ENTREVISTA: AVELINA LÉSPER

La crítica más polémica y a la vez popular en redes sociales se sienta a platicar con Playboy México acerca de su afrenta contra lo que llama “el arte VIP”.

 

 

El video donde le dice a una artista en Zona Maco que su obra, un conjunto de cubetas puestas en el suelo, no es arte, se hizo viral. Se ha vuelto la espectadora a la que la mayoría de los creadores temen, por las críticas lapidarias que realiza en su libro El fraude del arte contemporáneo. Han pretendido boicotear sus conferencias y hasta la sacaron escoltada de una galería, pero ella dice que nunca la van a intimidar.

 

Fotografías de Martín Salas

 

PB: ¿Cuál fue tu primer acercamiento con el arte?
L: Desde muy niña empecé a frecuentar los museos. Una de las obras que más me impactaron fue “El Jardín de las Delicias”, de El Bosco. Igual que “Las Meninas” de Velázquez. Ver esas obras en vivo y darme cuenta que podía materializarse la imaginación de esa manera, me volvió adicta al arte. Y dije: “Necesito ver más”.

PB: ¿Por qué te decantas hacia la crítica, cuando el movimiento natural hubiera sido que tú misma te hicieras artista?
L: Porque mi trabajo es de observadora. Somos un público privilegiado, en el sentido de que me di la libertad de decir qué es lo que sentía cuando veía algo. Porque ahorita el público está reprimido, metido en el closet. No se atreve a decir lo que le provoca una obra.

PB: ¿Nunca tuviste un acercamiento a la creación?
L: ¡Qué bueno que lo mencionas! Es increíble que no se considere a la crítica como creación, cuando es un trabajo que pertenece al ensayo literario y al ensayo filosófico. Ser capaz de ordenar tus pensamientos, darles una estructura y manifestar lo que estás sintiendo delante de una obra, es parte de la creación.

PB: Estoy de acuerdo, por lo que reformularé mi pregunta, ¿nunca quisiste pintar?
L: No, nunca tuve esa necesidad. He hecho dirección de arte, pero pintar en el lienzo no. Me despierta mucha curiosidad el proceso de materiales, porque me interesa saber de qué están hechas las obras y también me he involucrado en procesos de restauración, pero definitivamente pintar no. Son dos cosas distintas. Es como la gente que disfruta de la música, no necesariamente está pensando en componer. O como en el cine, la gente acude en masa a ver una película, pero no todos quieren dirigir.

PB: Se dice que el crítico es un artista frustrado.
L: ¡Lo he escuchado cantidad de veces! Así resuelve la gente la presencia de la crítica, como un odio en sí mismo que surge de la frustración. Y no es cierto. Uno como crítico tiene la capacidad de analizar y repensar el arte. Imagínate que alguien no pueda disfrutar de la danza si no tomó clases de ballet. Eso es absurdo. Uno puede decir que el desempeño de una coreografía fue mediocre o que esperas más, eso sí puedes expresarlo.

PB: Una vez dijiste en una entrevista que actualmente la gente puede exponer sus excrementos. Pero más allá del producto mismo, ¿por qué a la gente le interesa tomarse una selfie delante de esos excrementos?

L: Por un lado tenemos al coleccionista que invierte dinero y espacio en esto, y al público. Estas obras se han convertido en nuestro nuevo circo del horror, esos espectáculos morbosos que la gente busca en Internet, como los videos de desastres. Va engrosado en la visión ridícula que la gente busca de la realidad. Te voy a contar una experiencia. En Art Basel había una instalación de un artista llamado Jimmie Durham. Se trata de un automóvil abollado con una piedra encima. La gente se hacía selfies delante de la obra, asustados, actuando en correspondencia con lo que estaban viendo. ¡Había cola para sacarse la foto! Y la galerista estaba furiosa. Sudaba del coraje. “Esto es una obra”, decía, “pero la gente estúpida no lo entiende”. Perdón, pero la piedra tenía hasta ojos y sonrisa, era una caricatura. Llegó el momento en que la gente estaba buscando la obra más zafia, más ridícula, para fotografiarse. Otra artista, Sarah Lucas, elaboró un pene gigante y las personas estaban tomándose fotos con él. Se arrodillaban delante de la obra. En eso se ha convertido esto, en el circo de lo obsceno.

PB: Me recuerda lo que pasó en México con la exposición de Yayoi Kusama. No hubo tanta gente hasta que se puso de moda subir la fotografía a Instagram.
L: ¡Exactamente! Yo vi esa misma exposición de Kusama varios años antes que se pusiera de moda, el Infinity Mirrored Room, ¡y no había nadie! Me quedé dentro del mentado cuartito un buen rato, la persona con la que iba se quedó un buen rato, salió, vimos las calabazas, los lunares, ¡no había nadie! Y estábamos en Chelsea, Nueva York. Pero pasa el tiempo y esta señora se convirtió en el perfecto fondo de selfie. Porque la gente utiliza las obras para mostrarse a sí misma.

PB: En la versión fílmica de Las 120 jornadas de Sodoma, de Fellini, el director utilizó chocolate para realizar las escenas de coprofilia, como una representación de la sociedad que come, literalmente, excrementos. ¿Puede no ser esto una interpretación de ese fraude del arte contemporáneo, al que te refieres en tu libro?

L: Totalmente. Existe una inclinación social hacia lo degradante. La sociedad busca experiencias, compras y relaciones que la degrade. El arte contemporáneo es una tomadura de pelo hasta económica cuando hay alguien vendiéndote una caja de cartón vacía o una tabla de agujeros o un montón de ceniza que, te dice, “representa a los muertos por el narcotráfico”. Existe la intención de engañar y abusar de ti. Pero la gente en lugar de reaccionar, se somete al engaño y paga un montón de dinero por él. Este proceso degrada al arte, a la institución y hasta al coleccionista.


Mientras la obsesión de Frida Kahlo era el sexo reproductivo, el Marqués de Sade elaboró un discurso de la mujer como dueña de su destino y su sexualidad.


 

PB: Varias veces has citado a Sade, ¿te identificas con él, en el sentido de que ponía el dedo en la llaga?
L: ¡En muchas llagas!

PB: Como escribiste, él fue el primero en mencionar que la mujer tenía derecho a gozar de su sexualidad.

L: No sólo eso, dijo —y fue de los primeros— que el sexo no tenía que ser reproductivo. Fíjate, mientras la obsesión de Frida Kahlo era el sexo reproductivo, ella como madre estéril, el Marqués de Sade fue de los primeros en elaborar un discurso muy bien argumentado de la mujer como dueña de su destino, de su sexualidad y sus impulsos, siendo poderosa. Pero, ¿por qué no lo respetan? Por el puritanismo en el que estamos envueltos. Y como Sade hace un paralelismo entre la degeneración sexual y la degeneración del poder, la Iglesia, el Ejército, el Estado y la Economía, la gente sólo se fija en la orgía, que sólo sirve para ilustrarnos las profundidades a las que puede llegar la sociedad cuando se pierde a sí misma.

PB: Cito una frase de tu libro El fraude del arte contemporáneo: “Los objetos dejan de ser lo que son en cuanto cruzan el umbral del museo”. ¿Viste todo en lo que respecta a estos objetos o siempre hay algo que te sorprende?

L: A estas alturas, lo que me sorprende es que la institución, la galería y el coleccionista sigan siendo cómplices y sometiéndose a ello. Llegar a una feria de arte y encontrarme con que la caja de cartón de una obra sea la obra; o que un montón de periódicos y un vaso de agua que tengan un precio lo sea, eso es lo que me sorprende. La obcecación de las instituciones y la estructura cultural por seguir manteniendo este fraude.

PB: No hace mucho una persona de la limpieza recogió una obra en el Museo Bolzano de Milán porque pensó que eran restos de una fiesta.

L: ¡Pasa todo el tiempo! A mí, en Art Basel. Vi a una persona a la que le quisieron cobrar en cientos de dólares los plátanos que eran parte de una obra. En otro museo, tuvieron que poner un guardia a custodiar una cáscara de plátano porque la gente tenía la intención de levantarla, pero resulta que era parte de la obra. Una vez, en el Museo de Arte Moderno de los Becarios Bancomer, la gente que iba con Sari Bermúdez tuvo que preguntar si el extintor era parte de la exposición.

PB: Dices además en tu libro que se ve a la disciplina como enemigo. Parece incluso que en la escritura existe una gran necesidad por decir algo, que incluso se pasa por alto la sintaxis, ortografía y gramática. ¿No hay dónde estudiar arte o hay flojera por estudiar?

L: Es un problema planetario. El desprestigio de la disciplina comenzó porque la sociedad se volvió profundamente egoísta. La gente se siente infalible y en ello han cooperado las pseudociencias como la psicología, que se decanta en los discursos de autoayuda: “Tú vales mucho”, “No te dejes subestimar”, “Te lo mereces todo porque eres un triunfador”. De ahí viene la obsesión por las selfies.

La gente considera que cualquier situación merece ser fotografiada y compartida. Ese comportamiento vuelve injustificable que se haga un esfuerzo. Todo lo que hacen es perfecto y quien te dice que te esfuerces, se vuelve tu enemigo. Por eso digo que este es un arte de autoayuda. Como si de la noche a la mañana te hicieran santo, así te conviertes en artista. Y no les digas que su poema no significa nada, porque se ofenden. Y te dicen, ¿cómo de que no? Son mis sentimientos. Pues los sentimientos no tienen ningún valor sino están sujetos a una conciencia de entregar algo para justificar el enorme epíteto de “obra de arte”.

PB: Cuando hablamos  de libertad de expresión, nos referirnos mucho a quienes cubren seguridad o política. Pero si, como dices, el arte también está ligado al dinero, ¿gozas de una libertad irrestricta para decir absolutamente todo lo que piensas?

L: Por supuesto. Jamás he sido censurada. Uno se gana ese privilegio. Cuando empecé a escribir me respaldó mi editor, José Luis Martínez, y el periódico. Pero los ataques que he recibido han sido virulentos y groseros. Profesores de la Ibero que hablaron al periódico para pedir que me corrieran. Las cosas que se dicen de mí en las redes. Todo ello pudiera haber generado en mí una autocensura, que es peor que la censura. Pero no me han intimidado ni me intimidarán.

PB: ¿Qué te pasó en Colombia?
L: Fue un escándalo. La primera vez los profesores de la Universidad pegaron de gritos, me cambiaron los sitios de mis conferencias para que los chicos no llegaran. En Medellín me llevaron los estudiantes, no los profesores. Y en Bogotá, en la presentación de mi libro, ahí puedes ver los videos en YouTube.

PB: ¿Te han prohibido la entrada a una galería?
L: Me corrieron de Zona Maco la última vez. Salí escoltada.

PB: Hablando nuevamente de tu libro, me parece muy arriesgado que siendo mujer y mexicana, lanzaras un comentario crítico contra Frida, que parece un símbolo intocable.

L: ¡Qué barbaridad! Es casi un icono religioso. Era muy importante realizar algunas aclaraciones con respecto a la percepción que tenemos de Frida. En primera, porque es un icono del feminismo que nunca cumplió con ninguna misión feminista. El gran drama de Frida era no tener hijos y que Diego la engañaba, como si fuera personaje de una telenovela. Y sinceramente tampoco es la persona extraordinaria que muchos dicen. Es importante decirlo, porque la misión del feminismo no ha terminado.

PB: En ese mismo apartado del libro donde hablas de feminismo, utilizas frases muy duras “mujeres sin talento hacen de su activismo feminista un valor artístico” y “el Estado como marido”. Son frases aisladas de un apartado muy polémico. En esta corrección política en la que estamos inmersos, parece que no se pueden admitir críticas a un concepto como el feminismo. ¿Has recibido comentarios a esta parte específica de tu libro?

L: Sí,obviamente. Mucha gente se ha molestado,personas que militan como feministas. Básicamente porque tienen mucha responsabilidad en el sentido de que el discurso feminista se ha estancado, se ha volcado hacia las instituciones para cumplir con los rubros que al poder le funcionan. El feminismo se ha dedicado a vivir de subvenciones y a ser contradictorio, porque por un lado defiende ciertas libertades y derechos de las mujeres,y por otro lado se apega a un multiculturalismo que ha hecho del sometimiento de las mujeres una tradición.Y te dicen, “ah, pero es que son las tradiciones del pueblo, no nos podemos meter en eso”.¿Y porqué no? Las tradiciones no son buenas en sí mismas. Y por eso el Estado se ha convertido en el nuevo marido y es una vergüenza que las obras de arte VIP, sólo por tener un discurso feminista, aunque sean lugares comunes, sean obras de arte porque no puedes estar en contra del feminismo. Las obras de Lorena Wolffer, por ejemplo, que se pone a levantar encuestas en la calle. ¿Cómo va a ser eso una obra de arte si la señora ni siquiera es socióloga ni tiene la capacidad de generar algo a través de su encuesta? Ah, pero es artista y es feminista. Se vuelve intocable el discurso y así tenemos esto saturado de lugares comunes.Y tenemos al feminismo situado como el nuevo puritanismo porque está tan instalado en lo políticamente correcto, que las feministas tienen los mismos valores y las búsquedas puritanas que los más recalcitrantes cristianos, católicos o monoteístas.


Ahora dicen que ver la fotografía o el retrato de una mujer desnuda es cosificarla. Entonces, ¿dónde empezó la libertad sexual?


PB: Recién le cambiaron el final a la ópera Carmen, ¿no es así?
L: Exactamente, y es una tontería, ¡para volverla políticamente correcta! El arte es arte. Bizet sabía perfectamente lo que era una tragedia emocional, de las pasiones exacerbadas. ¿Por qué vamos a cambiarlo? Es parte de la naturaleza humana. Es como el cuerpo de las mujeres, las feministas lo han convertido en algo puritano y literalmente están en contra de nuestra propia presencia femenina. Las feministas que comenzaron quemando los brasieres y los corsés, ahora dicen que ver la fotografía o el retrato de una mujer desnuda es cosificarla. Entonces, ¿dónde empezó la libertad sexual?

PB: Justo es la crítica más recurrente que se hace a Playboy.
L: Constantemente. Y lo peor de todo es que cuando hacen sus obras dizque feministas, recurren a lo más vulgar, ya no digamos del erotismo, sino lo más zafio de la pornografía para hacer sus performances. Entonces tienes que ver a Marina Abramovic flagelándose y la Congelada de Uva hacer sus cosas infrainteligentes, que cree que porque se desviste la tenemos que respetar. Y en cambio, si una chica se hace una foto para una portada o posa para una pintura, tenemos que descolgar la pintura del museo y hay que censurar a la revista.

PB: En el dogma de la bondad, criticas incluso a las obras que supuestamente amenazan al sistema, ¿influye esto en la manera en que se reparten becas, financiamientos y mecenazgos?
L: A lo que me refiero con estas obras es que son buenas en sí mismas. Tú puedes ver lo más horrendo, abyecto y vulgar como símbolos racistas o enaltecimiento del crimen, pero te dicen que eso conlleva una buena intención. Son obras moralmente buenas, cosa que ni el arte religioso ha intentado ser. El arte religioso siempre expresa su dogma. Ahora, en relación a las instituciones, hay quienes las depredan. Viven de ellas. Una vez que el museo dice que es arte, la galería toma ese discurso. ¿Por qué las depredan? Porque la mayoría de los artistas VIP son becarios, viven de las instituciones. Una exposición está curada por tres o cuatro personas. Es un arte imposibilitado a tener una autonomía de las instituciones, se vuelve un arte del establishment. Hecho para el sistema.

PB: Se publicita mucho lo que analizas de manera crítica, pero ¿qué tanto se habla de lo que sí recomiendas ver?

L: Me lo han pedido. El público me pregunta mucho dónde ver arte. La gente debería ir a exposiciones que se alejen del circuito del arte contemporáneo, aunque digan que los museos son sólo históricos, como el MUNAL o el Museo de Antropología, que es maravilloso. Mejor vayan a ver ahí exposiciones investigadas. Ves piezas que te conmueven. En cambio, vas al Museo Tamayo y no te llevas nada. Vas al MUAC, que lo tienen convertido en un museo hiperpanfletario del que sólo te llevas eslóganes políticos.

PB: En tu página oficial aclaras que no tienes redes sociales, pero tu trabajo se ha vuelto viral.
L: Tengo que proteger mi tiempo y mi intimidad. No puedo ni quiero formar parte del discurso inmediato de las redes sociales. En Internet puedes leer un buen periódico y entrar a la biblioteca Stanford de filosofía; pero de eso a forma parte del discurso invasivo y manipulador de las redes, que están todas controladas por el sistema, es distinto.

PB: Pero en la calle, me imagino, te deben comentar que vieron alguna de tus entrevistas en video. Por ejemplo, el de Zona Maco donde dices: “Esto no es arte”.
L: Sí, y eso está muy bien. Qué bueno que graban mis conferencias y las comparten. Hay que entender el contexto de las redes sociales. Como Facebook, que se hizo originalmente para que la gente ligara.

 

Por Arturo Flores

PB: ¿Cuál es la obra que te falta por ver y sí quieres?

L: Vermeer sigue siendo mi deuda.