LA PARADOJA HEFNER

UNA Y OTRA VEZ, EL EMPRESARIO SE ENFRENTÓ A LOS CLICHÉS DEL MERCADO, GOLPEÁNDOLO CON IDEAS INNOVADORAS POR LAS QUE SERÁ RECORDADO.

POR: Mauricio Flores @mfloresarellano

El fundador de Playboy fue la marca misma, el ícono de una época en que “abrazar el sexo es parte de lo que nos hace libres”, y pieza esencial de las fuerzas que derribaron el puritanismo en occidente.

La vida empresarial —por lo tanto, personal— de Hugh Hefner no embona con el modelo clásico que define Daniel Bell, autor del poderoso libro Las Contradicciones Culturales del Capitalismo, donde expone los polos en que las personas deben desdoblarse todos los días: de día, en trabajadores puntuales; de noche, todos convertidos en perfectos crápulas en pos de “la vida loca” y ajenos a los mandatos corporativos y empresariales.

Curiosamente, Hefner no vivió tal contradicción. Él, como personaje, encarnó esa contradicción nacida de la provocación sexual: la acuñó de joven en sus sueños lúbricos y libertanos en Chicago, lo aplicó al comprar fotos de Marilyn Monroe desnuda, con las que publicó el primer ejemplar de la revista que alegró la vida millones de jóvenes
que deseaban tener sexo antes que ir al altar; perfeccionó el modelo abriendo casinos y realizando eventos con sus famosas Conejitas —con el conejito cómo insignia—, y conforme lo permitía la tecnología analógica, lanzó canales en televisión restringida para cobrar sobre los derechos de transmisión a suscriptores que, en compañía o en soledad, podían encontrar en sus pantallas el epítome del sueño americano: riqueza, belleza, placer… y todo por una módica suma.

En otras palabras, Hefner fue un catalizador clave para la revolución sexual de los años 50 y 60 del siglo pasado.

Hef supo adaptar la empresa a los tiempos al concluir la utopía psicodélica. En 1971, Playboy salió al mercado de valores. El hecho de que la famosa Mansión Playboy tuviera originalmente las cortinas abajo para “que siempre fuera de noche”, era el llamado a romper, aunque fuera por unas horas, las ataduras de la competencia económica, de las parejas monógamas o poco satisfactorias, para dejarse arrullar por la sensualidad de mujeres hermosas, bebidas, drogas y comida, música y alegría cual cuerno de la abundancia sin fin. Detrás de ello, la maquinaria de negocios relajada y funcional, pero al fin y al cabo maquinaria, para generar ingresos que sostuvieran los costos de producción de la editorial, así como los gastos de un extenso marketing que, además de las fiestas de promoción, incluyó una amplia e ingeniosa gama de artículos personales y hasta de cigarrillos con el emblema del conejo.

Así, Hefner modificó en buena medida la historia cultural de occidente con una empresa que llegó a valer cerca de mil 200 millones de dólares al inicio del siglo XXI (unos 3 mil millones de dólares a valor presente), pero que valía no más de 130 millones de dólares hacia 2010.

En 1988, su hija Christie Hefner tomó las riendas del negocio operando en la bolsa de valores, y desarrolló la base del crecimiento a través de franquicias para elevar la rentabilidad de la empresa, así como recortes de personal y control de gastos. Empero, la competencia a través de Internet mermó los ingresos a mayor velocidad que la formación de ahorros. Los sitios porno empezaron a generar contenidos más llamativos (y baratos) para personas cada vez más adaptadas a comunicarse gesticularmente. Así que Hugh decidió regresar a tomar el negocio y compró acciones de una compañía que llegó a valer 33 dólares por título, y que su fundador recompró a 6.15 dólares el título en 2010.

Pero no fue Internet lo que puso en situación difícil a la revista. Es un lugar común decir que fue la red de redes la que hirió a Playboy. Lo que realmente impactó en todos los negocios editoriales de entretenimiento para adultos provino de su propio éxito al romper tabúes y exponer, abiertamente y sin represión, los impulsos sexuales propios de la condición humana: al caer esos muros, vino primero una democratización y luego la masificación del erotismo —diría el sociólogo Anthony Giddens— que encontró en las tecnología de la información digital un vehículo para ir más rápido y más lejos en la creación y difusión de contenidos, como lo que catapultó originalmente Playboy.

Hefner, a edad avanzada, entre 2005 y 2010, realizó un reality (La Mansión de las Conejitas), con el que retó una vez más los estereotipos de la pareja monógama y cuestionó la calidad de la oferta desarrollada en Internet; poco después “regresó la ropa” a la revista como una elegante bofetada a la pornografía barata.

A su fallecimiento, será necesario repensar hacia dónde avanzará la industria del entretenimiento de adultos en tiempos en que ya nadie se espanta de nada en temas sexuales, y detectar al próximo Hefner que rete nuestras cómodas y hedonistas convicciones.