CRÓNICA DE UN MARATONISTA PRIMERIZO

“Si quieres ganar, corre 100 metros. Si quieres experimentar la vida, corre maratones”. Emil Zatopec

Insomnio. El reloj marca las 2:30 de la madrugada y el despertador está programado para hacerme abandonar la cama una hora y media después. Justo a las 4 a.m. Aquello suena un par de veces. Al despertar, desconozco si es la emoción que vence al nerviosismo o si es el nerviosismo que vence a la emoción.

Vitaminas, sorbos de suero, pan tostado con crema de cacahuate, plátano y café es mi atípico desayuno por la hora en que lo consumo. Me unto un poco de vaselina en zonas de alto riesgo por el roce de los músculos y me fijo un cinturón especial donde guardo aminoácidos, un par de geles energéticos, 200 pesos, papel higiénico, audífonos y la tarjeta del hotel.

Tomo el taxi con un par de amigos. Llegamos al centro histórico de la Ciudad de México, para esa hora ya pintado de rojo por el color oficial de las 40 mil camisetas ahí reunidas. Tiempo ideal para aflojar las piernas, para calentar un poco y para esperar que el cuerpo obligue a buscar baños portátiles y así evitar líos durante el recorrido.

Se canta el Himno Nacional. Crece la ansiedad. Apenas te puedes mover. Aquello es un gigantesco vagón del metro en hora crítica. Abrocharte las agujetas se convierte en una odisea con el espacio vital invadido.

Salimos antes que el sol. Y ahí vamos, avanzando poco a poco no sin antes tomar clásica la selfie en pleno arranque con el Palacio Nacional o Bellas Artes de fondo.

Aún sin pasar el kilómetro cuatro ya empieza mi cabeza a taladrarme con aquello de si acabaré el Maratón. Me pregunto qué demonios hago ahí. Así que tomo los audífonos, los coloco con astucia y pongo play a la lista de música que tenía preestablecida.

Me empiezo a desesperar un poco. No puedo escuchar a la gente que ha madrugado para salir a impulsar con cánticos y porras a miles de desconocidos. Así que me retiro los audífonos.

¡Vamos, vamos, ya falta menos!, gritó una señora acompañada de sus hijos. Técnicamente estaba en lo correcto. Ya sólo faltaban unos 38 kilómetros.

Comienzo a pensar en la meta, en cómo será el momento de cruzarla. Apenas de imaginarlo me conmuevo. Creo que es tal la batalla contra uno mismo que los sentidos se potencian al máximo. Cada paso es un capítulo entero. Historias por doquier. El que sin una pierna pone el ejemplo a todos, el que mueve los brazos más que las piernas porque éstas han corrido tanto que ya no pueden más.

Me acerco al kilómetro 28 y llega mi primera crisis. Las piernas están rígidas, emberrinchadas, de mal humor como un niño que se ha fastidiado del mismo juego. Me agacho un poco y pongo las manos en las rodillas. Levanto la vista y observo delante de mi a un corredor que porta en su espalda la fotografía de su amigo que se ha marchado a otro mundo. El anterior maratón todavía lo hicieron juntos.

Los últimos kilómetros son de auténtico infierno pero con destino al cielo. Un shock de emociones. Miles de piernas en forma de maremoto con dirección a la gloria. Sufrimiento y agobio. Pero ahí seguimos, enfilados y dispuestos a pagar con músculo un peaje por el boleto a la satisfacción personal.

La animosa gente que sigue aplaudiendo a los miles de corredores continúan cortando naranjas con la velocidad de chef japonés. Otros acercan hasta donas y pan por aquello de los carbohidratos. Dulces, paletas de cajeta, pomadas y ungüentos mágicos para el dolor se ponen a disposición de todos.

Veo el número 41 a lo lejos. Aprieto el paso. Ya voy demasiado lejos como para rendirme.

Se me hace un nudo en la garganta y cuesta trabajo respirar. Más cuando aparece el Estadio de Ciudad Universitaria. Ya es ahí la inercia quien te lleva. Atravesar el túnel es conocer y atestiguar el umbral del dolor del que tanto se habla.

Por fin el tartán tras 42 kilómetros de duro concreto. Una alfombra para las piernas.

Tomo el celular para grabar mi llegada. De la emoción al cruzar la meta se me cae y rueda varias veces. Lo levanto e intento grabar unas palabras. El nudo permanece en la garganta y me cuesta trabajo hablar. Respiro profundo, jalo aire, lo vuelvo a intentar y no puedo. Dejo de grabar. Camino hacia la zona de recuperación sintiendo todo y nada a la vez.

Lo logré tras poco más de cinco horas de esfuerzo. Una locura traducida en satisfacción. La lucha contra uno mismo.
¿Lo volvería a hacer? Creo que sí. Bueno, quito el “creo”. Por supuesto que sí.

POR CARLOS GUERRERO WARRIOR @carloslguerrero