MI AMIGO “EL HOMBRE”

Hace 40 mil años, por estas mismas fechas de lo que ahora es el fin de un año más, los hombres y mujeres con sus crías se preparaban para enfrentar la escasez de una naturaleza que con cierzos fríos obligaba a nuestra especie a guarecerse en cuevas, calentarse quemando hojarasca y ramas, acumular carne salada para alimentarse ante la imposibilidad de cazar nuevas víctimas, guardar los granos y frutos de la recolecta y esperar. Sí, esperar a que todo pasara para que se pudieran volver a salir a la intemperie después de largas semanas en las que, con sus pocas pieles y defensas contra el frío, y mantenerse bajo un relativo cobijo, podían garantizar no sólo su sobrevivencia, sino la preservación de la especie.

 

POR: Pedro Ferriz de Con @pedroferriz

 

Las tribus de los tiempos descritos comenzaron a crear principios abstractos; la autoridad, la influencia-presencia de los dioses, el culto a la maternidad y las primeras manifestaciones artísticas de lo que su sensibilidad les orillaba a expresar en las paredes de esas frías cuevas que, por períodos prolongados, se convertían en refugios en la defensa de seres que vivían la hostilidad de un planeta no dispuesto a ser amigable con una especie: la humana, en medio de su fragilidad corporal, falta de adaptación al medio ambiente y sólo poseedora de una incipiente inteligencia que, desde entonces, empezaba a marcar sublimes diferencias, con respecto a los otros seres de la creación.

 

Así fue que describieron su tiempo en pinturas rupestres de difícil interpretación. El hecho de que tú y yo estemos aquí el día de hoy, compartiendo estos pensamientos de lo que pudo haber sido la convivencia humana en un tiempo del año como éste que tenemos de frente, es verdaderamente un milagro. Haber sobrevivido a las inclemencias de tiempos así, cuando entre otras cosas, nuestra casa planetaria vivía un tiempo glaciar con temperaturas más bajas que las más frías hoy registradas, es sencillamente una prueba de que los humanos no somos otra cosa más que un himno a la tenacidad… perseverancia y hasta necedad para no sucumbir ante las condiciones prevalecientes.

 

Los hombres del paleolítico no tenían nada que los defendiera. Cuando una enfermedad surgía entre los miembros de un clan, ésta se esparcía rápidamente. No había nada que aminorara su efecto. Se morían de un catarro, un absceso o un parto. Y lo único que se convertía en paliativo era una incipiente brujería que trabajaba conjuros ante la adversidad de enemigos desconocidos y diminutos del tamaño de un germen.

 

Entre las muchas teorías que se ciernen sobre esa época, hay una que sostiene que debido a la constante actividad vulcanológica de esa etapa en la conformación de la litosfera, las densas nubes que por siglos se formaron, evitaron la ágil entrada de los rayos del sol, propiciando temperaturas demasiado bajas para ser soportadas por animales que no fueran poiquilotermos, es decir, de sangre caliente. El hombre, entre ellos.

 

Siempre que entramos en esta época del año pienso en esto que hoy escribo. Mi comprensión hacia las que fueron las circunstancias vividas por nuestros ancestros me arrebata un sentimiento de agradecimiento por el esfuerzo que hicieron para no sucumbir ante las condicionesde un planeta hostil y cero amigable, dando la base de lo que milenios después sería nuestra especie.

 

Al hombre primitivo. Gracias.
A nuestro Adán y Eva. Gracias por haberse adaptado a lo que fue todo menos el paraíso de un mundo en el que, aparte del árbol de manzanas de la sabiduría, hubo poco de lo que pudieron echar mano para llegar a nuestros días.

 

Me pregunto qué dirán los hombres dentro de 40 mil años más. ¿Agradecerán que soportamos este tiempo hostil o de un planeta insensible?… o simplemente ya no habrá quien haga esta reflexión, luego de haber sucumbido ante una historia plagada de obstáculos para trascender.