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Placeres mundanos: ¡¡Mico mico mi comida!!

Por: Luis Aranda 06 Mar 2026
Para nuestros ancestros, encontrar una fuente de alimento de alta densidad energética no era solo una suerte, era una garantía de supervivencia.
Placeres mundanos: ¡¡Mico mico mi comida!!

Así cantaba Snoopy cuando Charlie Brown le servía su comida. La felicidad que causa el primer bocado es digna de echar bailecito, porras, quizá una cantadita y una sonrisa, de esas que son más contagiosas que el Sarampión.

¿Has visto al clásico tragón que recibe el plato y baila? Pues ese soy yo, es Snoopy y somos aquellos que nos causa un gusto gigante cada vez que estamos a punto de empezar a comer sabroso. Una explosión de endorfinas es la causante de que me den unas ganas enormes de bailar, porque me llena de felicidad que ya voy a comer deli. No necesito música, lo puedo hacer solo, en pareja o en grupo. Muchas veces ya no me doy cuenta porque de verdad me pone feliz un bocado lleno de antojo y el placer mundano de comer a 5 sentidos.  A veces me pasa porque ya la traigo atrasada y ya ando mordiendo cual viejo cascarrabias que soy, a veces porque lo que voy a comer está como boccone del cardinale, pero también a veces puede ser por la buena compañía, que es uno de los más mejores ingredientes para cualquier platillo.

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A ver, ya se puso bueno este tema. Vamos a echar cráneo porque eso de festejar la comida no es así solamente porque sí. 

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Así de botepronto, parece comedia como la de Snoopy, pero este pequeño ritual es en realidad una de las manifestaciones más puras de la conexión entre nuestra biología, nuestra evolución y nuestro sistema emocional. Si alguna vez te has sorprendido haciendo sonidos tipo mjmjmj o sea tarareando pero con la boca llena con el primer bocado de un taco, no es que lleves la guapacha dentro, es tu cerebro celebrando la vida. Es su sistema de recompensa trabajando, que está como candidato en campaña repartiendo a manos llenas. 

Cuando comemos algo que nos resulta sabroso, especialmente si es rico en grasa, azúcares o sabores intensos, el cerebro libera una descarga masiva de dopamina. Esta muchacha es una hija de … Afrodita. Es conocida como el neurotransmisor del placer, pero tiene una peculiaridad: también mueve los hilos en la regulación de la función motora. Así que placer y movimiento, cual Benito en Súper Tazón.

Cuando los niveles de dopamina suben macizo tras un estímulo positivo, esa energía busca una vía de escape. El baile es la válvula de escape: felicidad química manifestándose a través de tus músculos. Es el cuerpo diciendo: “Esto es tan bueno que no puedo quedarme quieto”.

Desde una perspectiva evolutiva, este baile tiene todo el sentido. Para nuestros ancestros, encontrar una fuente de alimento de alta densidad energética no era solo una suerte, era una garantía de supervivencia. El cerebro evolucionó para “premiar” ese hallazgo con una sensación de euforia de la buena. El baile del hambre satisfecha es el eco de un instinto primitivo de celebración. Al movernos, reforzamos la memoria positiva del alimento, asegurando que en el futuro busquemos activamente repetir esa experiencia. Es una forma básica de auto hipnosis. Somos los descendientes de aquellos que celebraron su comida y sobrevivieron.

En psicología, este movimiento también entra en la categoría del “stimming” o conductas de autorregulación sensorial. El acto de comer involucra todos nuestros sentidos y ante un bombardeo tupido de estímulos placenteros, el cuerpo utiliza el movimiento rítmico para procesar la intensidad de la experiencia. Es una forma de “anclarse” en el momento presente y maximizar el disfrute.

El baile de la comida es uno de los pocos momentos de honestidad total. Es una reacción involuntaria que no conoce de poses. No puedes fingir un baile de comida auténtico; nace de las papilas gustativas y se transmite directamente a la columna vertebral.

Además es una forma de comunicación no verbal. Cuando compartimos mesa, ver a nuestro acompañante bailar discretamente con su plato nos genera una satisfacción vicaria. O sea que es contagioso.

Permítete bailar, festejar tus sacrosantos alimentos. La próxima vez que te encuentres moviendo los hombros justo antes de tirar la mordida, no sientas vergüenza. Disfruta una sinfonía neuroquímica perfecta. Estás celebrando que estás vivo, que tus sentidos funcionan y que el mundo todavía tiene sabores capaces de emocionarte. 

En una sociedad que a menudo nos pide comer deprisa y frente a una pantalla, el baile de la comida es un recordatorio de que comer debe ser un acto de presencia absoluta. Al fin y al cabo, si la comida no te hace bailar, quizá no valga realmente vale la pena.

 

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