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Libros al desnudo: ¿pueden los libros curar la tristeza?

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Por Jaime Garba @jaimegarba

Antes que nada me gustaría dejar en claro que existe una gran diferencia entre tristeza y depresión, la primera es un estado que todos hemos padecido bajo ciertas circunstancias, mientras que la depresión es una patología con claros elementos que le diagnostican y la cual debe ser tratada por un profesional. El presente texto pretende únicamente compartir la perspectiva y experiencia de personas que ante estados de tristeza o con problemas de depresión, han encontrado consuelo en los libros.

María, de 33 años, viajó a Madrid hace dos años para estudiar una maestría. Nunca había vivido fuera de su hogar y viajar –entre muchas otras cosas- le causaba un estrés que le provocaba morderse las uñas hasta que los dedos le sangraran. Con dificultades salía de casa a la universidad y ahora que lo piensa no sabe “cómo carajos me atreví a brincar el charco.” Su madre estaba muy preocupada -probablemente ella le heredó en vida esa ansiedad, el miedo a que el mundo exterior era un peligro-; mientras preparaba todo para su viaje le bombardeaba de dudas: “¿y si te pasa algo a quién recurrirás?, ¿quién te lavará la ropa?, ¿quién te preparará la comida?, estarás del otro lado del mundo, ¡qué barbaridad!” Se detiene un poco mientras recuerda esto, y se responde que tal vez decidió irse lejos para huir de su madre. Su padre murió cuando ella tenía doce años, “casi no tengo recuerdos de haber pasado tiempo con él”; viajaba mucho, era un editor que le heredó diez mil libros que jamás se atrevió a abrir porque creía –su profesión- le quitaron su atención; por lo menos no hasta que hizo su maleta para marcharse. Recuerda que el día anterior a su viaje paseó por la biblioteca y miró los libros con detenimiento, leyó los títulos e intuitivamente tomó uno el cual guardó en la maleta más por tener un objeto simbólico que por la intención de leerlo. María leía pero textos académicos, era una alumna destacada, siempre tuvo rutinas de estudio muy estrictas mas raramente leía literatura, “quizá la última novela fue en la preparatoria, por obligación, no recuerdo cuál.” Sus primeros meses en Madrid fueron terribles, así los describe, no podía adaptarse a la gente ni a las costumbres, eso incluía la universidad en la que estudiaba. Su inicio académico no fue como al que estaba acostumbrada y su ánimo cayó abruptamente. Llamaba a su madre diariamente llorando y ésta en lugar de calmarla la dejaba peor. Al sexto mes consideró volver pero la idea del fracaso la hizo no desistir. Cuando volvía de la escuela se la pasaba en casa recostada en el sofá, observando el techo y buscando el hilo negro de “mi miserable vida”, como ella misma le llamaba. Sin embargo la cosa cambió una mañana camino a la escuela; la cafetera se le había averiado y llegó a comprar uno a la cafetería del barrio que le quedaba de paso. Mientras se lo preparaban observó a un joven que parecía hipnotizado frente a un libro que le llamó la atención porque era el mismo que echó a la maleta antes de irse a España. “¿Qué posibilidad había de encontrarme con alguien que tuviera el mismo libro?”, dice sorprendida, y la verdad es que mucha, porque “Madame Bovary” de Gustave Flaubert es un clásico de la literatura, pero María lo tomó como una señal. Ese día no fue a clase y tomó la novela; “no salí de casa dos días, lo leí día y noche con apenas pausas para ir al baño y dormir un poco; no me importó nada, perder clases o no comer, básicamente estaba haciendo lo mismo mientras estaba deprimida pero ahora me animaba encontrarme entre esas páginas que me cautivaron desde el inicio.” El escritor francés gustó tanto a María que inclusive dejó de morderse las uñas porque no quería perderse una sola palabra. “Allí entendí qué quiso decirme mi padre cuando me dejó aquellos libros que tanto rechacé, en ellos estaba él y las historias que le apasionaron.” Aún recuerda que cuando finalizó la novela estaba amaneciendo, descansó un poco y se levantó de la cama para ducharse e ir a la universidad. “Aquel día vi las calles, la gente, la escuela… todo, con otros ojos, con más luz.” Después de su jornada se dirigió a la biblioteca y preguntó a la encargada por algunas novelas similares. Desde entonces María vio desaparecer paulatinamente sus ataques de ansiedad.

 

“Miguel, de 28 años, trabajaba en una firma de abogados, todos los días debía vestir de traje y zapatos aunque a él siempre le gustó usar short tres cuartos y gorras de los Yankees como su ídolo juvenil Fred Durst, no obstante cuando su familia lo impulsó a continuar con la tradición profesional (su padre, su madre y sus dos hermanos mayores son abogados), se vio obligado a abandonar su vida punk rock (tocaba la guitarra en una banda). Ni siquiera los domingos podía vestir a su antojo puesto que “la imagen de un abogado es fundamental, siempre”, escuchaba decir a sus padres. Está seguro que la presión y obligación de cumplir estándares lo sumió en depresión, la cual tuvo que ser tratada por un especialista cuando una mañana rumbo al trabajo dio deliberadamente un volantazo al auto para estrellarse contra la barda de una casa. “Me quería morir, odiaba mi vida, de tan sólo pensar que debía repetir la misma rutina quería desaparecer.” El tratamiento no lo ayudó demasiado, cuenta; sus padres olvidaron pronto el asunto y le volvieron a exigir el mismo rendimiento, cosa que complicó más su estado; sería debido a ello que volviera a atentar contra sí mismo bebiendo un frasco de medicamentos que lo envió al hospital. “Casi no la cuento.” Más molestos que preocupados y para evitar chismes (el primer altercado pudieron hacerlo pasar como un “accidente”) lo internaron en una clínica. Cuando Miguel arribó se sintió aún peor al creer que estaba allí por “loco”, pero el cambio de cotidianidad y mantenerse alejado de lo que más detestaba le hizo bien, máxime porque la doctora que lo atendía lo invitaba constantemente a que visitara la biblioteca del lugar. Como disponía de mucho tiempo después de las terapias grupales y las otras actividades a las que debía someterse, tomaba libros que leía en los hermosos jardines –según describe-. “Allí leía libros chingones de ciencia ficción, de Ray Bradbury, de Julio Verne; algunos otros de misterio o de terror; me hice fan de Stephen King y de todos los libros sobre Sherlock Holmes”. Para Miguel la lectura fue una medicina que le permitió pasar esa temporada enclaustrado, “cuando terminó mi proceso ya no quería salir”. Ríe mientras recuerda; la doctora lo animó confrontar a sus padres y hacer lo que lo hiciera sentirse pleno. No fue fácil pero les contó su sueño de estudiar comunicación. Actualmente escribe para varias revistas y tiene un canal de Youtube. “Sin los libros hoy no estaría aquí, a partir del momento en que tomé el primero se volvieron fundamentales y siempre estaré agradecido porque me acompañaron cuando más lo necesité.”

Esteban, de dieciocho años, es un tipo tímido, casi no me mira mientras hablamos, aceptó reunirnos sólo porque le prometí un libro de su escritor favorito (Oscar Wilde) a pesar de que dice ya tener todos y en todas las ediciones habidas y por haber. Cuesta trabajo entenderle cuando me responde porque el libro le cubre el rostro (parece que lee mientras me atiende), sin embargo afino el oído para captar todos los detalles de su declaración. Hace dos meses estuvo preso unas horas (era la tercera ocasión), lo cacharon robando en una librería, “no soy pobre”, lo dice con mayor volumen para que quede claro; lo que ocurre es que sus papás no le dan dinero para comprar libros porque no quieren que lea, viven preocupados, su hijo no sale a fiestas ni interactúa con los demás, “creen que no tengo amigos”, pero sus amigos son igual que él, se la pasan leyendo en los recesos y por las tardes intercambian mensajes por Whatsapp cuando algún fragmento del libro en turno los impresiona; esa es su manera de relacionarse pero al parecer a sus padres no les es suficiente. “Necesito de los libros”, dice otra vez categórico; le han llegado a castigar sus lecturas e inclusive una vez le tiraron varios porque “según leer me estaba aislando de la realidad. Yo creo pensaban me convertiría en un asesino serial o algo.” Lo que no entendía su familia era que para Esteban la lectura es algo fundamental, las historias que lee desde que despierta, mientras va en el camión, a la hora del receso, cuando vuelve a casa, antes de dormir… lo hacen feliz, tal vez no sonría a carcajadas como la mayoría de los jóvenes cuando ven memes o comparten videos virales, pero Esteban dice que antes de leer se sentía vacío, triste, sin identidad. “Cuando no leo, por cualquier razón, me siento decaído, necesito leer para sentirme vivo.” El sueño de este joven lectómano es trabajar en una biblioteca que casi no tenga usuarios (a él no le importa que los demás lean o las campañas de fomento a la lectura) para poder leer y estar entre libros sin que nadie lo reprima por ello; esto, dice, si antes no tiene que purgar una condena más larga si vuelven a atraparlo hurtando libros.

Para algunos, leer más que un momento es un estado de gracia, bien es cierto que existe el gran debate entre si leer te hace mejor persona o no, hay quienes su acercamiento a los libros es casi místico e inexplicable, como una especie de fe que se vive y no se tiene la obligación de razonar. Así como la escritora Amelie Nothomb, que despierta todos los días a las cuatro de la mañana para trabajar en el proyecto de novela en turno y después dedicar otras cuatro para escribir cartas, todo para calmar al demonio que dice le habita pues de lo contrario comenzaría un proceso de autodestrucción; muchos leen para sobrellevar momentos difíciles, para encontrar equilibrio o para alegrarse la vida a través de personajes, circunstancias o esos mundos tan fascinantes que encontramos en los libros. Al parecer sí, en algunos casos leer puede curar la tristeza.

 

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