NARRAR LA DECADENCIA PARA SOBREVIVIR A ELLA.

La violencia en la literatura es un tema viejo, desde los clásicos, la barbarie ha tenido presencia a través de relatos que retrataron la decadencia humana. No fue ajeno para las grandes plumas universales el mal individual y colectivo de sus tiempos, a pesar de atravesar periodos literarios que exigían mayor atención en otros tópicos, donde inclusive la violencia era instada por ciertos círculos sociales y políticos a ser ocultada para no proyectar realidades que bajo pretextos absurdos creían no debían ser contadas; pero los escritores, no sólo inteligentes sino sensibles a las pasiones humanas, supieron que narrar el horror no era mera estética o capricho, sino una forma de comprender lo incomprensible, y mejor aún, de sobrevivir a él.

 

La violencia nunca ha abandonado a la humanidad, y como la peor pesadilla, lejos de reducirse cada vez parece acrecentarse y presentar rostros más grotescos. Una de sus caras es la de la violencia derivada del materialismo y la obsesión por el poder, combinación funesta presentada a través del narcotráfico y el sicariato. Esta figura en nuestros días ha escalado a alturas insospechadas donde por ejemplo, en la literatura ya no es mera ficción sino crónica de la vida misma. Autores hay muchos, en México están Juan Pablo Villalobos, Elmer Mendoza, Carlos Velázquez; Don Wislow en Estados Unidos; y en Colombia Fernando Vallejo (entre un larguísimo etcétera); cada uno abordándolo en mayor o menor medida y a su estilo, pero legando obras que nos hacen reflexionar sobre nuestra contemporaneidad respecto al narcotráfico y sus demoniacas ramificaciones. Sin embargo existe una escritora colombiana que al mero estilo de Fernando Vallejo: crudo, frontal, sin pudor y alejada de toda pretensión de dotar de estética al horror de las dinámicas de cierta geografía colombiana -que puede extrapolarse y ser cualquier otra en Latinoamérica-; ha escrito un libro breve pero sustancioso que da nombre y dota de esencia a las víctimas y victimarios: “Relatos de Frontera”, publicado por Editorial 531.

 

Omaña, escritora, periodista y actriz porno colombiana, coloca como antesala de sus relatos un epígrafe más que acertado del texto “Del saber al comprender: navegaciones y regresos” de Manfred Max Neef, una puerta de entrada que pone en contexto algo necesario para leer sus historias: “Sólo podemos pretender comprender aquello de lo cual nos hacemos parte.” Alejandra ve en libro esa necesidad mostrada por Neef no de teorizar qué es o de dónde proviene la violencia sino integrarse a ella, no por gusto, por supuesto, sino por destinos desconocidos de la vida. Si podemos diferenciar una novela negra o un thriller de un libro como el de Omaña, lo fundamental radicaría en que aunque podría la escritora decir o no que lo que narra es verídico, se puede sentir, palpar, porque cada palabra, oración y capítulo, es el resultado más que de la observación o el conocimiento, de la comprensión y empatía por vivir en una era donde la violencia es tan inherente al ser humano como lo es el respirar.

Basta comenzar la primera línea para entender que se necesita valor para leer “Relatos de Frontera”, que no será un libro más que se cierre y se le coloque de vuelta al librero sin consecuencias reflexivas, pues así como las obras de Fernando Vallejo (me será imposible separarlo de Alejandra porque me parece se trastocan en muchos puntos) se van volviendo arquetipo que sirve tanto para antropólogos -para entender los tiempos de crisis-, así como para los lectores comunes –para comprender los tiempos de crisis-. Y comienza así: “Paola responde al ambiente que le tocó”, un ambiente oscuro, uno en el cual diría la escritora mexicana Cristina Pacheco: “Aquí nos tocó vivir”. No hay opción de escoger dónde nacer y nadie nos pregunta si deseamos pertenecer a un barrio bravo, a una ciudad o un país dominado por demonios que no discriminan si eres un anciano, un sacerdote o una niña como Paola, a quien le tocó ser puta. Pero Omaña da un gancho al hígado al lector, de esos que gustan porque existimos lectores que somos masoquistas, puesto que entendemos que la condescendencia de ciertos autores arruina un buen libro, manteniéndolos en zonas de confort y manejando arquitecturas literarias lineales, simples, huecas; pero Alejandra da una vuelta de tuerca apenas en la tercera línea, porque así como le tocó a Paola ser puta dice si hubiese nacido en la costa pudo haber sido escritora, porque escribe “a los costeños les va bien la prosa y a los paisas el verso”, mientras que “a las mujeres en Cúcuta les sale fácil ser putas”.

“Relatos de Frontera” en su agilidad prosística nos cuenta sucesos a través de los ojos de sus actores, a quienes vemos a cierta distancia, la apropiada para tener un panorama completo de sus caídas al vacío. Una ciudad, un barrio que se consume lentamente, primero como una larga llamarada, brillante y ardiente; ese fuego son los sicarios, los narcos que ostentan el poder y el impuesto respeto (o dígase también el infundido temor) por cargar un arma y que se les cae del cuerpo cuando alguien más jala el gatillo, y es en esa estúpida guerra donde muchos inocentes también se condenan: esposas, hijas, hermanos, amigos; mueren tantos que se vuelven incontables, inaccesibles para la memoria si no es a través de autores como Omaña que los guarda entre las páginas de su libro.

Cada relato contiene evocaciones, “imágenes” que se comparten brutales por qué de qué otra manera se narra un crimen, donde los muertos aparecen con la cotidianidad del morir             -porque miles fenecen todos los días pero acá la muerte se asigna por sicarios, asesinos a sueldo que matan creyendo que el otro se puede aplastar como un insecto sin menor consecuencia-. Entre estas imágenes, todas devastadoras, hay las que calan por inocentes: “Un disparo en la nariz, un hoyo del diámetro de una quemadura de cigarrillo. Recuerdo verlo a través del vidrio del ataúd. No podía enfocarlo bien por tantas lágrimas. Salían y salían y salían y yo imaginaba a bobito suplicando para que no le dispararan e imaginaba la asquerosa cara de quien lo asesinó. ¿Quién podía matar a un señor con una cara tan amable?”; o las que desatan el coraje por la impotencia: “Escuché tres disparos y me asomé a la ventana. El flaco corría agarrándose la cabeza y gritando <¡Goyo, Goyo! ¡Dios mío! ¡Goyo!> Yo abrí la puerta y ya subían a Goyo en una moto con un disparo en la pierna. Los demás disparos los recibió la niña de dos años que estaban en el andén. La mataron mientras jugaba frente a Goyo, el papá”.

Mentiría si digo que “Relatos de Frontera” termina con un triunfo del bien contra el mal, pero creo fielmente que deben existir libros francos que se enorgullezcan de la derrota, que desmitifiquen la lectura como transformación hacia “ser mejores”; la literatura debe ser sobre todo honesta, y como un buen amigo o un padre o una madre que nos quiere y respeta, a veces vale la pena llamar las cosas como son, sin ornamentos ni espirales que empañen el mensaje, así lo hace aquí Alejandra Omaña, en este libro extraordinario que se debe leer, porque leer la decadencia nos permitirá sobrevivir a ella.

Más sobre Alejandra Omaña: https://amarantahank.co/home

Más sobre Editorial 531: http://www.editorial531.com/

 

Por Jaime Garba @jaimegarba