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Más drama y finales épicos: ¿Se puede confiar en el deporte actual?

Escrito por:Daniel Tristán

Crecí viendo deportes en una época en la que el mayor lujo no era el espectáculo, sino el tiempo. Tiempo para sentarse frente al televisor sin mirar el reloj, tiempo para aburrirse un poco antes de emocionarse mucho, tiempo para entender que el deporte no siempre devolvía algo inmediato.

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En los noventa, las batallas entre Ayrton Senna y Alain Prost en la Fórmula 1 no necesitaban artificios narrativos: bastaba la espera, la tensión acumulada vuelta tras vuelta. Los campeonatos de liga mexicana de fútbol eran largos, crueles y justos; no había torneos cortos, ni play-in, ni esa extraña democracia deportiva donde el octavo lugar podía coronarse campeón.

Así crecí viendo a las “Super Chivas” levantando la copa, y punto. Los Yankees de los 90’s ganaban Series Mundiales que se jugaban sin relojes apurando al pitcher, sin pantallas saturadas de publicidad, sin la sensación de que alguien, en algún despacho, estaba nervioso porque el partido durara demasiado. Teníamos algo que hoy parece obsceno: paciencia. Teníamos tiempo.

El presenta: La tik-tokificación del consumo

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Ese tesoro se perdió. No por maldad, sino por contexto. El deporte comenzó a mutar porque el mundo mutó antes. Hoy los jóvenes no toleran sentarse dos horas a ver un empate 0-0. No es un juicio moral, es un dato cultural. Prefieren highlights de diez minutos, resúmenes comprimidos, clips que entreguen emoción sin desarrollo.

Vivimos una tik-tokificación del consumo: fragmentos en lugar de procesos, momentos en lugar de trayectorias. Las ligas profesionales lo saben y actúan en consecuencia. El streaming terminó de cambiarlo todo. Antes el deporte se jugaba en la cancha y luego se resolvía cómo transmitirlo. Hoy es al revés: se piensa primero cómo se verá en pantalla y después cómo se jugará. El deporte se volvió nativo de pantalla.

La modernidad exige partidos más cortos, marcadores abultados que cambien constantemente, menos tiempos muertos, reglas que se entiendan sin leer un manual. Todo apunta a la misma dirección: más velocidad, más seguridad, más tecnología. Es un comportamiento natural pues el deporte compite contra pestañas infinitas, contra plataformas que nunca se acaban, contra un ecosistema de atención brutalmente fragmentado. El deporte dejó de ser un rito para convertirse en un relato. Ya no basta con que alguien gane; importa cómo gana. Importa que el desarrollo del juego cuente una historia, importa que el deporte se comporte como una serie de televisión.

En busca del final más épico

No es casualidad que muchas finales recientes parezcan escritas por un guionista con exceso de cafeína. La final de Liga MX entre Toluca y Tigres tuvo de todo: Alexis Vega lesionado cobrando el penal decisivo, una cantidad absurda de penales, arqueros enfrentándose en mano a mano, tensión llevada al límite.

La Serie Mundial entre Dodgers y Blue Jays fue una serie de televisión disfrazada de béisbol: récords, drama, y Shohei Ohtani haciendo cosas que parecían diseñadas para recuperar audiencias jóvenes justo cuando el béisbol más las necesitaba. En la Fórmula 1, después de años de campeonatos definidos con cuatro o cinco fechas de anticipación, de pronto el título volvió a decidirse en la última instancia. Durante demasiado tiempo la F1 fue un desfile de ingeniería perfecta dando vueltas sin emoción deportiva real. Ahora, misteriosamente, los desenlaces vuelven a ser épicos.

Todo esto es evolución, y en muchos sentidos es sana. Pero no es ingenua. Son manipulaciones legales del deporte: ajustes de reglamento, formatos, tiempos y ritmos diseñados para producir emoción.

El Mundial que se viene

El problema es que el deporte carga con manchas que no se borran fácil. Partidos amañados, mafias de apuestas, árbitros comprados, jugadores endeudados. Y hoy, además, grandes casas de apuestas como Caliente convertidas en patrocinadores centrales de la Liga MX. El zorro financiando el gallinero. No implica automáticamente corrupción, pero sí instala una duda incómoda: cuando el mismo sistema que regula el juego se beneficia de la incertidumbre, ¿dónde queda la confianza?

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Con el Mundial de fútbol a la vuelta de la esquina en nuestro país, la pregunta deja de ser teórica. El deporte puede y debe evolucionar, pero también necesita algo que no se puede reglamentar ni acelerar: credibilidad. Porque el día que el aficionado empiece a pensar que todo está diseñado (no solo el ritmo, sino el resultado) el deporte seguirá siendo entretenido, pero dejará de ser verdadero. Y sin verdad, por muy rápido y espectacular que sea, el juego ya habrá perdido antes de empezar.