samadis van rozen

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El lenguaje hermético de los alquimistas /Segunda parte / La alquimia en la historia

9 Marzo 2010 @ 5:26 pm
La mayoría de los diccionarios contemporáneos definen a la alquimia como una pseudociencia quimérica que tiene por objeto la transmutación de los metales en oro. Pero nosotros nos preguntamos si serían necesarios más de veinte siglos y el dispendio de cientos de vidas para gastarse en simples “quimeras”.

Si bien es cierto que uno de los objetivos de la alquimia era la referida transmutación en la búsqueda de la Piedra Filosofal, y del oro potable o elíxir de la vida, como dice Serge Hutin, “la terminología alquímica tenía en realidad un sentido figurado y significaba oro espiritual. El propósito del alquimista no era la búsqueda del oro material: era la purificación del alma (…) la transmutación del plomo en oro era la elevación del individuo hacia lo bello, la verdad, el bien, la realización del arquetipo que cada ser humano lleva dentro de sí. El hombre era la materia misma de la Gran Obra”. (1) [1]






























La alquimia, como toda doctrina esotérica, responde a determinadas aspiraciones, a ciertos deseos, a tendencias eternas del espíritu humano; tiene correspondencia con una estructura tradicional del pensamiento; de ahí la posibilidad de un estudio psicológico del simbolismo alquímico.

La transmutación de los metales era sólo la objetivación de la obra espiritual en la materia en un vasto proceso de realización interna que a veces consumía toda la vida del adepto que la emprendía. Hay una profunda analogía entre la gnosis, que enseña el verdadero sentido de teorías filosóficas y religiosas, disimulado tras el velo de símbolos y alegorías. La alquimia, en cuanto doctrina, busca el conocimiento de las propiedades ocultas de la materia y lo representa con símbolos.

El Arte Regia, así denominada por los adeptos, es teoría y práctica que comprendía dos fases: “la transmutación de los metales en oro (crisopea) mediante el descubrimiento de la Piedra Filosofal, y el descubrimiento de la Panacea y la prolongación de la vida humana, la felicidad perfecta en el seno de la divinidad, la identificación con el alma del mundo y la relación con los espíritus celestes”. (2) [2]

En su carácter “teórico”, la alquimia asimiló desde sus orígenes los restos de todas las doctrinas geofísicas de fines de la antigüedad, “…que fueron combatidas por la Iglesia con encarnizamiento pero que no dejaron de marchar subterráneamente durante muchos siglos: hermetismo propiamente dicho, gnosis diversas, paganismo místico, religiones de misterios, neoplatonismo… más tarde la filosofía hermética recurrió a la cábala judía sin llegar a confundirse con ella”. (3) [3]

A pesar de la amalgama de conocimientos diversos, la alquimia se llegó a consolidar como un sistema coherente y organizado, desarrollándose con plena autonomía. Cabe señalar que el conocimiento alquímico se fue configurando y al complementarse con nuevas contribuciones en su desarrollo histórico, alcanzó plena madurez en la Edad Media.

“Junto a los alquimistas propiamente dichos (…) hubo dos categorías más de personajes que intentaron transmutar los metales: primero los fraguadores y, después, más cercanos a nosotros, los alquimistas (…) el público ha confundido siempre a estos personajes (…) con los auténticos filósofos herméticos”. (4) [4]

Posiblemente debido a ello, el prestigio de los alquimistas decayó hasta ser tachados popularmente como charlatanes. Los “fraguadores” o “sopladores” fueron un tipo de orfebres obsesionados por la obtención de oro, ignorando el trabajo espiritual y el carácter alegórico de la obra. Frecuentemente, se hicieron pasar por adeptos engañando al público.

Los alquimistas, preocupados solamente por las operaciones metalúrgicas, fueron los precursores de los químicos modernos.

Cabe mencionar una tercera categoría de personajes, los espagiristas, preocupados por el aspecto medicinal del arte, siendo los predecesores de la medicina homeopática y de la cura por vía del magnetismo, la imposición de las manos, y otras prácticas no convencionales. Las labores de estos personajes fueron importantes también con el descubrimiento de sustancias y procedimientos significativos en el terreno científico.

La alquimia no parece haber sido más que una técnica metalúrgica hasta el siglo II a. C. A partir de esa época y hasta el siglo III, fue al mismo tiempo un arte y una filosofía, fuertemente impregnada de misticismo, para luego ir tomando cada vez más evidentemente el aspecto de un ceremonial metafísico mediante la manipulación mística de la materia, sin dejar por eso de ser un arte y una filosofía.

“La verdadera alquimia no es ni puramente material, ni puramente espiritual, al menos a un cierto nivel. Esta dicotomía no es ya más que la consecuencia de un trágico divorcio con la naturaleza, propio del hombre moderno marcado por la decadencia de la tradición judeocristiana (…), pero estas imágenes puramente existencialistas (dicotomía materia-espíritu) confirman la alegoría dialéctica, que es verdaderamente el principio de la base de la alquimia: la del equilibrio perfecto entre materia y espíritu (…) si Occidente hubiera sabido unir ‘saber’ y ‘conocimiento’, no estaría en vías de preparar febrilmente (‘toda precipitación es del Diablo’, decía Fulcanelli) su propia destrucción por la antialquimia, a saber las armas nucleares”. (5) [5]

El origen de la alquimia se sitúa en Oriente próximo, en tierras donde el sacerdocio místico y el trabajo metalúrgico se encontraban a cierto grado de desarrollo. El patrimonio del Ars Magna es conferido a un ser cuasi mítico, antediluviano: Hermes Trismegisto, procedente de Egipto, que encarna al dios Thot, ministro del esoterismo arcaico.

La ciencia de Hermes fue difundida entre egipcios y caldeos, y pronto se extendió a la Hélade y vastas zonas del Mediterráneo. Pero el origen histórico propiamente dicho, se encuentra -como se dijo anteriormente- en Egipto, en el siglo III de nuestra era, fecha en que apareció un manuscrito atribuido a Hermes, la exégesis de la alquimia, la Tabla Esmeralda.

Sin embargo, no existe exclusivismo geográfico en la práctica de la llamada en el medievo Alta Ciencia, pues encontramos sus huellas en Grecia, China, India y, más tarde, entre los árabes.

En esta genealogía tiene una función muy importante la figura mitológica del dios Vulcano-Hefesto, pues será el patrón de la ciencia de los metales y del control del fuego sagrado.

“Los más antiguos depositarios que conocemos de estos ritos metalúrgicos son los cabiros, habitantes histórico-míticos de la isla de Samotracia, en el mar Egeo (…) los cabiros, hijos del fuego, serían los depositarios de la tradición titánica, de la ciencia de las ciencias”. (6) [6]

Son varios los grandes nombres de los precursores de la alquimia, escritores de tratados, unos apócrifos, otros “no tanto”, pero lo importante fue la labor de transmitir su conocimiento; entre otros padres del Ars Magna se cuentan: Platón, Heráclito de Efeso, Aristóteles, Zósimo de Panópolis, Demócrito y Bolos de Mendés. Principalmente Zósimo, a quien se le atribuyen grandes dotes de transmutador, tuvo vasta influencia en siglos posteriores. Uno de sus deudores fue Sinesio, en el siglo IV, y Olimpiodoro un poco más tarde.

Alejandría es un punto de gran importancia en esta historia, que como se sabe fue un lugar de gran sabiduría y albergó parte del conocimiento hermético hasta el legendario incendio de su monumental biblioteca.

Pero debemos a los árabes la vasta labor de recuperación, exégesis y sistematización de la tradición alquímica. Empezó con la invasión musulmana a Egipto en el siglo VII y al mismo tiempo recogieron la tradición irania-persa, ampliamente vinculada a la tradición china. En un paréntesis mencionamos la importancia de la alquimia china, fundamentada en el taoísmo y su doctrina del ying y el yang, pero su objetivo era más el elíxir de la vida que la piedra filosofal; su desarrollo fue independiente de la alquimia occidental.

“Los árabes, es preciso repetirlo, son los verdaderos precursores de la alquimia occidental, que prepararon despojando el arte hermético de la pesada ganga de digresiones decadentes. Al mismo tiempo, son los precursores de la química, de la física y de la medicina, y a otro nivel, de la caballería mística occidental”. (7) [7]

El más importante difusor de la alquimia árabe fue Abú Abd Allah Djabir Hayyan Al Sufi, llamado Geber, y se le atribuyen muchos de los principios prácticos de la alquimia y otros descubrimientos propios de la química (ácido nítrico, ácido sulfúrico). Rhazes en el siglo VIII, e Ibn Sina (Avicena) en el siglo IX, fueron, más que adeptos, difusores de tratados y manuscritos, pero también grandes prácticos químicos, que recuperaron a Aristóteles para Occidente.

Desde el siglo VIII, la alquimia árabe penetra en occidente europeo, a través de España (Córdoba y Toledo). Arraigó lentamente hasta florecer con toda su potencia iniciática en el siglo XIII en la primitiva Universidad de Montpellier, en Francia, donde los monjes eran a la vez científicos y eruditos consagrados a extraer el secreto de viejos y manuscritos herméticos.

Gran importancia tienen cuatro iniciados en el arte hermético procedentes de dicha universidad: Alberto Magno, Arnaldo de Villanova, Roger Bacon y Raimundo Lulio; grandes sabios consagrados al esoterismo que nos legaron importantes escritos sobre arte hermético, a veces tachados de apócrifos: De Alchimia, Admirables Secretos del Grande y Pequeño Alberto, de Alberto Magno; Tratado de Filosofía, de Bacon; El Rosario de los Filósofos, de Vilanova; y el Ars Magna, de Lulio. Estos cuatro sabios encarnaron la vida propia de un alquimista: súbita iluminación, visiones iniciáticas, contactos con lo divino, dotes extraordinarias, problemas con el clero, etcétera.

continuara:::::::::::::::::::::::::::


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El lenguaje hermético de los alquimistas / primera parte / Introducción

8 Marzo 2010 @ 1:11 pm
“Universo, está atento a mi plegaria. Tierra, ábrete, que la masa de las aguas se abra ante mí. Árboles, no tembléis; yo quiero loar al señor de la Creación, el Todo y el Uno. Que los cielos se abran y callen los vientos. Que todas las facultades que hay en mí, celebren el Todo y el Uno”. - Himno de Hermes.

Introducción

Ante todo, es preciso aclarar la intención y la importancia de realizar un trabajo como el presente.

En el desarrollo histórico de la escritura, ¿qué representa el paralelo surgimiento de un lenguaje hermético, esotérico, críptico? ¿Por qué la elección de la alquimia?

En los orígenes de la escritura, existió cierto animismo fundamentado en un poder mágico sobre las imágenes (escritura pictórica), que después se desarrolló en un complejo proceso hasta culminar en la escritura alfabética. Sin embargo, de ese animismo que era la expresión no sólo de pensamientos, ideas y acciones, sino de un complejo sistema que entrañaba la comprensión del mundo, referente a una comprensión simbólica, mítica y espiritual del mismo.

Según Moorhouse, el lenguaje se conformó en un sistema que es “…una forma de comunicación de fácil uso, y su sentido no se ocultará a una inteligencia corriente, aunque carezca por completo de todo conocimiento previo del sistema” (1). [1]

Pero, ¿qué pasa cuando esa inteligencia corriente no es capaz de desentrañar el sentido de un lenguaje, donde no existe una relación formal y convencional entre significado y significante? ¿Qué sucede con ese sistema de escritura simbólica? ¿Acaso es un seudo-lenguaje o un lenguaje marginal?

La alquimia en cuanto lenguaje esotérico, es el sistema simbólico por antonomasia, por el cual se transmite un saber, un conocimiento no implícito en la forma escrita, pero que sin embargo es escritura y significa. Pero, ¿cuál es el motivo para “ocultar” conceptos bajo la superficie formal de símbolos y alegorías?

El lenguaje cumple con una función primera, que es la de comunicar, vehicular el pensamiento. La alquimia transmite conceptos y pensamientos de manera alegórica. Pero ello no obedece simplemente a una intención deliberada de ocultar, sino, sobre todo, a las limitaciones del lenguaje formal, estrecho para expresar un saber acumulado durante siglos, metafísica que desborda al pensamiento racionalista. Los llamados iniciados o adeptos tienen que recurrir a ese lenguaje cifrado en símbolos para transmitir sus conocimientos a la posteridad, lo cual sería imposible si ese sistema de símbolos fuera totalmente oscuro y cerrado.

“La criptografía y el jeroglífico, en la composición de un texto sagrado, no tienen otra intención que despertar el interés del lector, resaltar un aspecto del texto, guiar a fin de cuentas hacia su carácter esotérico (…) el esoterismo no puede ser escrito ni dicho ni, en consecuencia, ser traicionado. Hay que estar preparado para captarlo, verlo, escucharlo a su elección”. [2]

Ante todo, el lenguaje de la alquimia es el lenguaje de la Naturaleza, porque implica su conocimiento total y sintético, y por tanto, también su transmisión. Es como un poema dedicado a la Creación, un poema religioso y metafísico que entraña una verdad, la verdad del cosmos y del hombre, inexpresable en un lenguaje formal y racionalizado. La alquimia es la pretensión de encerrar a la verdad en el lenguaje escrito e icónico, que penetra en la esencia de la materia y del espíritu (inseparables para la alquimia) en una aventura desmesurada que se pierde en una mitología que es simbolización de procesos cósmicos que se concretan en la transformación de la Naturaleza.

“El todo, constituido de esta manera en un ser vivo, completo, es un lenguaje que habla, que se expresa sin cesar en la función viva, representando la base de la Inteligencia del Corazón, o sea, el hecho que mantiene la relación con toda la Naturaleza y, por consiguiente, la CONOCE”. [3]

El alquimista cuenta con una suerte de poesía esotérica para hacer llegar a la posteridad aquello que ha conocido en su hiperbólica vivencia de la Naturaleza en una necesidad de concretar su saber, “… hay que transcribir en la conciencia cerebral y objetiva lo que está en nosotros, estableciendo la relación de esta Vida en nosotros con la observación de esta Vida en la Naturaleza”. [4]

Con ello se desecha la hipótesis de un supuesto elitismo iniciático en la transmisión del saber alquímico, que sin embargo se volverá a tratar más adelante. Baste decir que los textos alquímicos son un libro abierto a cualquiera, pero hermético en cuanto a la forma de exposición de sus conceptos.

Por estas razones resulta pertinente un acercamiento para tratar de clarificar en lo posible las características de ese lenguaje, que por otro lado es de gran interés para tratar de entender la plasticidad de la expresión verbal escrita, que como veremos, no sólo tiene la función mecánica de expresar claramente el pensamiento, sino, en este caso, ser una pequeña pero bella y rica expresión de una sabiduría milenaria, el Ars Magna de Hermes, como lo es también la Cábala de los hebreos o los Yantras y Mantras hindúes, y el Tarot, que tienen en común el otorgar a la palabra y al símbolo un poder que desborda los estrechos límites de su expresión material.

Cabe aclarar que la intención de este trabajo no es cuestionar la veracidad o la falacia de la parte práctica de la alquimia, que sería parte de otro trabajo, sino de indicar la importancia de una tradición que arranca antes de nuestra era, perdurando al menos hasta el siglo XX; tradición que se vincula con toda una historia espiritual, arquetípica y mitológica de la expresión cultural del hombre.

No obstante, es necesario aportar una serie de datos, como el carácter mismo de la alquimia, sus fundamentos y pretensiones, para poder apreciar en toda su amplitud la riqueza semántica de su escritura e iconografía.


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