorditos de señora que vende Tupperware. ¿Por qué las pintaban así? Porque ésos eran los cuerpos bellos, envidiables y “sabrousos” de aquellos tan lejanos años.

Lo que es un hecho es que si Playboy hubiera existido en esa época, se hubiera tenido que negociar la lana de las modelos por índice de grasa corporal y número de lonjas, más que por centímetro de peluche mostrado, como es hoy. (Perdón, creo que estoy develando algunos secretos de la industria. Olviden que leyeron esto.)

Con el tiempo la cosa fue cambiando y para los años de 1800 las panzas ya no estaban “in”… Es más, ahora lo chingón era tener cintura de avispa y caderas anchas. Las pobres mujeres interesadas en verse bien tenían que usar corsets que no las dejaban respirar y que a los hombres no les permitían tener fácil acceso al tesoro escondido bajo la tela.

Lo chingón es que el siglo xx trajo la liberación de la carne y obvio también el cambio del gusto. En los 20 la silueta femenina perdió curvas y de pronto al mundo ya no le gustaba la carne en las caderas que demostraba fertilidad, sino más bien las flacas que bailaban “charleston”. Y conste que no estoy diciendo que la flacura esté mal, a veces un abdomen planito es ideal para descansar la cabeza (Si leyeron esto como un albur están muy enfermos).

Después vino la época de oro del cine y de las chichis. Todas las actrices de las películas en blanco y negro en los años 50 tenían capacidad mamaria para siete u ocho críos, caderas anchas y piernas de ésas que piden  un buen apretón sólo de verlas. Es por eso que los cines de aquella época eran el equivalente al YouPorn de hoy en día para los adolescentes calentones. Bastaba con ver aparecer en la pantalla a Sophia Loren, Marilyn Monroe o Rita Hayworth para querer dejar la butaca con húmedas evidencias del deseo provocado por las siluetas de la pantalla de plata.

Los años siguieron pasando y los gustos otra vez se transformaron y así a mediados de los 80 las supermodelos impusieron una nueva moda en cuerpo: Flaquillas pero sabrosas, huesito de pollo pero con carnita y un toque de pechuga. Antes del photoshop y las apps para presumir que estás flaca aunque no lo estés, las morras ochenteras tuvieron que dejar de comer pambazos y evitar los refrescos para llegar al ideal de belleza. Y así nacieron inventos revolucionarios como los refrescos de dieta, la liposucción y el vomitar después de comer.

Y si ya era difícil tener un cuerpo de revista en los 80, en los 90 la cosa se puso peor porque nació lo que se le conoció como “La chica heroína”, y no porque el ideal hubiera sido convertirse en una mujer maravilla que supiera hacer unas chambotas, sino porque las modelos y aquéllas quienes querían ser como ellas parecían adictas a la heroína después de pasar tres semanitas en el picadero (si leyeron esto como albur están muy mal, pero en lo correcto) muy calaqueadas y carentes de sabor.

El tiempo y dos tres casos dignos de La Rosa de Guadalupe demostraron que eso no estaba muy bien. No está chido perder peso, luego forma y luego la vida para tratar de verse como modelo alemana.

Tristemente muchas morras de la vida real se fueron quedando en el camino, víctimas de trastornos alimentarios como el que casi convierte en fantasma a nuestra querida Anahí.

Y como lo contrario a la enfermedad es la salud, los tiempos evolucionaron hasta darnos el ideal de belleza femenina que domina estas épocas: Los cuerpos “fiteaditos” pero saludables. Bracitos marcados y nalguita levantada, abdomen plano pero pechuga prominente (Como nuestra querida y ahora deseada Anahí versión 2015). O sea lo mejor de todos los mundos. Además hoy en día puedes estar como quieras porque con un par de clicks en la compu ya estás buenísima.

El ideal de belleza cambia y seguirá cambiando, tal vez mañana lo que más caliente sea tener las nalgas guangas o las chichis caídas, pero por lo pronto en estos tiempos cuando no todo es lo que parece, considero una obligación moral de las aplicaciones de fotografía como Instagram traer un aviso que diga: “Atención, los objetos en la pantalla pueden estar menos cogibles de lo que aparentan”. 

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