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Anita Tijoux: “El sistema todo se lo come y lo monetiza”

Escrito por:Arturo J Flores

En 2020, tuve una entrevista con Anita Tijoux, cuya grabación se quedó extraviada mucho tiempo en un disco duro. En estos días apareció y con motivo de la presentación de la artista chilena en el Zócalo, este domingo 04 de enero a las 19:30hr como parte del Festival Luces de Invierno, decidí sacarla a la luz. La mayoría de sus respuestas no han caducado con los años.

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En la canción que cantaste junto a otras intérpretes y Julieta Venegas, en los Spotify Awards, destacaba una frase: “Las mujeres están rebelando, los hombres no saben qué hacer” y define perfectamente lo que está pasando en este cambio social en el mundo. Tú, particularmente, ¿cómo crees que se puede impulsar ese cambio entre hombres y mujeres? 

Es muy interesante tu pregunta porque al final no es solamente una consigna en una canción. Si bien te lo dice alguien que hace canciones, creo que existe un problema con la estructura: la estructura educacional que hemos recibido y la estructura social en la que hemos crecido todos. 

Hay un problema clave que tiene que ver con la dominación y con la violencia, con cómo se normalizó la dominación hacia la mujer, cómo se multiplicó y se profundizó. Si me preguntas por un cambio estructural de base, tiene que ver con los libros de historia, la publicidad, los juguetes, las tareas domésticas, los trabajos que ejercemos. 

Por eso es tan profundo: es un cuestionamiento general de absolutamente todo, desde cómo hablamos, cómo nos referimos, cómo hablamos de las mujeres. Es un cambio estructural ultra complejo y ultra profundo.

Estuviste como invitada en el Unplugged de Molotov. Ellos mismos han dejado de cantar canciones con contenido bastante sexista. ¿Esto quiere decir que sí puede existir una reconciliación? Al final, lo más fácil hubiera sido decir “yo no canto con ellos”.

Pasó tambien con Tacvba y por eso cambiaron la canción “Ingrata”. Con Molotov, hay cercanía y cariño, pero también un tema político que me atrae mucho. Han sido reivindicativos respecto a problemáticas que hay en México. Yo creo que ellos, como todo el mundo, están cuestionándose, y eso tiene que ver con el pensar. Es interesante también ver a los hombres en ese proceso. A veces uno quisiera borrar el pasado, pero no se trata de borrar, sino de modificar y profundizar cómo queremos construir esta sociedad.

 

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A propósito de Spotify, me llama mucho la atención que eres una artista que siempre se ha mantenido independiente y fiel a comunicar lo que quieres comunicar. ¿Cómo te llevas con este mundo de métricas donde ahora se puede medir exactamente cuánta gente escucha, cuánta gente te da play y por cuánto tiempo?

Yo siempre digo que, en esta industria, hasta ahora he podido trabajar y vivir de esto, lo que lamentablemente es un privilegio en 2020. La mayoría de la gente trabaja en cosas que no ama. Yo todavía vivo de lo que amo y quisiera no decir que es un privilegio, pero lo es.

Dentro de la industria pasa de todo: estamos en un momento donde la biometría, los cálculos y la estadística lo numerizan todo. Mi postura respecto a mi trabajo siempre ha sido la profundidad. Hasta ahora he podido tirar mi rollo y ser yo en todos los lugares. Para mí todos los espacios son importantes para decir y tirar el mensaje: cantar en un colegio público para mi hija y sus compañeritos, o hablar en Spotify y presentar un tema. Todo es importante porque todo espacio es un espacio educativo.

Has estado hablando mucho en los conversatorios.

Hay que recuperar la palabra “conversar”. No hay nada más lindo que conversar, porque en las conversaciones se crean ideas. Casi todas mis canciones nacen de conversaciones después de las comidas. Muchas veces digo: “qué buen tema, qué buena idea”, y hago mis canciones. Los conversatorios son diálogo, pensamiento, algo muy rotativo. Para mí rapear también es hablar con ritmo, es ponerle ritmo a todo.

¿Alguna vez te dijeron que por ser mujer no ibas a poder ser lo que quisieras?

Creo que fui tan porfiada que ni siquiera lo escuché. Mis tímpanos hicieron una cera natural a la tontera colectiva. Quizás sentí miradas o prejuicios, pero siempre he tenido tanta convicción que nunca les puse atención. Y aun así, como dices, es un privilegio. Muchas amigas, compañeras de escuela y gente que conocí en Chile se quedó en el camino de hacer lo que quería, porque somos una sociedad dura y mucha gente crece más insegura, como cualquier ser humano.

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Volaste desde muy lejos para estar con Bernie Sanders. ¿Era muy importante para ti acompañarlo?

Sí, era muy importante. Quiero ser clara: yo no soy demócrata. Fui a apoyar la campaña de Bernie Sanders porque no se trataba de él, sino de la cantidad de gente que estaba detrás, movimientos sociales que respeto tremendamente y con los que hemos colaborado durante esta gira en Estados Unidos: amigos chicanos que trabajan por los migrantes, por los sin papeles, por sacar a los niños de las cárceles de Texas, por el Black Lives Matter. 

Yo no vivo en Estados Unidos ni voto, pero me invitaron y fui porque iba a decir lo que tenía que decir. A mí nadie me pauta. Por eso nunca he militado en un partido: mi libertad es un estandarte que no quiero que me quiten.

Tus padres vivieron en el exilio. Los migrantes viven una especie de exilio impuesto. ¿Encuentras similitudes ahí?

Claro. Lamentablemente mucha gente ha tenido que emigrar no por decisión propia, sino escapando de guerras, balas y violencia. En 2020, la mayoría de la migración mundial es por eso. Es un tema sensible en todas las fronteras del mundo y nos atañe como humanidad. 

Vivimos mucha oscuridad, mucha violencia, y encima está el tema del pasaporte, de quién tiene o no derecho, de ciudadanos de primera, segunda o quinta clase. Ser africano, moreno, indígena o negro es distinto, y es real. Nadie decide dónde nace ni el color de piel, pero igual se nos corre la vara de la humanidad.

Hay una cantidad increíble de músicos y artistas chilenos que están llamando la atención en el mundo. ¿Cómo es ser artista chilena hoy?

No sé si ser artista, sino ser chilena. Los artistas somos un eslabón más de lo que pasa en Chile. La lucha es transversal: la levantaron los estudiantes secundarios, están los sindicalistas, los portuarios, las amas de casa, la tercera edad. 

Los músicos somos parte del engranaje. Las artes están floreciendo: música, performance, arte gráfico, afiches, pintura, graffiti, danza. Hay un brote creativo interesante, como pasó con otras iconografías históricas.

La pañoleta verde, ¿crees que se pueda convertir en un objeto fashion que veamos en pasarelas?

Seguramente, lamentablemente, porque el sistema todo se lo come y todo se monetiza. Es una tremenda contradicción: la lucha también se vende. Por eso hay que estar todo el tiempo pensando colectivamente y cuestionándose a uno mismo, dónde uno está parado, cuánto apoya y cuánto usa la lucha para su propio trabajo. Es una línea muy delgada. La única fórmula es la autocrítica permanente.

¿No te cansas nunca? ¿No te gustaría tirar la toalla y vivir una vida “normal”?

No sé qué es lo normal. Veo gente con vidas supuestamente normales, pero esclavizadas por su trabajo, con dos horas de transporte a cuestas para ganar una miseria. Eso no me parece normal. A veces sientes desolación, pero siempre pienso que la esperanza es lo último que se pierde.

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Musicalmente, pudiste haber ido por la escuela del hip hop norteamericano, pero lo tuyo está más cerca de los instrumentos latinoamericanos. ¿Por qué?

Porque negar mis raíces sería negar quién soy. El hip hop es mi tierra madre. Siempre vuelvo ahí. Me emociono con los clásicos de los 90, la época de oro. Me encanta el rap convencional y lo escucho todo el tiempo, pero también me interesa explorar otras sonoridades. Muchos videos de los 90 eran muy sexistas; pero, los grupos que me gustaban eran más críticos o se reían de eso.

¿Cómo combates el bloqueo mental?

Riéndome de mí, no tomándome tan en serio. El bloqueo llega cuando la cabeza pesa demasiado y no deja avanzar al cuerpo. Reírme me da un punto de fuga, me da liviandad.

Naciste en 1977. Ese año pasaron muchas cosas en el mundo.

No pienso mucho en mi año en particular. Me llamó la atención un documental sobre el 77, sobre el corte de luz y cómo el hip hop se amplificó ahí, el auge de la industria pornográfica en Nueva York. Me dio curiosidad cómo, a través de las crisis, siempre hay brotes culturales. Cada año es una locura. El título del disco va por ahí: antifascismo, contra toda violencia y todo racismo. Es un tema político y bailable. Estoy en ese proceso.