13 de septiembre de 2025. El día perfecto para desempolvar mis Adidas Beckenbauer, enfundarme la camiseta inglesa del Mundial 94 y coronar el look con un bucket hat de alguna gira pasada. No hacía falta decirle a nadie a dónde iba con aquel atuendo de “¿cómo sabes que voy a Oasis, bro?”. Porque claro, I’m feeling supersonic, give me gin and tonic, y había que convertir la resaca en otra fiesta, pues era el día de ver a Oasis, esos tipos que antes respetaba más por excéntricos beodos que por sus canciones.
Cortesía: Big Brother Recordings
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Logré entrar al concierto solo unos segundos antes de que apareciera la banda, lo cual fue un milagro, ya que el Metro se quedó parado por casi veinte minutos en una estación, y entre una y otra el tren se estacionaba largo rato, jugando así con las emociones de los cuadragenarios que atiborraron el transporte colectivo mientras transpiraban excesivamente por la falta de aire acondicionado, pero también por el miedo de no llegar al soñado concierto. Maldije al gobierno de la ciudad tanto como pude, pero al fin pude arribar.
Ya en el lugar, noté que los asistentes llevaban una cerveza doble en cada mano, una buena señal. El foro olía a cebada y a nostalgia importada de algún pub de Manchester. Imbuido por el espíritu de los Gallagher decidí pedir dos… no, mejor tres cervezas: You gotta roll with it, pensé, you gotta take your time…
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Oasis apareció en el escenario sin parafernalia: apenas unas luces y un murmullo que fue creciendo entre la gente hasta convertirse en una ovación. Entonces, sin reservas, comenzaron a disparar hit tras hit de esos dos álbumes que no necesitan defensa: Definitely Maybe y (What’s the Story) Morning Glory?. Cada acorde parecía llevar al límite aquellas canciones que destilan la arrogancia de una juventud convencida de una eternidad que nunca fue.
Las letras de esos discos condensan un lirismo que a veces roza el sinsentido mezclado con angustia existencial, sostenido por guitarras que oscilan entre lo sublime y el berrinche melódico. Son también una mezcla de honestidad, impertinencia y esa poesía etílica tan propia de estos hooligans del verso. Y en medio del estruendo —entre luces, gritos y cervezas—, por un instante creí escuchar el eco de Rimbaud entre aquellos amplificadores evocando al joven insolente que incendió el lenguaje solo para ver cómo ardía hasta apagarse.
Cortesía: Big Brother Recordings
Y entonces llegó uno de los momentos más esperados del concierto. Muchos ya sabían que cuando Liam comienza a explicar algo es momento de Cigarettes & Alcohol, es decir, Poznan; esa celebración propia del Club Lech Poznań de Polonia que se popularizó en la década de 1960 y que adoptaron los seguidores del Manchester City para que finalmente los fans de Oasis lo convirtieran en un festejo propio. Unos platillos, un riff, y la multitud explotó: la ofensiva de mi sección lanzó una cerveza al aire, se quitaron las camisetas y se giraron abrazados, y claro, al verme con el tipo de al lado decidimos hacer lo mismo. Detrás de nosotros estaban unas niñas bien con cara de sorpresa y horror frente aquel inesperado gesto de briagos con el torso descubierto gritando: Is it my imagination, Or have I finally found something worth living for? Supongo que cuando compraron las entradas les dijeron que se trataba de unos ingleses guapos y famosos —pero eso fue en 1995, cuando ser británico bastaba para ser guapo— Y así descubrieron que esto no era Taylor Swift, y que aquí no había pulseras de la amistad: la camaradería consistió en abrazar al desconocido de al lado y bañarse en cerveza mientras la banda tocaba instrumentos en vivo para luego explotar en una canción que retrata la futilidad de la existencia, donde el tedio se disuelve con estimulantes varios y al ritmo de un riff que promete una salvación momentánea. Y bueno, eso también es Oasis: quizá la banda de rock más ligada al fútbol, como lo demuestran sus conciertos, que son lo más parecido a celebrar con júbilo el gol de tu equipo en un estadio.
La tormenta de cerveza pareció breve, pero alcanzó para empaparnos. Se mezclaba con otros líquidos que, desde luego, no eran champaña, pero estallaron como una supernova visible en los videos que se hicieron virales durante aquel mítico Poznan. Así, miles de desconocidos se abrazaban mientras recibían aquella lluvia dorada de espaldas a los músicos en una escena que se asemejó más a un rito que a un espectáculo.
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El tipo arrogante, el del pandero que nunca aprendió a tocar, nos tenía hipnotizados. Su voz seguía siendo una navaja oxidada con el filo suficiente para cortar el aire de la noche. Y mientras los acordes de Live Forever nos envolvían, entendí que el truco de Oasis nunca fue la perfección, sino el cinismo: “Maybe… I don’t really wanna know / how your garden grows, cause I just wanna fly.” Y volamos, aunque fuera por cuatro minutos y medio.
Cortesía: Big Brother Recordings
Después vinieron los himnos y el reconocimiento para Noel, tal vez el integrante favorito de los verdaderos fans: Don’t Look Back in Anger, Wonderwall, Slide Away. La banda sonaba como si los noventa nunca se hubieran ido y nosotros queríamos creerles. Nadie miraba el reloj. Solo había un estadio entero gritando “Cause maybe, you’re gonna be the one that saves me…”, mientras los Gallagher sonreían con esa media mueca mezcla de altivez con un poco de alegría.
El concierto llegaba a su fin y allí seguían los dos hermanos: arrogantes, cínicos y encantadores bajo los fuegos artificiales. Los mismos de siempre pero con bolsillos más llenos que nunca y una nula intención de agradecer y decir lo que los artistas repiten en todos los países… I love you (….) Nos tenían a todos donde querían: mirando al pasado y aplaudiendo sinsaber muy bien lo que estaba pasando en medio de aquel torrente de emociones. Oasis no volvió para reconciliarse. Volvió para recordarnos que seguimos dispuestos a pagar por la nostalgia de aquellos años de buenos discos y el talento que se esfumó sin más. Y sí, valió cada gota de cerveza derramada: we’re still mad for it. Ahora solo falta ver como estos tipos también desquiciaron nuestro Spotify Wrapped 25.