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En boca abierta: Los primeros 252 días

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Se equivocan quienes piensan que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador acaba de cumplir el mes pasado solamente 100 días, ese plazo que a nivel mundial se ha fijado como el “arranque” de un nuevo gobierno, sobre todo cuando ocurre en medio de una crisis política provocada por la ruptura del “establishment” al que estaba acostumbrado una nación.

El nuevo régimen en México no comenzó el pasado primero de diciembre con la toma de posesión del político tabasqueño que a la tercera ocasión (la tercera es la vencida) que contendió por la Presidencia de la República logró el voto abrumador del electorado que aquel primero de julio pasado salió a las urnas. El nuevo gobierno y una nueva forma de gobernar, aunque algunos hablen del regreso a los años 70, comenzó justo al día siguiente que se supo que, de manera contundente, López Obrador había ganado no sólo la Presidencia, sino también la mayoría simple en el Senado de la República y en la Cámara de diputados con un partido que apenas llevaba cuatro años con registro oficial como tal.

El ganador de los pasados comicios comenzó a “gobernar” prácticamente al día siguiente de la elección, entre otras cosas, por la forma en que el mandatario en funciones Enrique Peña Nieto abdicó literalmente a su encargo tras la debacle que sufrió su partido, el PRI, relegado al tercer lugar como “fuerza” electoral. Algunos analistas compararon lo del primero de julio con un “tsunami” que arrasó con todo lo que encontró a su paso, incluyendo la presidencia de Peña Nieto, la principal damnificada de lo que fue una especie de “referéndum” no sólo de su sexenio sino respecto de gobiernos anteriores, tanto del PRI como del PAN. Por ello, hablar de “los 100 primeros días” de López Obrador es quedarse corto en el análisis y, sobre todo, hacer a un lado las causas que provocaron tal “tsunami” social en que se ha convertido el régimen actual.

Para empezar, los tres postulados del nuevo presidente encierran su lucha de todos los días contra la corrupción, contra la pobreza (“por el bien de México, primero los pobres”) y contra el desencanto social que provocaron décadas de rezagos en muchos de los órdenes de la vida nacional: empleo, educación, salud, bienestar, etc. Cambiar el modelo neoliberal de ninguna manera será tarea fácil por la manera en que la estructura anterior se enraizó en las costumbres y formas de convivencia de la sociedad, principalmente de la clase política. Pareciera que algunos políticos aún no entienden lo que sucedió con el país el pasado primero de julio.

Muchos de ellos insisten en presentarse como “contrapesos” de un movimiento que nació del hartazgo ciudadano, principalmente de los más pobres y de las clases medias que en un lapso de poco más de tres décadas vieron deteriorarse su nivel de vida. Algunos de ellos se presentan sin ningún rubor como los “salvadores” de sus partidos, y de paso del país, sin entender que la mayoría de quienes votaron hace poco más de nueve meses lo hicieron por López Obrador en rechazo a “lo establecido” desde hacía casi 40 años.

Pierden de vista que hoy las cosas se mueven en otra dirección. Que para establecer los contrapesos necesarios ante tal “acumulación de poder” de parte del ganador de la contienda se necesitan nuevos liderazgos; que sean diferentes a los que llevaron al país a donde hoy se encuentra, que sean limpios, honestos y que le hablen diferente a la sociedad a como hoy le siguen hablando los “mismos de siempre”.

Dos son los grandes problemas nacionales que el modelo anterior de gobierno le hereda a la nueva administración: la fallida aplicación del sistema neoliberal que ha dejado millones de pobres y, de la mano de ello, la violencia delincuencial que agobia a la mayoría de los estados del país. Los últimos años de violencia e inseguridad pasan necesariamente por la descomposición social mexicana a todos los niveles. Desde la corrupción en “las alturas” hasta la pobreza económica en las capas más bajas de la “pirámide poblacional”; lo que le ha pasado a México ha sido inédito. Quien pensaba que la recomposición social se llevaría unos cuántos meses del nuevo gobierno estaba muy equivocado; es más, pareciera que ni en todo el sexenio se logrará revertir la tendencia al alza que han logrado los índices delictivos a nivel nacional si miramos con detenimiento las cifras oficiales de homicidios, violaciones y asaltos que ha contabilizado el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública durante los primeros meses de este año.

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