ELOGIO DE LAS CANTINAS: APUNTES PARA UNA PARRANDA

CIERTA MADRUGADA DEL 52. Un hombre y una mujer conversan en el gabinete más cercano a la barra de una cantina decorada con paisajes campiranos y papel picado. Es el desveladero donde se juntan los más reconocidos con los más reventados. Ellos son los últimos clientes. Una botella de tequila rasposo y respondón media la distancia entre los dos. En la mirada lánguida de él, y en su pelo un poco revuelto, apenas se insinúan los estragos de la noche. Entre las ojeras azules y las recias carcajadas de ella se mantiene la llama viva del desmadre. Don Pepe, el cantinero, les lleva personalmente a la mesa un plato con cuadritos de pata, queso y totopos, porque a esa hora ya no queda ningún mesero. El hombre se torna repentinamente serio:

—Nos faltó cantarle la que acabo de escribir.

—Ese gallo nació muerto. Nadie sale después de tres canciones.

—Seguro sale si se entera que se la escribí a ella.

—No quiso o no la dejaron. Ni siquiera se asomó por la ventana pa aventarte un besito… Nomás te prometió y no te cumplió.

—La única promesa que me ha hecho fue correrse una parranda conmigo. “¿Me lo juras, mi alma?”, le dije, y me contestó que por todo ese cariño que yo le tenía me lo juraba… ¿No se te hace como un volcán esa mujer?

—Sí, ha de ser como el Iztaccíhuatl: muy bonito pero bien difícil de treparlo, y pa que al final esté bien helao. El hombre, de saco gris y corbata azul, se mesa el fino bigote, luego saca una cajetilla, le ofrece un cigarrillo a la mujer y con la flama de un encendedor dorado que ostenta las iniciales jajs, lo enciende. Después prendé el suyo y le da una honda calada para expulsar un hilillo de humo que quiere ser suspiro. Ella, delgada y de rasgos finos, se bebe el tequila de un trago y luego saca un paliacate rojo de su pantalón de mezclilla y se limpia la frente.

—Este tequila me hace sudar.

—Con que no te vayan a sudar los ojos.

—Yo no lloro… nomás me acuerdo… Es la cruz de ayer y la de antier. Tanto vino y tantas viejas.

—Donde no hay vino ni mujeres no hay fiesta, Chavela.

—Ya no llegué a mi casa otra vez…El hombre se escancia con parsimonia el chorro de plata en su copa, y le dice a su acompañante: —Uno las adora, les entrega todo y, ¿cómo pagan, Chavela? Se van con el que tiene más en el banco.

—Como dice la canción, compadre: —canta muy entonada— “Me abandonaste mujer porque soy muy probe… y por tener la desgracia de ser casado…”.

—Órale, Chavela, no te burles.

—No´mbre, lo digo porque María es la casada.

—Pero con un argentino; así no cuenta.

—Es que también, Fello, parece que quieres con todas.

—Como también dice la otra canción, Chavela: —canta fuerte— “Yo soy mexicano, me gusta ser charro… pero más que todo ser enamorao”.

La mujer sonríe de nuevo y echa un grito y luego da un puñetazo
en la mesa.

—¡Ayayay, así semos los mexicanos!

—Oyes, Chavela, pero si tú naciste en Costa Rica.

—Los mexicanos nacemos en donde nos da la chingada gana.

—¡Salú por eso!

El tintinear de las copas espabila al cantinero que mira el reloj de la pared y luego se rasca la cabeza con resignación.

—¿Y dónde se fueron los mariachis? —pregunta el hombre.

—Se salieron cuando fuiste al baño.

—Pos hay que traer otro mariachi, un trío o de perdida unos jarochos.

—No, compadre, ya la plaza está desierta, ¿orita de dónde? —responde ella guiñándole un ojo al cantinero.

—Entonces que traigan otros tequilas porque a esta botella ya se le acabó la fuerza —remata él con decisión.

—Ya vamos a cerrar, don Fello —interviene el cantinero poniendo la cuenta en la mesa.

—¿Y para que cierran tocayo, si ya casi está amaneciendo?

—Ay, señor… señora…, ustedes van a acabar conmigo —el cantinero les sirve dos tragos y luego se va a abrir las persianas. Entran los primeros rayos de un sol que se mete como basurita entre los ojos de los noctámbulos.

—Salú, compadre —dice Chavela y se empina la copa de un jalón.

Él se queda pensativo como si mirara dentro de sí mismo. Sus ojos se humedecen. Enciende otro cigarrillo. Le da una larga calada y pregunta a su compañera:

—¿Traes pluma, Chavela?

Ella dice que sí y extrae una pluma fuente muy fina de un morral de yute que dejó en el asiento. José Alfredo abre los ojos sorprendido.

—Me la regaló Alemán.

—A ver, anota —le pide él.

Chavela Vargas agarra la hoja con la cuenta que está sobre la mesa y la coloca al reverso. José Alfredo apaga su medio cigarrillo en el cenicero de barro y empieza a dictarle:

—Cuál cariño es el que dices…que te di con toda el alma. ¿Cuándo abriste tú conmigo las persianas del Tenampa? Así, mientras despunta la mañana y se acumulan las cenizas de varias parrandas, va naciendo una canción.

POR JORGE ARTURO BORJA @jaborjal50