LIBROS AL DESNUDO: LEER EN MEDIO DE LA TORMENTA

Hace poco desperté de súbito en la madrugada, eran las cuatro, un temor me invadió como una pesadilla que cruza la frontera hacia la realidad. Mi abuela enferma, cada segundo apagándosele la vida por el destino que todo nos llega pero que nunca estamos preparados para darle la cara; mi padre, en unas horas se sometería a una cirugía y aunque mi mente forzó en mi pensamiento “todo va a estar bien”, en aquel despertar de pronto me pregunté “¿y si no?”. La compleja vida. Sin embargo en medio de aquellas circunstancias la vida debía seguir, no espera a los que estamos sufriendo o nos mordemos las uñas por la ansiedad, es más, parece que va deprisa como burlándose de uno.

 

 

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Mi abuela continuaba enferma, rodeada de la familia, por ello mi padre, en un acto para mí heroico tuvo que compartir la atención ante algo sumamente poderoso: la sombra de la muerte. Por la mañana se internó pero fue hasta casi las cuatro de la tarde cuando lo operaron, en cuanto pude fui al hospital y me senté junto a mi hermana y un par de tías que aguardaban sentadas en esas frías e incómodas sillas del Seguro Social, después de ponernos al tanto tras tiempo de no vernos saqué mi Kindle y comencé a leer, como decía la vida no espera y debía para el día siguiente terminar dos novelas que comentaría en un círculo de lectura, una la llevaba a la mitad y la otra apenas unas páginas. Leí ante la que creía una mirada colectiva de rareza, casi juicio, como si todas las personas allí presentes se preguntaran cómo podía tener cabeza para ello cuando las suyas las ocupaban sus enfermos. La idea me fue carcomiendo y me detuve, pero sin leer me llegaban ideas terribles, los peores escenarios… No, leer no era no estar preocupado, leer era sobrellevar ese instante. Por la noche me ofrecí a quedarme con mi padre para que mi madre estuviera al pendiente de mi abuela. A las ocho hice el cambio con ella y me adentré a la sala de espera aguardando a que le asignaran cama pero el hospital estaba lleno y tras un par de horas me hicieron saber que se quedaría en el post operatorio sobre una camilla y que yo podía (debía) aguardar en Urgencias. Sentí rabia y dolor, tan solo pensar que mi padre estaría tantas horas en una rígida camilla en soledad me partió el alma pero nada podía hacer, tampoco me hizo gracia saber que pasaría doce horas en aquella sala con las mismas tortuosas sillas; lo bueno, si es que se podía rescatar algo, es que llevaba mis libros y tenía mucho por leer. Así que comencé, primero a ritmo veloz, devorando páginas con el oído atento por si ocurría el milagro del otorgamiento de una cama para mi padre pero se escuchaban todos los nombres menos el suyo.

 

 

 

 

 

Leí y lo primero que me caló fue el frío que vi como algo bueno pues me mantenía alerta. Después de un rato, con los ojos algo cansados miré a mi alrededor, así como yo, otras personas pasarían la misma odisea, entre ellas una joven de mi edad que estaba sentada a escaso un metro de donde yo me encontraba. De inmediato pensé que si para mí sería difícil transitar la noche con todo y libros, para ellos, que apenas si traían un teléfono celular, sería el doble, el tedio combinado con la preocupación los haría enloquecer. Y no me equivoqué. La chica primero vio obsesivamente su teléfono hasta que supongo se acabó los megas o se hartó (siempre he creído que por más que se actualice la información en la red uno termina asqueado tras ciertas horas), después intentó dormir, acto casi imposible pues las sillas están diseñadas para no lograrlo jamás. Se giraba hacia un lado, hacia el otro, subía, bajaba los pies, apoyaba la cabeza en el borde, la sujetaba con sus manos, lloraba no sé si por ella o por su paciente. Apenas si conciliaba cerrar los ojos unos minutos y despertaba por el dolor del cuerpo y supongo la misma preocupación de todos: que digan el nombre de mi paciente mientras estoy inconsciente. Hasta el momento no se me prendió el foco: traía un libro extra, qué tonto. Lo saqué y se lo ofrecí como alguien podría ofrecer un café; ella entendió el sentido del préstamo de inmediato y lo tomó. Cual sediento en medio del desierto lo abrió y comenzó a leer vorazmente. No sé si aquella mujer era una lectora asidua o si no, pero devoró el libro durante gran parte de la noche. Su semblante cambió y estoy seguro que las horas fueron menos difíciles para ella como para mí, que literalmente no dormí y terminé ambas novelas. Cuando me marché quiso regresarme el libro. No lo acepté.

 

 

Decía Hemingway, el intenso escritor norteamericano que igual vivió en paz en Cuba como en conflicto en la Guerra Civil Española; que el lector en algún instante de su vida debe “leer en medio de la tormenta”, cuando todo está en contra y aun así te aferras a los libros para salvarte como si lo hicieras del borde de un barco entre truenos y altas olas, librando la tempestad. Después de ese momento difícil comprendí a cabalidad lo que quería decir: leer es un alivio, un compañero fiel que abraza y al cual no debemos traicionar ni en las buenas ni en las malas, que él no lo hará.