El nuevo especial de Carlos Ballarta, “Tlatoani”, grabado en Tlaxcala y el quinto dirigido en su carrera por el mismo, se estrena este 10 de enero en YouTube. De eso, el uso que le da a la Inteligencia Artificial, sus deseos de ser cineasta y lo mucho o nada que le importa ser funado, hablamos con el comediante de los inconfundibles lentes oscuros.
Carlos Ballarta: el “Tlatoani” llega al Auditorio Nacional
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Cuéntame: ese especial es el quinto que tú escribes y diriges y está grabado en Tlaxcala. ¿Cómo por qué lo grabaste ahí?
En Tlaxcala, sí, porque Tlaxcala tiene un peso histórico en la historia del país. Y también tuvo que ver con que, de repente, cuando los compañeros graban —incluido yo— todos queremos grabar todo en Ciudad de México, y la neta es que hay un montón de teatros bien chidos en el país. El teatro en el que lo grabamos, que es el Teatro Xicohténcatl, está muy bonito.
¿Por qué quieres dirigirlo tú otra vez?
Desde niño he querido ser director de cine. Es un medio bien competitivo, güey, bien difícil. Al menos mi experiencia con la universidad: cuando quise estudiar en el CUEC y en el CCC, es bien difícil entrar. Me decepcioné un chingo, pero siempre ha estado ahí en mi cabeza. A los 11 años vi El Señor de los Anillos y desde que la vi, se me metió una cosquillita de entrar al cine. Cuando era adolescente pensaba en historias y las escribía en un formato muy… como los bebés que empiezan a hablar y tienen su propio idioma: yo igual, pero con mis guiones. Tenía mi formato y solamente yo me entendía.
A la fecha, en mis ratos libres, de repente escribo cosas… lo que yo espero sean guiones en algún momento.
Sobre el texto de Tlatoani, ¿sobre qué terrenos te andas moviendo?
Toca muchos de los temas que he tocado antes, pero intenté dejar un poco atrás la religión. En este especial la hice a un lado y empecé a ahondar más en temas de historia política de México, pero de hace mucho tiempo: siglo XIX, el territorio que perdimos con Estados Unidos, y el cómo es ir a trabajar a Estados Unidos.
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Mucho de este material salió en un momento en que me acababan de dar la visa de trabajo,. Fue hablar de la experiencia de un güey que vive en México y va a trabajar a Estados Unidos. Claro, no me meto las putizas físicas de los braceros, pero sí existe un choque cultural. Es complicado entender un poco cómo es la identidad del gringo.
Y además, no deja uno de señalar que hay maneras de migrar. ¿Tú cómo lo experimentaste, así de a pie?
Sí, como no. Es difícil. Existe un peso que para mí es el racial. Inevitablemente te sientes extraño. Es lo que yo pienso. Mi mamá es fisioterapeuta. Cuando yo era niño, mi mamá iba a dar terapia a casas privadas. Trabajaba en un hospital y conoció a un cirujano plástico que recomendaba sus terapias. Y yo iba con ella porque no tenía dónde dejarme y eran casas de gente con mucho dinero. Esa sensación de “trabajar en casa rica” me regresa a veces cuando interactúo con un gringo. Estoy firmado con una agencia y cuando voy a Estados Unidos y veo lo profesional que es todo, me siento incómodo, fuera de lugar.
Pero, ya en el show, lo que ves son puras caras como tú.
Tu comedia inició siendo muy urbana, de transporte público, de observación, y se volvió más compleja conforme pasó el tiempo. ¿Consideras que las dos vertientes tienen el mismo peso en la misma vida? Hay chistes tuyos que la gente sigue repitiendo, como lo del chile que no pica en el elote. ¿Pasará eso con Tlatoani a 10 o 15 años?
Aspiro a que la gente se ría. Quiero que la banda se ría y encuentre familiaridad con un tema que les atraviesa. Pero también quisiera que la banda sepa quién soy realmente a través de lo que digo y cómo lo digo. Antes hablaba de temas que me atravesaban en mi vida diaria y, gracias a la preferencia del respetable, se me han facilitado muchas cosas: transportación, vivienda. sSi siguiera hablando de esos temas, sería como crear un personaje ajeno a mí. Esos temas me llaman la atención, pero ahora me atraviesan otras inquietudes.
Yo creo que en la comedia, a diferencia del deporte, entras a tu peak cuando estás más viejo: entre más viejo, más bueno eres.. Entre más viejos, mejor entendemos el mundo. Entre más viejo eres, más crudas y reales aceptas las cosas. En la juventud idealizas el mundo. Te dicen “tú eres el futuro”, “a ti te toca moldear el futuro”. Y ya más grande, pues todo cambia.
Te pregunto algo que les pregunto mucho a los músicos. El baterista de Nightwish, en su biografía, cuenta que supo que “ya había sucedido”, digamos que el paso definitivo de la banda, cuando por primera vez terminó de tocar y se fue a su casa, porque antes tenía que desarmar y cargar la batería. ¿Tú cuándo sentiste el “ya sucedió”?
Cuando tuve que elegir entre el doblaje y la comedia. A la fecha hago doblaje, pero hubo un momento en que mi manager me dijo: “Mira, cerré estas fechas. Con esto, vivirás muy bien durante cinco meses. Decide si las tomas o te quedas con lo otro”. Cuando tuve que tomar esa decisión fue como un pellizco de “aquí hay algo”. Y me dio miedo, pero luego mi mente me dijo: “Sí la armas, güey”.
¿Pero te atormenta que deje de pasar? Porque hay bandas que llenaban un estadio y diez años después no los va a ver nadie.
Es un susto, porque crees que tus sueños tienen que durar toda la vida, y eso es un engaño del ego. Cuando formas una familia te das cuenta de que importa que tu hijo tenga lo que necesite. El miedo existe, pero lo separas: el miedo real es “si no trabajo, mi hijo no tiene”; el otro miedo es el ego: “si esto se acaba, ¿qué pasa conmigo?”. Y se vuelve secundario.
Y justo Jodorowsky dice: “El ego es un perro. El chiste es que tú saques a pasear al perro y no que el perro te saque a pasear a ti”. Pero si estás en un escenario y tienes un especial como Tlatoani —el quinto que diriges— es fácil que el perro se salga de control.
Pasa muy seguido. A veces no mantengo esa calma sin que la voz esté ahí. Pero cuando logro apaciguarla, esa ansiedad de “puta, hoy es el último día en que mi sueño funciona” se me quita rápido, porque mi primera interacción es levantarme a las 6:30 para llevar a mi hijo la escuela. No es que desaparezca el miedo: pasa a segundo plano, porque mi preocupación inicial es él.
Eusebio Ruvalcaba escribió que si hubiera sabido que en la escuela no se aprendía nada, no hubiera obligado a sus hijos a ir. Muchos renegamos de la institución, pero luego como papás queremos que los hijos estén bien. ¿Te pasa esa contradicción?
Sí. Tengo un recuerdo bien chido: cuando estaba embarazada la mamá de mi hijo, nos encontrábamos en Guadalajara. Ya le habíamos avisado a la familia. Llegamos a la casa, eran cerca de las 12, estábamos acostados con luz apagada, entraba únicamente la luz por la ventana, y dije: “Verga, qué chido, güey”. No fue miedo: fue emoción por el hijo. Y hablamos de tres cosas: si íbamos a decirle que existía Santa Claus —porque yo era muy ateo—, hasta qué edad le íbamos a dejar tener celular y si iba a ir a escuela privada o pública.
Antes decíamos: “Pública, ¿para qué privada?”. Y cuando llegó el momento, le dije: “Oye, quedamos que una escuela pública, ¿no?”. Y me dijo: “Tus nalgas. ¿Cuál pública? Privada. ¡Tienes con qué!”. Y sí: muchas veces uno vive encapsulado en sus sueños, pero la mamá de mi hijo vive más la realidad. A veces le toca poner mis pies en la tierra: “Vamos a hacer esto porque podemos hacerlo y porque va a impactar al futuro de mi hijo”. No es que yo diga que la escuela pública no esté chida. Pero esas contradicciones existen.
Como, por ejemplo, supongo que no te preocupa cuánta gente vea tu especial… pero al mismo tiempo sí te preocupa.
Claro. Es una gran interrogante: ¿cuánta gente va a ver esto? ¿Cuánta gente por ver esto va a comprar un boleto? ¿Cuánta gente va a decir “sí valió la pena”? ¿Cuánta va a decir “el peor show que he visto”? Son preguntas sin respuesta. Cuando los especiales estaban en Netflix, nunca te decían “tanta gente lo vio”. Nada. Ahí estaba y ya.
Y además no es solamente cuánta gente lo vio, sino cuánta se rió.
Ballarta: Sí. Y lo más trascendental sería: ¿a cuántos esto les cambió algo o les funcionó de algo? Más allá del ocio. A veces nos hace daño pensar que es igual de trascendente para alguien que salió de una secta por un chiste de religión, que para alguien que solo se la estaba pasando mal y le cambiaste el semblante porque lo hiciste reír. Pero las dos importan.
¿Usas ChatGPT?
No tanto como me han dicho algunos que lo usan, pero sí.
¿Para qué lo usas?
El otro día tenía una imagen —me la hizo un artista humano, aclaro— y no quería molestarlo para que me la ajustara a otro tamaño. Así que le pedí a ChatGPT que la redujera al tamaño de feed de Instagram y lo sí, lo hizo. Para cosas así la uso.
¿Piensas que la estamos usando demasiado como sociedad?
Me he dado cuenta de que sí: mucha banda lo usa para muchas cosas. Le consultan cosas de psicología, le hablan de cómo se sienten. Se me hace muy sorprendente. Un amigo me dijo: “Yo hablo con ChatGPT: le digo ‘quiero hacer un chiste de esto’ y me responde cosas, y yo uso lo que me dice para saber qué es lo que no quiero hacer”. Lo usa como “contreras”. Me sorprende el uso tan cabrón y masivo que le dan.
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Ya que has hecho doblaje, ¿cómo ves la controversia con la IA que le está quitando la chamba a los actores?
Es una realidad que a muchos nos afecta, un reflejo de cómo la industria necesita del doblaje, pero también lo ha hecho menos. El primer paso fue que siempre se pagó barato, excepto en los 70 y 80. A mediados de los 90 se automatizaron los procesos: antes eran análogos, cambiaban la cinta, había ingenieros con conocimientos específicos. Con la llegada de lo digital todo se hizo más rápido y se empezó a pagar menos. Y era obvio: si puedes ahorrar sueldos y comprar un paquete de IA y tenerlo dos años, le sacas jugo. deja De ser artesanal. Es culero.
Yo intento, aunque no cambie nada. En YouTube, Facebook e Instagram hay opción de traducir automáticamente los videos, pero siempre se la desactivo. Más allá de eso, poco puedo hacer. No tengo una posición de poder en doblaje en México. Soy un peón insignificante. Pero sí lo digo: qué mal pedo.
No te has quedado exento de ser cancelado y funado. ¿Cómo observas hacer reír en tiempos de lo políticamente correcto?
Hay ganas de ver lo político como si fuera fútbol y decir: “este es mi equipo y le voy de toda la vida”, justificar lo injustificable, o funar lo más inocente. Se ha vuelto un ambiente donde parece que lo que dices queda escrito en piedra y lo que piensas hoy, tiene que ser lo mismo que dijiste a los 17. Pues no, güey. Todos cambiamos. Por eso dejo mis opiniones para mi rutina, para mi show.
Entonces trato de alejarme de las opiniones fuera de mi chamba. Si puedo evitar el juego de “miren lo que dijo este güey o el otro en Twitter”, lo hago. Si hay algo que quiero que quede en piedra, es mi trabajo y no mis opiniones. Cerré Twitter también por creencias personales: porque Elon Musk formaba parte del gobierno de Estados Unidos y dije “no, ya estuvo con este güey”. Y me doy cuenta de que si limito mi interacción en las redes a subir cosas de mi trabajo, puedo limitar mi huella digital a mi trabajo y evitar ese juego con la prensa o con gente que ve lo político como fútbol. Mejor observo desde la banca. Aquí estoy bien.