EN LA MADRIGUERA DEL ORGASMO

ORGASMO

Orgasmo 1

Una mujer enciende una cámara de video, coloca un cojín verde en el suelo para sentarse, se instala plácidamente mientras acomoda el muñeco de un conejo blanco entre sus piernas. El lente de la cámara captura sólo su rostro: es una joven de no más de 25 años, piel canela, cabello castaño, frente ancha, ojos color otoño, labios de guanábana, maduros, suaves, con la pulpa entre los dientes. Preparada para tener un verdadero orgasmo.

 

 

El rostro de la anónima comienza a moverse ligeramente, la cabeza se inclina hacia delante, luego hacia atrás. La mirada se dilata. Las fosas nasales empiezan a bailar a pequeños intervalos, se ensanchan y se contraen bajo el impulso de un ritmo invisible. Los párpados se abren y se cierran como si un niño inquieto jugara con las persianas de la ventana. La respiración se acentúa. La boca se esfuerza por no dejar libres sus secretos, los labios apenas permanecen unidos por una tensión que se debilita segundo a segundo. Los párpados clausuran la mirada. Un tenue brillo de sudor se acomoda en la frente. La respiración se vuelve cada vez más primitiva, más violenta. La tensión que había en la boca se rompe y un diminuto gemido huye al exterior. La cabeza se ladea con mayor velocidad. El gemido se intensifica, poco a poco, se transforma en un éxtasis gutural. La cámara registra fielmente todos los pasos de la metodología del placer. La mujer, que a estas alturas del orgasmo podría llamarse Santa Teresa, sabe que el video será visto por millones de personas en todo el mundo.

 

 

Historia de una Agonía

No, no se trata de la más reciente película de Colt Studio, productora de cine pornográfico, sino de Beautiful Agony, otra de las fascinantes quimeras que pasea por los callejones de Internet, creado por Richard Lawrence y Lauren Olney.

 

 

En 2003, Lawrence y Olney tenían la teoría de que el erotismo no reside en el cuerpo, sino en la cara; para comprobarla, grabaron los rostros de sus amigos durante la petite mort (la pequeña muerte). Así nació Agony, el antecedente de la actual página de Internet, en donde cualquier persona del planeta que sea mayor de edad puede mostrar su cara mientras es poseída por el orgasmo, y cuyos videos se han exhibido en el Museo del Sexo en Nueva York, el Nemo Centre en Ámsterdam, en la exposición colectiva Face Contact, la cual se montó en el teatro Fernán Gómez de Madrid, y en las revistas Vanity Fair y Playboy; sin mencionar que el compositor francés de música electrónica, Jean Michel Jarre, le hizo un tributo al proyecto en el 2007 que formó parte de su disco Téo & Téa.

 

 

Un experimento gonzo

Cuando recibí la información acerca de la existencia de Beautiful Agony, no pude resistir el morbo y visitar la página de Internet para ver de qué se trataba el asunto. Pensé que era otra página porno dedicada a satisfacer las necesidades oscuras de adolescentes y adultos, pero mi sorpresa fue grande al descubrir un lugar que le rendía tributo a Eros y a Tánatos, las personificaciones divinas del amor y la muerte en la mitología griega y dos de las figuras más recurrentes del psicoanálisis freudiano. La presencia de estas dos entidades hallaba su justificación en una idea algo romántica: la cara como la casa del erotismo.

 

 

 

Si alguien decide subir el video de su orgasmo a Beautiful Agony, ya sea solo o acompañado, únicamente muestra la parte del cuerpo que siempre está desnuda: la cara. No se sabe si a una persona se le está practicando sexo oral o si se está masturbando; podría estar completamente desnuda o usar sólo sus calcetines y nadie lo sabría. La cara es la única referencia que se tiene para acceder a la geografía del placer y la agonía, del éxtasis y el dolor, de Eros y Tánatos.

 

 

Esta idea cautivó a una amiga mía que es de ese tipo de chicas que utiliza al feminismo como la excusa perfecta para odiar a los hombres. Su supuesta media naranja la abandonó hace tres años por una mujer de magníficas curvas pero de pésimos procesos mentales; desde entonces mi amiga se dedica a cazar relaciones de una sola noche en los bares de la Condesa, asiste todos los años a la Marcha Nacional de la Comunidad LGBT, expresa su repudio hacia la institución del matrimonio afuera de las iglesias y lee a Gabriela Wiener en sus ratos de sobriedad y celibato.

 

 

Su actitud impetuosa y el espíritu libre que cree que la caracteriza la ayudaron a encontrar el equilibrio que necesitaba: Beautiful Agony. Ahí residía un erotismo puro: sin hostilidad y sin recatos; no era pornográfico, pero tampoco cursi. Abi –como llamaré desde ahora a mi amiga– intentó docenas de veces formar parte de ese erotismo en estado bruto; no obstante, los altos estándares que distinguen a Beautiful Agony no le permitieron ingresar al Partenón de los excitados.

 

 

Abi me buscó cuando se enteró de que yo estaba escribiendo un artículo acerca de la página web y me ofreció su ayuda. Yo no sabía qué enfoque quería darle al texto, así que ella me presentó a una de sus heroínas: Gabriela Wiener. Leí, mejor dicho, mamé Sexografías en menos de una semana. Las crónicas que escribía la peruana poseían un estilo fresco y atractivo, por no decir sexi; la narrativa me recordó a la de Hunter S. Thompson, escritor estadunidense y precursor del periodismo gonzo, en el que el periodista vive –y a veces provoca– las situaciones que reportea para contar la historia de una manera más personal.

 

Cuando terminé de leer “Gurú & familia”, crónica en la que Wiener narra cómo vivió con un hombre y sus seis esposas, pensé: “Ya sé lo que vamos a hacer”.

 

 

Deseo

“Tú pones la cámara y la tarjeta de crédito y yo el orgasmo”, me dijo Abi cuando sugerí que hiciéramos un experimento gonzo. Me sorprendió la inmediatez con la que se propuso como conejillo de indias. Debo admitir que una parte de mí sintió envidia, que millones de personas hagan una autopsia de tu alma usando de muestra los trazos que el orgasmo forma en el rostro es una experiencia que no llama dos veces. Sin embargo, ella tenía asuntos pendientes que resolver y creía que compartir sus placeres y agonías con otros le daría la resolución que tanto ansiaba.

 

 

Preparar el video es lo menos excitante de la experiencia. Como mencioné antes, Beautiful Agony tiene estándares muy altos. No admite webcams ni mucho menos cámaras de celular. El orgasmo es cosa seria y debe tomarse con profesionalismo, así que si aspiras ser parte del privilegiado gueto de los agonizantes, debes capturar tus muecas y gemidos con una cámara de video de alta definición.

 

 

Pero esos aparatos no crecen en los árboles –hasta el momento–, por lo que teníamos dos opciones: comprar la mentada videocámara –con nuestra pobre economía era una solución imposible– o pedir una prestada.

 

 

Fue más fácil quitarnos el pudor y la vergüenza de montar un performance erótico-digital que encontrar a alguien que nos confiara su preciado y costoso bien. Afortunadamente, siempre hay un amigo a quien no le importa lo que le pase a sus cosas y que no le pone peros a tus actividades cochambrosas. Nos prestó todo el equipo que necesitábamos: cámara, trípode, cables, discos de instalación y hasta iluminación. Ahora sí me sentía como un director de cine porno que estaba a punto de realizar su ópera prima y Abi era mi hermosa versión de Racquel Darrian.

 

 

Excitación

Decidimos hacer nuestra versión inocente de Garganta profunda en mi casa. Lo único que Abi trajo consigo fue un cojín verde y el muñeco de un conejo. “Me hace temblar”, me confesó mientras decapitaba al tierno animalito para que una especie de tótem fálico color esmeralda surgiera de sus entrañas al igual que los aliens de Ridley Scott.

 

 

Abi masajeó mi brazo con el extraño objeto, la calidez que las vibraciones imprimían en mi piel hacía que esbozara picarescas sonrisas de arlequín. Era un calor semejante al que produce el tequila en la garganta y en el estómago, sólo que éste parecía reproducirse con los poros y los pelitos con los que entablaba contacto, de forma que expandía su rango de satisfacción por todo el cuerpo. «Los niños juegan con Max Steel y las niñas jugamos con nuestros conejitos», dijo con sarcasmo, luego apagó el vibrador y lo ocultó nuevamente dentro del cadáver del conejo falso.

 

 

Orgasmo 2

Abi enciende la cámara y acomoda el cojín en el suelo y el conejo entre sus piernas. Se despide de mí con sus ojos color otoño y sus labios de guanábana sabrosa palpitan de ansiedad: saben que dentro de poco ya no pertenecerán a este mundo, sino a otra realidad de sinestesia y metáforas hermosas. Levanta la mirada, aspira hondo y comienza el ritual pagano:

 

 

El conejo blanco busca a Alicia dentro de la húmeda madriguera, escarba con violencia y emoción las paredes de la cavidad para rastrear a la niña que es enorme y diminuta a la vez. Alicia es muy hábil para esconderse, pero el conejo también tiene sus propios trucos: juega con la oscura y densa maleza, baila con las langostas y los sombrereros locos y conspira con la Reina de Corazones. Finalmente, Alicia parece asomar la cabeza entre los matorrales y Abi gime para advertir su llegada. El conejo persigue a la niña por la llanura del placer. Abi cierra los ojos para no ver la persecución que se libra en su nombre. El conejo es rápido, astuto, sabe por dónde atacar; le jala el cabello a Alicia, la somete, la rasguña, la atrapa entre sus patas. Ella se resiste pero es inútil. El conejo libera su tótem color esmeralda… y le corta la cabeza.

 

 

Abi grita in crescendo, entretanto, su cara se transforma en la de Santa Teresa de Bernini.

 

 

Resolución

Una de las cosas que caracteriza a los videos de Beautiful Agony es que todos incluyen una sección llamada «Confesiones». En ese apartado las personas cuentan qué significó para ellos grabar sus orgasmos, qué pensamientos penetraron sus mentes en el momento del clímax, cuáles fueron las sensaciones que recorrieron su sistema nervioso en ese preciso segundo. «Fue como estar en el país de las maravillas», me comenta Abi de manera tajante cuando la interrogo acerca de su propia experiencia.

 

Asimismo, le pregunto qué pasaría si su familia o amigos vieran su cara en la popular página de Internet: “No lo hice para que ellos lo vieran. No sé, supongo que me moriría”, confiesa, aunque inmediatamente añade: “Sí, me moriría, pero poco importa, como buena cristiana creo en la resurrección”. Una sonrisa se dibuja en su rostro. Me recuerda al gato de Cheshire.

 

 

Texto cortesía de @rcuadrivio para @PlayboyMX.