SEXO CON EL DUCE

¿Las amantes son fieles? ¿Entregarías tu vida con tal de morir junto a tu amante? ¿Los dictadores hacen el amor o sólo cogen?

POR : Sergio Sepúlveda
@sergesepulveda

 

25 de abril, 1945. En la recta final de la Segunda Guerra Mundial, seguro de que su caída estaba cerca, Benito Mussolini escapó. La primera escala sería en Milán, desde allí negociaría con estadounidenses y británicos su rendición. Sus intentos fueron inútiles.

Entonces el Duce (líder en español), salió de Milán con el objetivo de llegar a Suiza. Iba escoltado por un grupo de alemanes. Treinta camiones y casi 200 hombres rodaban con la esperanza de no ser atrapados. El 27 de abril, el grupo con el que iba Mussolini fue detenido por partisanos, civiles que formaban parte de la resistencia ante los invasores. El Duce se había disfrazado de soldado nazi, pero los partisanos que conocían bien el rostro del dictador lo atraparon. Los alemanes no hicieron nada y se marcharon, dejaron a Mussolini solo. Corrijo, dejaron a Mussolini sólo con algunos colaboradores y con su amante, la legendaria Clara Petacci.

De cariño le decían Claretta, era una niña bien, hija del médico personal del Papa Pío XI. En 1932 el destino cruzó a la joven Petacci, de 20 años de edad, con el casi cincuentón Mussolini que le llevaba 29 años de experiencias. Mientras Clara estaba en la playa lo vio pasar en su coche, la joven hizo lo necesario para alcanzarlo pues le admiraba, y en verdad así era, desde los 13 años lo veía como un ídolo, incluso tenía fotografías de él pegadas en las paredes de su habitación, como quien ama a un rockstar; Mussolini, quien siempre supo de mujeres y que a la menor provocación dejaba consentir su ego, bajó de su vehículo para recibir los halagos de Clara. Ahí no pasó más.

Cuatro años después, Clara Petacci ya estaba casada con un teniente de la fuerza aérea de Italia, pero buscó la oportunidad de acercarse al líder, quien ya no la dejó irse de su lado. Petacci abandonó a su esposo y se entregó por completo a los deseos más animales de Mussolini.

Claretta sabía que no era la única amante, pero se esmeró para ser la favorita; “ricitos” la llamaban las otras mujeres que se dejaban penetrar sin compromiso por el Duce, pero ese apodo pueril no reflejaba ni una mínima parte la destreza sexual de Claretta, una mujer que sabía encantar al hombre que, al mismo tiempo que maquinaba cómo aplastar una ciudad, por teléfono le llenaba el oído con palabras sucias, propias de quien también era un dictador en la cama.

Clara Petacci no veía a Mussolini como un simple hombre, lo apreciaba como un toro que la cogía con fuerza, como un caballo en el que podía montarse una noche entera, como un felino que le mordía y rasgaba la piel o como una bestia herida que aullaba o gruñía al vaciarse en su interior. Sus danzas coitales se daban en cualquier sillón o cama o rincón u oficina o auto o paraje, porque hay que resaltarlo, Mussolini siempre se la quería tirar y Claretta siempre quería que se la tirara; siempre dijo sí a todo, porque aunque para los demás ella era una amante, para Clara él era el amor de su vida y se sentía correspondida.

En una ocasión Mussolini le dijo a Clara: “Soy esclavo de tu carne. Tiemblo mientras lo digo, siento fiebre al pensar en tu cuerpecito delicioso que me quiero comer entero a besos. Y tú tienes que adorar mi cuerpo, el de tu gigante. Te deseo como un loco”.

Esto y más sabemos porque Clara llevaba un diario detallado de sus encuentros con Mussolini, una novela erótica de la vida real. Diario que antes de escapar con Benito encargó a la condesa Rina Cervis, quien lo enterró en una de sus propiedades, y que en 1950 le fue confiscado.

Con ese diario también se confirmó el odio de Mussolini hacia el pueblo judío en todos los aspectos, pues en una de las páginas Claretta cuenta como el Duce le confió: “Sólo tres veces se me ha dormido el pajarito, retirado e indignado. Una ocasión fue por el olorcillo de una judía, ya saben cómo soy con estas cosas”.

Clara nunca volvió a leer sus relatos protagonizados con el Duce porque cuando los aprehendieron, aunque podía haberse ido en libertad debido a que no había acusación contra ella, decidió mantenerse fiel a su lado, y cuando iba a ser fusilado prefirió morir antes, de cinco balazos. Luego, sus cadáveres fueron colgados de cabeza para que la gente los escupiera, orinara y golpeara.

Así terminó Claretta, vejada por el odio a Mussolini, pero al lado de lo que más valoró en su vida, el cuerpo de su gigante.

Difícil de creer.