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jueves, 27 de julio de 2017

SEXO, CERVEZAS Y SPRING BREAK

POR ARTURO J. FLORES

FOTOGRAFÍAS DE ROMÁN GÓMEZ

Cancún, Quinatana Roo. “Aquí nadie te conoce. Y tú no conoces a nadie. Jamás en la vida volverás a ver a estas personas. Estás aquí para divertirte”.

Aquellas palabras serían repetidas varias veces durante la noche. Igual que un mantra. En inglés y en español. Para que las entendiéramos todos. Los mexicanos y los gringos. Los europeos y los latinoamericanos. Incluso los asiáticos y africanos. Porque paradójicamente, los muros que el señor Trump quiere levantar para separar a su nación del resto, son derribados por medio de dos palabras mágicas: “Spring break”.

Esta primavera no tiene nada de maldita. Es el cielo en la tierra. Porque en la playa del club Mandala de Cancún se apelmazan mucho más cuerpos juveniles desnudos de los que pudo haber imaginado el Marqués de Sade cuando redactó el manuscrito incluso de “Las 120 jornadas de Sodoma”.

Sudorosos, apenas cubiertos por bikinis y bermudas, las ninfetas y los efebos se entregan gustosos al ritual de la hormona. Se frotan, se restriegan, se acarician, se besan, se funden, se abrazan, se abrasan, con Z y con S, se lamen, se fajan, se cachondean, se meten la lengua en la boca del otro, se comparten y se mojan. Ebrios algunos. Sobrios ninguno. Porque incluso los que beben agua se han dejado intoxicar por el espectáculo. Por la fiebre colectiva.

Por el reggaetón que ordena, inexorable: “Esta noche es de travesuras/ esta noche hazme travesuras/ Te vo’a devorar en la noche oscura”. Y aunque es probable que buena parte de estos estudiantes que no estudian español en la Universidad, que en su país aún no cumplen la mayoría de edad, no sepan lo que “devorar” significa. Pero de que antes de que amanezcan lo pongan en práctica no cabe duda.

Una noche antes platiqué con MAKJ, uno de los DJ’s sensación a quien le tocaría animar la pista de otro antro, The City, y le pedí que me definiera al springbreaker promedio: “borracho, estúpido y con ganas de gastarse el dinero de sus papás”.

Hasta el momento su sentencia es correcta. Porque los tragos de varias decenas de dólares van y vienen, en las charolas de los meseros –los únicos adultos a la redonda – servidos en vasos de colores fluorescentes. Los chicos que rompen la primavera se mantienen en estado continuo de excitación, con la menor cantidad de ropa encima. Porque en cualquier momento alguien los puede tirar a la alberca.

“Aquí nadie te conoce…”, comienza a recitar nuevamente el maestro de ceremonias. Quiere animar a las chicas a que se inscriban a un concurso de bikinis. No le cuesta demasiado. Sólo necesita 10, pero hay muchas más que esas interesadas. A quien no tiene uno, la producción le regala un traje de baño. Una por una van desfilando en la tarima donde más tarde tocarán los canadienses Sultan + Shepard. Disponen de un minuto para calentar lo suficiente a la audiencia como para que con su ovación las declaren finalistas primero, y después triunfadoras.

En la guerra y los concursos de bikini todo se vale. Quitarse la parte de arriba por ejemplo, para que los senos firmes, redondos, turgentes, vuelen con libertad mientras su dueña agita las caderas al ritmo de R&B. También permitir que alguno de los afortunados que se apretujan a los pies del templete hundan la cara en medio de esas tetas a las que los poetas de la antigüedad le habrían compuesto una epopeya. Y qué decir de las nalgas, redondos astros de carne que eclipsan a una luna pudorosa que se siente humillada ante tanta lubricidad.

Rubias la mayoría, asiática una de las más sensuales, las concursantes se van haciendo menos hasta que la ganadora indiscutible es una brasileña de piel color ébano. Sus formas perfectas parecen haber sido cinceladas por Miguel Ángel en persona. Es ella quien, poseedora de una sonrisa que destella en medio de esta noche playera, se vuelve la más popular del sitio. Por unos segundos.

Porque cuando la fiesta se reanude, todos volverán a confiar en el anonimato que confiere la masa. A disfrutar de este ritual en el que el sexo, el desenfreno y la diversión representan la moneda de cambio.

Cancún arde en llamas.

Nadie quiere dormir.

Los condones esperan en la bolsa secreta de las carteras para ser abiertos.

Qué más da.

Aprovechemos que por esta noche nadie sabe quienes somos.

 

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