El Pepsi Center WTC se transformó en una pista de baile futurista cuando Six Sex tomó el escenario con esa mezcla suya de sensualidad industrial y pop sin filtros. Luces estroboscópicas, bajos que retumbaban en el pecho y una audiencia lista para dejar la timidez en la puerta: así arrancó una noche que fue más experiencia que concierto.
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Six Sex no canta: domina. Con una estética que mezcla látex, actitud cyber y una ironía deliciosamente descarada, convirtió cada tema en un manifiesto corporal. Hubo coreografías precisas, momentos de contacto directo con el público y esa energía magnética que hace que el sudor parezca parte del vestuario oficial.
El setlist recorrió sus tracks más celebrados, alternando beats electrónicos con letras provocadoras que hablan de deseo, autonomía y placer sin culpa. Cada drop era una invitación a moverse sin pensar demasiado. Y el público respondió: brincos sincronizados, gritos, celulares en alto capturando cada gesto calculadamente salvaje.
Lo interesante de Six Sex es que bajo el brillo y la provocación hay discurso. Su propuesta celebra la libertad corporal y el juego con la identidad. En el Pepsi Center eso se sintió claro: no era solo música, era una comunidad celebrando la posibilidad de ser intensa, sexy y ruidosa sin pedir permiso.
Hubo un encore explosivo, luces rojas bañando el escenario y una despedida que dejó a todos con esa sonrisa cómplice de quien sabe que vivió algo ligeramente peligroso.
Six Sex convirtió la noche en un ritual eléctrico. Y en una ciudad que lo ha visto todo, eso ya es decir mucho.