En una de las películas favoritas de Drayton se pronuncian estas palabras: “Esa mañana aún no era un vampiro y vi mi último amanecer… Me despedí de la luz del sol y me dispuse a convertirme en lo que fui”.
Se trata de Entrevista con el vampiro, protagonizada por Kirsten Dunst, Brad Pitt y Antonio Banderas, inspirada en la novela de Anne Rice. Se estrenó en 1994, cuando Drayton aún no nacía.
Sin embargo, la frase podría explicar su conversión a creadora de contenido erótico.
“La gente decía que mi pack estaba filtrado, entonces buscaban el contenido, no lo encontraban y se dirigían a mi perfil a preguntar si existía y, si existía, que se los vendiera. Ahí vi una oportunidad y dije: ‘Creo que puedo monetizar con esto, hacer algo grande’”.
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Y lo ha hecho. Los casi 80 mil seguidores que tiene en Instagram y los otros miles que forman legión en su grupo de Telegram se han dejado morder por la singular belleza de esta joven modelo envuelta en un abrigo negro. Mientras habla, se asoman entre sus labios los colmillos de resina que se hizo colocar —porque, en efecto, le gustan los vampiros— y en su mirada, mezcla de lascivia y travesura, se cuela la de Claudia, el personaje cinematográfico de aquel largometraje musicalizado por una versión de “Sympathy for the Devil” que hizo Guns N’ Roses.
“Lo más curioso es que no existía ese dichoso pack mío. Las fotos eran de otra chica que se parecía muchísimo a mí. Así que alguien le borró la cara, le puso filtros y así. Cuando me enteré, intenté buscar a la chica para aclarar las cosas, pero nunca la encontré”.
Son ya cinco años de aquella transmutación digital. Tenía 20 años. Antes de eso se dedicaba a vender prendas de ropa intervenidas por su creatividad. También era practicante, por herencia, de una religión en la que se tiene prohibido celebrar los cumpleaños o el Día de Muertos y se suele bautizar a las personas con agua helada. A ella la sumergieron a los nueve. Quizá por eso abjuró de esas creencias impuestas y se convirtió en una criatura de la noche apenas cumplió la mayoría de edad.
La modelo y yo nos encontramos en una plaza comercial. Mientras le habla a la grabadora de mi celular, clava sus uñas en un vaso de Starbucks. Sonríe. Mira a su alrededor. A nuestra derecha hay una pista de patinaje en la que las personas giran mientras en el sonido se escucha una canción de Foreigner.
No puedo evitar que la escena de Entrevista con el vampiro venga a mi memoria. Aquella en la que el personaje de Brad Pitt le cuenta a un reportero interpretado por Christian Slater las vicisitudes que encierra la inmortalidad, antes de saltarle encima para vaciar sus venas.
Estoy seguro de que varios de esos consumidores del contenido de Drayton tienen fantasías similares, en las que ella les deja las mismas marcas que Drácula imprimió en el cuello de Mina. Pero Drayton me cuenta que en realidad son otras cosas las que le solicitan.
“Me piden mucho que les hable sucio, que me esté dirigiendo todo el tiempo a la cámara, que escriba sus nombres en mi piel, que los domine”.
A ella también le agrada el BDSM. Entre risas me confiesa que su palabra de seguridad es “elote”, sólo “porque me gustan los elotes”.
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Practica esta disciplina en privado, con su pareja, a quien, por cierto, no le molesta que ella monetice con su capital erótico. De hecho, a diferencia de otras vampiras digitales, ella no se ve forzada a vivir una doble vida. Digamos que ella sí puede mirar directamente al sol sin convertirse en ceniza.
Su familia sabe a lo que se dedica. Incluso —cuenta— al principio su abuela y su madre le regalaban tangas de Victoria’s Secret para que ella se las vendiera a sus seguidores después de usarlas.
“Eran como tangas de señora (risas). Pero como tengo clientes a los que les gusta comprar prendas usadas, dije: ‘Bueno, es de marca y está usada por mí’, y sí… les encantaban”.
Es curioso cómo funciona el anonimato. Nadie reconoce a Drayton en un sitio público. Pero Internet es otro universo. Ahí su popularidad se desborda, como le sucede a otras de sus colegas, y cuesta trabajo manejarla. Casi tanto como domar un león.
“Es mucho más pesado el mundo digital, porque la gente se atreve a decir cosas que en tu cara no te diría”, reconoce, y mejor le da un sorbo a su café.
Por eso, lo que más disfruta hacer en la vida no tiene que ver con las redes.
“Subir cerritos”, explica.
Drayton es neurodivergente. Por eso entiende, haters aparte, que exista gente que se siente mucho más a gusto interactuando con una chica a través de un monitor que en persona.
También es amante de los “michis”. Tiene 23 mininos a su cargo. Le cuento que una vez Víctor Hugo dijo que Dios había inventado al gato para que el ser humano pudiera acariciar al tigre. Sonríe con una actitud felina. Aprovecho para preguntarle si ella considera, como alguna vez leí en una crónica, que la belleza es al mismo tiempo un privilegio y una maldición.
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“Más que privilegio, es una maldición. Te abre puertas, pero te cobra un precio. Muchas veces ese ‘privilegio’ está disfrazado de abuso. Ser agraciada puede ser más un castigo que una bendición”, reflexiona.
Por eso ella piensa en el retiro. A sus 30, dice. Cuando deje de ser creadora de contenido le gustaría tener un rancho donde pudiera cuidar animalitos rescatados. De hecho, está consciente de que esa belleza que hoy derrocha a manos llenas es finita.
“Sí. Desde niña me generaba una gran crisis pensar en que dejaría de existir. Hoy, en cambio, sé que envejecer y morir es inevitable, así que mejor vivir el día a día”.
Parte de ese gozo radica en adoptar otras personalidades. Además del contenido para adultos, Drayton —que tomó su nombre de los créditos finales de una serie de fantasía sobre elfos— también es cosplayer.
Esa pasión por colocarse una segunda piel comenzó con su interpretación de Jinx, de League of Legends. Le fascina cuando se pasea, como guerrera enfundada en su armadura, en los pasillos de una convención y alguien le dice: “¡Wow, sí te pareces!”.
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Al último sorbo de café sigue la última oportunidad de admirar a esta vampira moderna relamerse los labios. Nos despedimos a un costado de la pista de hielo donde ahora retumba el golpeteo del reggaetón. La miro encaminarse a las escaleras eléctricas para encontrarse con su pareja, que prefirió dejarnos a solas para realizar la entrevista.
Los miro abrazarse a la distancia y recuerdo una frase de Carmilla, la novela vampírica de Sheridan Le Fanu: “La palidez mortal que se atribuye a esa clase de espectros es pura ficción literaria”.
Ya lo dijo ella: el mundo real es duro, pero el virtual lo supera. A todos nos convendría inventarnos un personaje para no enloquecer.