Adrián Ladrón (Ciudad de México, 1982) es actor y director, formado en la Escuela Nacional de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL). Ganador del premio Ariel por su protagónico en 4a Compañía (2016), película en la que tuve el privilegio de conocerlo; más tarde le daría vida a Pig, el inolvidable personaje de Diablo Guardián, novela de Xavier Velasco que el año pasado celebró 22 años de su publicación.
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Tendemos a idealizar a alguien simplemente porque aparece en la pantalla, como si eso bastara para que una estrella ardiera sobre su cabeza. Pero el trabajo de Adrián Ladrón va mucho más allá de la fantasía: actuar es desnudarse hasta la médula, “vivir de verdad bajo circunstancias imaginarias”, como decía Messner; es cargar el dolor ajeno y devolverlo transformado, ser espejo roto de un mundo incendiado. Y en esa fractura, paradójicamente, está la redención. Adrián la encarna con un fervor que recuerda a los monjes que entregan su vida a una causa invisible.
Yo lo idealizaba antes de cruzar palabra con él. Vi Diablo Guardián, la serie dirigida por Hiromi Kamata, cuatro veces, y la presumí a todos como un amuleto; a mis parejas les repetía que su actuación era magistral, y lo era. Pero lo que en verdad intentaba confesarles era mucho más íntimo: “Yo soy Pig”.
Su actuación me conmueve porque me refleja. Sus respuestas son radiografías de mi propia carne rota. He realizado más de 800 entrevistas, y la de Adrián Ladrón es el tesoro que buscaba desde siempre, el objeto del deseo que no sabía nombrar. Si mañana muriera, lo haría con una paz que hacía tiempo no conocía: la paz de haber conversado con quien no solo admiro como actor, sino con quien me devolvió el aliento en días toscos y violentos.
Adrián, te pediría que nunca pierdas esa chispa, ese fuego que, al actuar, no solo cuenta historias: sana heridas. Sanas a los demás. Y en mi caso… me sanaste a mí.
“La belleza es un campo de batalla donde el alma sufre y el cuerpo se inmola”, escribió Charles Baudelaire. Tu interpretación de Pig es eso: un cuerpo inmolado en un paisaje de belleza torcida. ¿Qué clase de guerra interna tuviste que librar para darle verdad a este personaje, para no quedarte en la caricatura del macho roto y hacer de él un abismo emocional?
En primer lugar, debo decir que para mí tener el privilegio de interpretar a Pig ha sido un enorme regalo de la vida. “Diablo Guardián” es una de las mayores obras de la literatura contemporánea mexicana. Fue mi segundo personaje protagónico y disfruté muchísimo durante el proceso de realización de este proyecto que ha significado mucho para mí.
Respondiendo a tu pregunta, hubieron muchas batallas qué librar en el camino, sobre todo personales, pero creo que, si tuviera que nombrar una guerra interna, sería la de mi propia vulnerabilidad como hombre y como ser humano. Pig es un personaje que se arroja al vacío queriendo encontrarse a sí mismo, cínico, irreverente, pasional, romántico, loco… que encuentra en Violetta una posibilidad de descubrirse a sí mismo, y que debe aceptar su propia fragilidad para entregarse completamente a ese amor imposible.
¿Quién en la vida no ha vivido un amor así? Quien no lo haya hecho, creo que es algo de lo que no se debe de perder.
Foto: Ricardo Soria
Creo que el dolor es un ensayo general para la muerte. Pig carga una pulsión de autodestrucción elegante, casi poética. ¿Cómo trabajaste emocionalmente esa desesperanza, ese no futuro que emana de él, sin que te desbordara como actor o incluso como persona?
El trabajo de creación y descubrimiento del personaje requirió por supuesto un estudio profundo de la novela y al mismo tiempo un trabajo sólido de la mano de la directora Hiromi Kamata, que me permitió adentrarme en el universo mental y emocional de Pig, identificando claramente cuáles son los acontecimientos que lo marcan y lo definen; como la orfandad, la muerte de su abuela, su profunda soledad, su coqueteo con la muerte, su permanente sensación de vacío, su constante deseo de probarlo todo, de vivir al límite, de tocar fondo y reconstruirse a través de su único refugio: las palabras.
Personalmente, creo que como actor tienes que estar dispuesto a desbordarte, a que aquello que estás dispuesto a encarnar y transmitir te toque profundamente. ¿Cómo abordar la desesperanza o el sin sentido? Dejando que vibre y resuene en todo tu ser, sin miedo, saltando al vacío también como lo hace Pig. Lo maravilloso de permitir que esto te suceda, es contar con alguien que te sostiene, te escucha y te cuida, como lo hizo Hiro conmigo.
“A veces me canso de mí, de no tenerme nunca, de estar siempre buscándome”, solía decir Mario Santiago Papasquiaro. La novela de Velasco es una persecución frenética de uno mismo por medio del otro. ¿Leíste Diablo Guardián antes de interpretar a Pig? ¿Qué impacto tuvo esa lectura en ti, no sólo como actor, sino como hombre?
Recuerdo que alguien me regaló la novela varios años antes de que se tuviera la intención de producir una serie basada en ella. Cuando me llamaron al casting recordé que tenía la novela guardada y comencé a leerla. De inmediato me atrapó y la seguí leyendo incluso después de haber audicionado para el papel. Después vino la segunda prueba y cuando estaba esperando la respuesta, terminé de leerla. Después, durante el proceso de producción de la serie, la volví a leer un par de veces más.
La primera sensación que me produjo la novela fueron unas inmensas ganas de devorarla. Luego vino una segunda lectura, con mucho mayor estudio y análisis. Y al momento de estar grabando la serie sentí que debía defenderla, que había ciertas cosas en la novela que no debíamos de perder. Algunas de ellas fueron escuchadas y me sentí orgulloso de ello.
La oportunidad que tuve de formar parte de la serie fue algo que me ha dado una gran satisfacción, por un lado, y, la propia novela, como hombre, me ayudó a cuestionarme sobre la manera en que nos relacionamos como parejas, entre otras cosas a descubrir que para aprender a amar uno debe de ser capaz de aceptar al otro como es y soltarle para que sea libre y se pueda encontrar a sí mismo.
“La literatura no es un espejo del mundo, es un cuchillo.”, ya lo escribió César Aira, y tú actuaste un personaje nacido de la hoja afilada de Xavier Velasco. ¿Tuviste contacto con él durante el proceso? ¿Hubo algún diálogo (además del cameo), alguna clave que te diera Velasco que te ayudara a moldear a Pig desde su entraña literaria, no sólo desde el guión?
Sí, fue un encuentro maravilloso. Xavier es una persona fascinante. No se dio una gran relación ni mucho contacto, pero las veces que pude convivir con él, me dejaron reflexionando mucho, no solo acerca de la novela y el personaje, sino de la vida.
Le pregunté cuando nos conocimos ¿Qué estaría leyendo Pig en el momento de conocer a Violetta? Me contestó: La inmortalidad (1988) de Milan Kundera.
“El infierno está lleno de imbéciles que querían ser únicos.” Fabián Casas DIXIT. Pig podría haber sido uno más. Tú hiciste que no. ¿Qué técnicas actorales usaste para no caer en el cliché del autor seductor, del macho alfa posmoderno? ¿Cómo lo vaciaste de obviedades?
Gracias. En primer lugar Pig es obra de Xavier, es gracias a él que existe un personaje tan complejo, tan humano, tan entrañable y doloroso, tan vivo…
No acostumbro a ceñirme a una sola técnica al momento de abordar un proyecto o descubrir a un personaje. Me parece muy importante permitir que la obra y el personaje me hablen, y me digan ellos qué es lo que necesitan para ser nombrados, para ser encarnados. En el caso de Pig fue bastante claro: las palabras y el amor.
Leí muchísimo, escribí muchísimo y me enamoré como un loco empedernido.
No solo fueron las palabras de X. Velasco las que me tocaron de manera profunda, también fueron las de Baricco, Kundera, Cioran, Girondo y J. D. Salinger, entre otros.
También lo fue vivir el amor con una gran intensidad y eso creo que fue algo completamente circunstancial, aunque también debo de admitir que “se me da”.
Foto de Martín Peralta
“La vida es una enfermedad de transmisión sexual.”, una cita de Michel Houellebecq; Pig está enfermo de mundo, de deseo, de Violetta. ¿Hubo algún punto de identificación íntima con su necesidad de control, su apetito por lo sucio, por lo vivo? ¿Qué te devolvió Pig sobre ti mismo?
Hay muchos puntos de identificación entre Pig y yo. Es, por ejemplo, uno de mis personajes más realistas. Generalmente parto de la premisa de construir un personaje; de reconocer que ese otro tiene una historia de vida diferente a la mía y, por lo tanto, una serie de características que no son mías y que debo ser capaz de descubrir y construir, desde algo físico, corporal, gestual, vocal, hasta una psicología y rasgos emocionales, íntimos o existenciales. En el caso de Pig fue como si me dijera: no necesitas de mucho porque hay mucho de mí en ti. Solo tienes que permitir que suceda y dejarte llevar por eso que también eres tú.
Si tuviera que nombrar una cosa que me devolvió Pig sobre mí, creo que sería la de no guardarme nada, ir con todo, apostar todas las fichas, la de reconocer que vivir a medias es morir lentamente. Hay que saltar, va a doler, pero siempre valdrá la pena.
“El problema no es perderse, sino seguir caminando como si uno supiera a dónde va.”, se lo leí a Virginia Despentes. Actuar también es una forma de perderse. ¿En qué momento sentiste que estabas al borde de perderte en Pig? ¿O incluso que te encontraste demasiado en él?
Hay un vértigo cuando uno se entrega completamente, supongo que es ese miedo de perderse. No me gusta huir de ese miedo; me gusta el riesgo, me gusta ese vértigo, creo que en algunos momentos de mi vida he sido adicto a él. Por supuesto que representa un peligro, en la vida y en la ficción, pero durante mucho tiempo he creído que los actores, sobre todo los de generaciones más recientes no temen perderse porque muchas veces no se están arriesgando. Es respetable, cada quién sabe lo que hace, pero si me preguntas a mí, pienso que solamente una vez en la vida voy a tener la oportunidad de estar en los zapatos de otro, de ver la vida a través de sus ojos. Así que lo haré con todo mi ser, siempre que tenga la oportunidad.
En el caso de Pig es difícil, es un personaje que muchas veces vive al borde, así que supongo que ese vértigo fue constante.
“No hay ficción que no sea biografía encubierta.” (Fogwill). Y no hay actuación que no drene algo de quien la interpreta. ¿Qué tanto de Adrián hay en Pig, y qué tanto de Pig quedó en Adrián después del rodaje? ¿Te costó desprenderte de él?
Hay mucho, algo de eso permanece, creo. Algunas cosas ya eran parte de mí, otras son como pequeños regalos que te deja el personaje una vez que se despiden.
Creo que, así como uno se entrega, debe de aprender a despedirse y cerrar. He aprendido a hacerlo con los años. En el caso del teatro siento que despedirse de un personaje es como dejar la puerta entreabierta, porque muchas veces hay oportunidades de volver. En el caso del cine o de las series, sabes que la despedida será definitiva. Lo veo como si existiera una tumba con cada personaje que uno sepulta una vez que todo se termina. Y así como con la muerte, siempre quedará el recuerdo y la alegría de haberlo vivido. -Creo que me costó más darle vida que dejarlo morir-.
Una de las satisfacciones que tenemos aquellos que hacemos cine o series es que esos personajes se quedarán ahí, atrapados en el tiempo. Lo más probable es que muchos de ellos vivan más que nosotros mismos. Eso mismo cuestiona los términos de la vida y de la muerte. Hoy en día soy feliz de despedirme y moverme hacia otros lugares, al final nada permanece. En el mejor de los casos, si aprendimos a vivir, dejaremos una huella.
Interpretaste a un demonio encantador. ¿Qué aprendizajes —o heridas— te dejó este proyecto como actor? ¿Sentiste que maduraste, que te rompiste, que descubriste algo irreversible en ti?
Me dejó mucho. Sentí todo eso, me rompí, me entregué, me dolió, maduré. Y también me divertí muchísimo, lo disfruté al máximo, porque lo viví con toda la intensidad.
Lo irreversible son esas ganas de volver a vivir otra vida así de manera visceral y, con éxito, de manera trascendental.
Lo único puro que queda es el punk, y ni eso. En Diablo Guardián, el punk es atmósfera, filosofía, lenguaje. ¿Qué representa el punk en tu vida? ¿Es una estética, una ética, una pose, una herida mal cerrada? ¿Y cómo dialoga con tu oficio de actor?
La irreverencia, la rebeldía, las ganas de desafiar lo establecido, de sacudirlo todo.
El punk dialoga con mi oficio de manera amable cuando tengo la oportunidad de decir algo en aquellos proyectos en los que participo, dialoga de maravilla con los proyectos que realizo como artista, escribiendo, dirigiendo o produciendo, porque es donde realmente tengo una voz; y dialoga con mucho conflicto en aquellos proyectos en los que se me invita a obedecer, a ser un empleado del entretenimiento, un mercenario del arte, una prostituta.
Pig se erige como un modelo de masculinidad que ya no funciona, pero que sobrevive a fuerza de violencia y seducción. ¿Cómo abordaste este tipo de masculinidad desde una mirada crítica? ¿Te confrontó con tus propias formas de ser hombre en un mundo que ya no tolera al macho de siempre?
Hoy en día nos estamos cuestionando la masculinidad más que nunca y me parece algo sumamente necesario. Creo que es gracias a la lucha de las mujeres a lo largo de los años y también al cuestionamiento de estas estructuras ideológicas y de comportamiento a través del arte. Para mí “Diablo Guardián” además de muchas otras cosas, es un ejercicio de reflexión de X. Velasco de su propia masculinidad.
Pig, desde mi punto de vista, es un personaje que cuestiona su masculinidad y la relación con Violetta lo obliga a transformarse completamente.
Pienso que Pig aprende a amar a Violetta no solo dejándola ir, sino ayudándola a ser quien es, aceptándola.
Sí me confrontó con mi propia forma de habitar el mundo como hombre, pero creo que antes de que el proyecto llegara a mí, ya había atravesado por un proceso personal muy profundo. Creo que la serie me ayudó a descubrir quién era yo antes y después de ese proceso y poderme descubrir en el presente de una forma más madura y responsable respecto a las relaciones.
Actuaste como si un incendio te estuviera quemando la piel. ¿Crees que ese grado de intensidad es necesario hoy para contar historias? ¿O existe otro camino menos doloroso, menos punk?
Creo que no existe otra forma. Como decía mi maestro Bruno Bert: “Si no duele, no sirve. Aunque a veces, que duela, no quiere decir que sirva”. Pero sí, por supuesto, creo que debe de ser personal y profundo y doloroso, y eso no quiere decir que no sea divertido o placentero. Pero para que sea entrañable debe de venir de las entrañas.
“Todo lo que amamos nos destruye, pero es mejor que morir sin haber amado.” (Xavier Velasco). Pig ama a Violetta de la peor manera posible. ¿Qué reflexión personal te dejó interpretar ese amor tan tóxico, tan sincero a su modo? ¿Te dejó pensando en cómo amamos hoy, o cómo nos dejamos destruir por amor?
Pienso que se reivindica, creo que, en efecto, la relación entre Pig y Violetta atraviesa esos momentos de posesión, pasión, venganza, deseo, resentimiento, dolor, etc. pero que finalmente encuentra la luz en un amor verdadero, no egoísta, en un amor que entiende que nadie nos pertenece, que lo mejor que puedes hacer cuando amas a alguien es aceptarle como es. Creo que sigue siendo una lección de vida, constante. Que todos debemos de trabajar en nosotros mismos para aprender a amar de verdad, sin apego, en libertad. Y que eso no significa no entregarnos profundamente.
Protagonizaste una serie que fue droga dura para muchos. ¿Qué piensas del papel de la actuación en la era del streaming? ¿Sientes que este tipo de series exigen más verdad que forma, más carne que artificio?
Creo que estamos en un momento muy interesante respecto a la industria audiovisual, en México y en el mundo. Existe una gran cantidad de contenido, hay muchísima oferta y eso representa un reto enorme para todos. Pienso que lo que realmente necesitamos es calidad, no cantidad. Necesitamos apostar por el gran talento que hay en México, en lugar de tratar de reproducir fórmulas huecas, refritos o contenidos basura. En México existe en la literatura, el teatro, el arte, un talento gigantesco; hay una gran cantidad de historias interesantes, entretenidas, verdaderas, maravillosas y mucha gente muy capaz de llevarlas a cabo. El problema es que a los líderes de la industria solo parece importarles el dinero. Hay muy pocos ejemplos de proyectos en donde realmente hayan decidido apostar y “Diablo Guardián” es uno de ellos con un gran resultado. Creo que es muy necesario que las plataformas, los ejecutivos y los productores se den cuenta del gran valor que tiene el talento en México y confíen en proyectos realizados por gente talentosa y profesional en lugar de influencers o figuritas de moda.
Hay muchos ejemplos de proyectos audiovisuales en otros países que demuestran que en lugar de haber apostado por una “fórmula” (si es que eso existe) decidieron desarrollar proyectos de manera profesional con la gente adecuada.
Finalmente, sobre la actuación, pienso que es resultado de eso. En la medida en que estemos dispuestos a realizar buenos proyectos con personas profesionales, la exigencia sobre nuestro trabajo y, en última instancia, la necesidad de esa verdad en la actuación será fundamental porque existirán condiciones adecuadas, buenos guiones, buenos directores, buenas historias, bien producidas, bien desarrolladas; se darán las condiciones adecuadas para que los actores podamos hacer nuestro trabajo de la mejor manera. Confío en que quienes tienen la manera de financiar los proyectos se den cuenta de que los ingredientes necesarios para que un proyecto tenga éxito son; en primer lugar una historia bien escrita, en segundo lugar buenos directores, que de verdad apuesten por dirigir a sus actores y, lo más importante, que la industria decida convocar a sus proyectos no a quienes tienen un gran número de seguidores, sino a quienes nos hemos preparado y nos seguimos preparando todos los días porque amamos nuestra profesión y nos entregamos de corazón a cada uno de nuestros personajes.