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¡Por poner el cuerno! Los castigos mexicanos a infieles

Por: Iván Montejo 13 Ene 2021
Al igual que al imaginar un dios se crea su sombra, las infidelidades nacieron con las relaciones de pareja. Ya […]
¡Por poner el cuerno! Los castigos mexicanos a infieles

Al igual que al imaginar un dios se crea su sombra, las infidelidades nacieron con las relaciones de pareja. Ya sea por falta de amor o por compromiso, siempre existirán personas que no puedan resistir a sus impulsos y flaqueen ante la tentación. Descubrir a un amante siempre trae consecuencias, pero siempre han sido iguales.

En las comunidades prehispánicas los castigos variaban: los zapotecos apedreaban a los hombres, mientras que a las mujeres se les colgaba y golpeaba hasta que confesaba el nombre del amante… Naturalmente esta práctica en algunas ocasiones terminaba en la muerte de la cautiva, mientras que los lacandones quemaban los genitales de los acusados.

 

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La situación no siempre era así, algunas veces eran ellas quienes castigaban a sus maridos con palizas e incluso agregaban toloache a su comida, con lo que ganaban el control sobre su pareja.

La llegada de los españoles cambió radicalmente al país, pero este tipo de penas a los infieles se mantuvieron constantes.

Durante la Colonia, la ley religiosa regía la vida y todos sus aspectos, y el adulterio era un pecado. Generalmente las autoridades estaban enfocadas a castigar a las mujeres y buscaban más una venganza personal que justicia; aunque en la teoría la pena sancionaba al pecado y no la acción.

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En un principio, el matrimonio era un asunto privado, lo que se reflejaba en leyes laxas y se otorgaba la oportunidad de perdonar al infiel. En la Nueva España se  consideraba al adulterio como pecado y el castigo era la pérdida de la libertad, por lo que el adultero se convertía en una especie de esclavo. Dependiendo de los casos, el acusador podía quedarse con todas las pertenencias e incluso podía ganar el derecho de matar al amante y a la esposa.

Los castigos también implicaban torturas como la castración del hombre y la mutilación de la nariz de la mujer, los azotes y la hoguera para ambos. Con el tiempo, el poder de la Iglesia sobre estos asuntos se redujo y las penas cambiaron para convertirse en encarcelamientos que generalmente duraban algunos meses.

 

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Afortunadamente, en la actualidad estas penas están obsoletas. En 2011 dejó de ser un delito, por lo que no existe ninguna pena para castigarlo en el código penal. A pesar del cambio, todavía puede ser presentado como una prueba en un juicio de divorcio y pago de pensiones; aunque comprobarlo todavía sigue siendo sumamente difícil, ya que únicamente tiene consecuencia cuando se realiza en el domicilio conyugal y de forma escandalosa, o comprobando que existe un hijo fuera del matrimonio.

En la ley parece que todos los terribles castigos son parte del pasado, pero constantemente los titulares nos muestran que no estamos tan alejados de los puritanos novohispanos y los antiguos mesoamericanos. A finales del año pasado se subió a las redes un video que muestra el castigo a una mujer que fue azotada por una supuesta infidelidad en Tierra Caliente, Guerrero. A este se le suman casos de asesinatos y humillaciones públicas.

La infidelidad implica fuertes sentimientos que, en algunas ocasiones no pueden ser controlados, por esta razón las penas en diversos lugares y tiempos han llegado a terribles extremos. Desgraciadamente, a pesar de los cambios en las leyes los martirios, continuarán mientras existan arranques pasionales.

 

 

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Infidelidad, castigo y pena en la Ciudad de México durante los Borbones”, de Marcela Suárez

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