Suscríbete:

SAN MIGUEL DE AUTOR

Hay ciudades mágicas, lugares especiales, en los que cada rincón tiene algo de las personas que por allí un día anduvieron. Hay espacios con una vibra especial, con energía, espacios de paz, que atraen o repelen como campos magnéticos. También hay espacios para la introspección, de inspiración que, los escritores, como los artistas, necesitamos para que florezca ese tallo que parecía que ya nunca iba a tener su primavera.

San Miguel de Allende es, de una manera muy peculiar, todos y cada uno de los calificativos anteriores para quien suscribe estas líneas. Fue mi primer viaje interior tras llegar a vivir a México, en el que pude empezar a entender un poco de toda esa magia que tiene México para los sentidos: fuertes y penetrantes colores, arquitectura que encuentra en la asimetría su perfección, personas sonrientes y amables, olores y sabores que, en su mezcla tienen el justo medio. Y es que, al fin y al cabo, San Miguel es el corazón del nacimiento de esta gran nación llamada México.

También fue mi lugar del atrevimiento, del coraje, de cumplir con una meta de la que dudaba fuera a ser capaz: agarrar una mochila y, sin mirar atrás, irme rumbo a Asia sin afán ni objetivo. Y allí, en San Miguel, como si los astros me estuvieran diciendo que me acompañarían y me iluminarían el camino, llené mi morral de valor y mi zamarra de vitalidad, y decidí emprender mi viaje. Viaje que, a la postre, cambiaría mi vida de manera positiva y permanente.

Pero fue en esta reciente visita, que no última, en la que conocí realmente el San Miguel del que vengo enamorado. El que para mí es y será siempre mi San Miguel de Autor. Dice la leyenda que esta bellísima ciudad está construida sobre un manto de cuarzo y que la energía de este mineral silíceo funciona como una fuerza doble: atrae a quien debe atraer y expulsa a quien debe expulsar. Verdad o no, hay algo en mi última visita que fue un auténtico imán.

Como todo o nada en la vida, las casualidades son sólo causalidades. Mi viaje no era con motivos turísticos, ni gastronómicos. Este viaje tenía un único propósito: acabar mi opera prima. Finalizar el libro en el que llevaba algo de tiempo trabajando y que le faltaba un plus de inspiración. Y fruto de esa bendita conspiración que parece armar el Universo cuando uno se lo reclama, acabó su servidor en una casa donde no sólo encontré mi inspiración, sino una nueva familia en San Miguel. Mis queridos anfitriones del Hotel Casa de los Olivos pusieron algodones de diversas maneras para que la fluidez de esta pluma alcanzase cuotas desconocidas.

Al fin y al cabo un libro es un material público que nace de la introspección y qué mejor que un hotel de cinco habitaciones con unos pocos amigos decididos a cuidar de uno. La sorpresa fue aún mayor cuándo tuve la oportunidad de sentarme a tomar algún que otro café con las personas que forman esa familia. Y es que abrieron las puertas en mi mente de un San Miguel más, si todavía fuera posible: el consciente y responsable.

Restaurantes, hoteles, galerías… existen lugares con amplia consciencia en San Miguel que me hicieron encontrar muchas palabras para mi obra. Y es que para restaurantes como Jacinto 1930 o Cumpanio, comprar local y empoderar a los productores no es una moda, es un valor arraigado. Hoteles, como Casa de los Olivos, se nutren de proveedores y artesanos de la zona para enamorar a sus huéspedes. Incluso personas que venimos de muy lejos, sentimos devoción por esa magia colonial de la zona.

Por todo lo anterior y mucho más que no alcanzo ni a expresar, el corazón de México es para mí San Miguel de Autor, ese lugar dónde me empecé a enamorar del país que me abría las puertas, ese país que en mi segunda visita, con lealtad y seguridad me dijo “vete, sé que volverás” y dónde en la tercera, puse punto y seguido al sueño de este loco de hacer un mundo mejor, de lograr una utopía que nos haga vivir en un mundo más consciente, libre y equitativo. Utopía que, por cierto, se parece mucho a un lugar llamado San Miguel de Allende.

Por Luis de Cristóbal