EUSEBIO RUVALCABA: “NEGOCIO MI VIDA CON EL ALCOHOL”

Bebe a diario porque eso le ayuda a abrir su candado creativo. Es un escritor de culto para muchos y el autor de la novela Un hilito de sangre (1991). con pesimismo expresa que quisiera que cada día de su vida fuera el último. recientemente Publicó Todos tenemos pensamientos asesinos.

Por Arturo J. Flores

Fotografía de Miguel a. Manrique

 

Al igual que el resto de tus libros, Todos tenemos pensamientos asesinos es profundamente pesimista. ¿Así concibes la vida?

La vida es sombría. Estamos colmados de sentimientos adversos porque vivir siempre es cuesta arriba. Estoy lejos de pensar de forma optimista, porque eso me alejaría de mí mismo.

A tu personaje le pasa todo: desde un asalto callejero, hasta ser víctima de un fraude, que su mujer lo engañe y al hijo lo violen en la cárcel. Los políticos podrían decir que exageras, pero el ciudadano de a pie te diría que es perfectamente real que a alguien le acontezcan tantas calamidades. ¿Te parece importante no perder tu vínculo con la calle?

Desde luego. Es importante no perder el vínculo con la sociedad desquiciada y el hombre destrozado. Para escribir me atrae más el hombre partido en dos que el que se siente dueño del mundo. En la medida en que me aproxime a las heces que existen en su cabeza, más me acerco a la esencia del hombre. Por eso el contacto con la calle es esencial. Me basta treparme al metro para encontrar en la mirada del usuario común toda la podredumbre, la tristeza y la derrota que significa estar vivo. Si por escritura entendemos el acontecimiento de escribir, le dedico entre 3 y 5 horas diarias. Si por escritura entendemos el acto de vivir, pues lo hago todo el día, porque siempre estoy mirando y escuchando a las personas de otra mesa. Me interesa porque sé que se va a vaciar en un cuento, en una novela.

Es curioso que la mayoría de tus personajes se mantienen el margen de la tecnología: no utilizan celular, aún toman fotografías con cámaras análogas…

Yo mismo me resisto al uso de la tecnología hasta donde puedo. Escribo en una libreta que llevo a todas partes y no corre el menor peligro de que se la roben. Claro, al final utilizo la computadora para capturarlo. Pero si en lo que escribo no aparece un celular o un libro electrónico tampoco es porque le tenga aversión, sino porque no viene al caso con el personaje protagónico o con los peones.

Y sin embargo, anticipaste en uno de tus aforismos que el peor enemigo de un borracho es precisamente el teléfono.

Imagínate, se cometen las peores idioteces. Con el aparatito en la mano, haces la llamada que nunca hubieras querido hacer.

¿Cómo es tu relación con el alcohol, tan presente en todos tus libros?

Negocio mi vida con él. Diario bebo, pero no diario me embriago. Eso lo dejo para cuando no tengo trabajo pendiente. Una vez que avancé en lo que escribo, dejo que el alcohol se apropie de mis neuronas. Cuando me clavo en él no hay quién me detenga. Hay un momento en la vida de todo hombre en que necesita olvidarse de las presiones que lo rodean. Cada quien elige su camino y el mío es el trago.

¿Alguien te ha echado en cara el lugar común que ya parece la relación entre el trago y la escritura?

No, el lector común y corriente -pienso- me ve como un briago más que escribe. Mi familia se preocupa, pero me deja ser. A mis 62 años no tengo la salud de un joven pero sobrevivo, con mi dosis diaria de alcohol tengo. Además, se lleva bien con la diabetes que padezco. Sé qué beber, lo cual es muy importante en la vida de un alcohólico. Tomo whisky como número uno, pero si se trata de embriagarme, prefiero el tequila y el vino tinto.

¿No le estorba el vicio a la creación?

Le va bien, porque me permite generar ideas. Yo, como muchos hombres, traigo puesto un candado. Y con el mezcal el candado se abre y me permite ver una realidad que media hora antes no veía. Me permite ver la belleza en la fealdad. Me encanta descubrir el alcohol en escritores que no tienen fama de briagos, pero los delata una señal soterrada de determinada sensibilidad en su obra, porque no todos los escritores tienen el valor de decir: bebo, ¿y?

¿Eres una víctima de las mujeres como tus personajes?

Todos somos víctimas de esos seres monstruosos. Algunos más que otros. Siempre he estado en manos de una mujer y lo gozo. Gozo de una mujer permitiéndole que se sienta dueña de mí.

Una vez escribiste un ensayo titulado Lo que más odio, en el terminabas diciendo “ojalá mis hijos tengan el valor que me faltó y abandonen la escuela de una vez”. ¿Desde cuándo tienes ese tipo de ideas que vacías en los libros?

Siempre fui hipócrita. Tenía estas ideas pero las obligaba a convivir con el más recalcitrante conservadurismo. Supe amalgamar instancias opuestas porque me permitían sobrevivir y hacer mi mundo a espaldas de la autoridad, llámese familia o escuela. Ya no me puedo orinar en un árbol, que para mí era cosa corriente, porque hay una cámara que me mira. George Orwell está encima de nosotros. Ya no me puedo fajar a una chava en la calle, como lo hacía, porque al día siguiente estaré retratado en una red social. Las cosas nos están aplastando, excepto la palabra. Es lo único con lo que puedo convivir en este mundo soterrado, mojigato e hipócrita, en el que la religión judeo cristiana se apropió de nuestras mentes. Yo era el más feliz practicante de la poligamia y hoy en día, ya no se puede. Ni las amantes son como antes, ahora lo quieren todo de ti.

¿Escribir te ha permitido conocer mujeres?

Sí, notablemente. Recibo correos de mujeres que me demuestran su interés en platicar conmigo y en que les invite un trago. De ahí a la cama no hay más que un paso, pero esas mujeres no me hacen más feliz la vida; al contario, me atormentan más. Vasconcelos dijo, en el Ulises Criollo, que ese tesoro llamado mujer debería sobrevenir en el hombre cuando es joven y no cuando apenas puede reaccionar con su cuerpo. Y tiene razón. Aunque yo, a mis 62 años, aún puedo reaccionar.

¿Te atormenta la muerte?

Pienso mucho en la muerte. Todos los días, cuando abro los ojos, imploro que sea mi último día. Ése debería ser el deseo de cualquier hombre sensato: morir consciente, sin necesidad de que alguien le limpie el culo.