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Cámaras en baños públicos o tecnología para el pervertido

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Conozco Seúl desde antes de que fuera popular subirte a un camión en la calle y hallar casi a todos los pasajeros viendo alguna serie o película en su teléfono celular, alimentado por una red ultrarrápida y súper barata que en México sonaba como un sueño futurista que nunca se iba a cumplir de seguir teniendo el pie del hombre más rico de este país sobre nuestra cabeza.

Conozco Seúl desde que Motorola vendía los Razr y allá empresas como LG vendían modelos similares que decían habían surgido de sus laboratorios, pero no era más que un truco de marketing que sólo allá compraban. Han pasado muchos años y hoy es posible incluso abordar el Metrobús en Insurgentes y hallar a mucha gente viendo videos y picando botones de redes sociales sin temor a que alguien llegue con un arma y les quite el smartphone con lujo de violencia. Te lo pueden quitar en cualquier segundo, pero eso tiene que ver con el ingenio de los ladrones todavía, como aquellos viejos carteristas que practicaban el engaño y hurto hasta llevarlo al nivel de un oficio casi artístico desplegado con tres dedos. Vivimos todavía lejos de Asia, lejos del futuro. Esas horas de ventaja que nos llevan, a veces se visualizan como años. Como periodos de tiempo que pensamos nunca vamos a cruzar, al menos no pronto y no en estas condiciones que notamos al voltear a ver las banquetas, los aparadores de las tiendas y los autos de esta capital.

Estamos lejos del futuro y también lejos de algunas prácticas que probablemente se comiencen a hacer presentes en nuestra vida diaria antes de lo que soñamos. Y cuento esto porque el tema de la privacidad en Corea del Sur va más allá de datos robados de Facebook o de archivos hackeados y vendidos al mejor postor por un grupo de ciberdelincuentes amateurs en busca de fama y unos cuantos dólares a cambio de su travesura.

“Como depredadores agazapados en las sombras, decenas de minúsculas cámaras ocultas acechan a diario a las surcoreanas que hacen uso de los aseos públicos”, escribe Ismael Arana para El Mundo de España. “El inodoro, la caja de papel higiénico, el manillar de la puerta o incluso la escobilla; cualquier rincón es susceptible de albergar uno de esos ojos indiscretos, que alimentan con sus imágenes robadas chats y portales pornográficos que cuentan con una sección de “baños”. Tecnología de última generación al servicio del pervertido”.

Y es eso lo que nos espera también en México. Sin dudarlo puedo adelantarles que esta práctica conocida en Seúl como molka se replicará en este país y comenzará a generar también muchas denuncias y malos ratos para las mujeres, que son principalmente las víctimas de estos sujetos que violan la privacidad y comparten su “hazaña” masivamente en internet.

Dice Ismael Arana que esta práctica no se queda en los sanitarios. “Duchas y taquillas de vestuarios, cajoneras de oficina, despertadores de hotel o detectores de humo sobre los probadores de tiendas de ropa son otros de los lugares en los que se han detectado camuflados artilugios de este tipo”.

Los expertos en el tema dicen que será difícil hacerle entender a estas nuevas sociedades que esto no es porno, es violencia cibersexual. Los mexicanos, estoy seguro, comenzarán a experimentar con el uso de la tecnología espía en cualquier momento. Habrá que esperar los largos discursos de las feministas, los largos discursos de las autoridades y la impunidad, que al final dominará las conversaciones callejeras y hará que ya ninguna mujer ande tranquila por la vida. Una desgracia para la privacidad, el espectáculo de los pervertidos al desnudo. Ojalá que entiendan que su práctica es despreciable.

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