ELOGIO DE LAS CANTINAS: DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

“UNA CANTINA QUE SE CIERRA ES COMO LA MUERTE DE UN VIEJO AMIGO”, DICE EL POETA A QUIEN LE APASIONA ESCRIBIR EN LA BARRA DE LOS VIEJOS TEMPLOS ETÍLICOS. SEGURO MUCHOS DE NOSOTROS GUSTOSOS LE DIRÍAMOS: “¡SALUD!”.

POR JORGE ARTURO BORJA @jaborjal50

1. Mi padre fue cantinero y mis hermanos también; en sus negocios ellos lo acompañaron como cajeros, cantineros, meseros y hasta sacaborrachos.

2. Desde muy niño conocí la parte interna de la barra; un mundo misterioso donde se podían encontrar vasos, limones, refrescos, removedores, cubiletes, dominós, barajas, botes con monedas antiguas, relojes y anillos que se guardaban en calidad de empeño, y otras cosas “prohibidas” como revistas Playboy, condones y frasquitos de tinta china para caballero.

3. Decía mi padre que en las cantinas como en los templos: “Cuando las cosas van bien, les va bien; pero cuando están peor, les va mejor”. Eso me recuerda que en la Revolución, por ejemplo, cuando los ejércitos tomaban una ciudad todo permanecía cerrado: las casas, las tiendas, los restoranes… casi todo, menos los burdeles y las cantinas.

4. Mi papá como buen cantinero, además de ser un preciso valuador de alhajas y relojes, sicólogo empírico y confesor de almas perdidas, también era un maestro consumado en el arte del caballazo que aprendió siendo garrotero en el Río Rosa, donde llegó a atender a Lucha Reyes que alternaba el tequila y el coñac, y mesero en Las mil y una noche (sic), donde solía recalar a las tres de la mañana Graciela Olmos, La Bandida, madrota y compositora, diciendo como contraseña: “Soy La Pirata, soy La Bandida”, para que se le franquearan las puertas.

5. Para mí una cantina es como una nevería, un álbum de fotos familiares; un club de solteros, un hospital de almas heridas, un templo de monjes oficiantes del antiguo ritual de la bebida.

6. En este “mamantial” de bebidas espirituosas se ofrecen las panaceas para los enfermos del síndrome de abstinencia; dependiendo de los síntomas, resequedad en la boca, dolor de cabeza, náuseas, se aplican distintos remedios. Para el dolor de cabeza, síntoma inequívoco de deshidratación, basta con un bull o una sangría. El mareo o la náusea ameritan una o dos piedras —tequila, fernet y anís— para entrar en calor, serenar el estómago y recobrar el ánimo pero, sobre todo, para evitar el temible torzón. La temblorina y el calambre causados por falta de potasio, o la tiricia por falta de amor requieren remedios que van, dependiendo de la gravedad, desde el Calimocho, el Desarmador, el Blody Mary, hasta el Martini o la Margarita.

8. Las de mayor tradición son verdaderos museos o máquinas del tiempo, donde el parroquiano puede revivir el ambiente de siglos menos apresurados y pueriles que el presente.

9. Su variedad gastronómica incluye platillos para todo tipo de paladares, desde los más exigentes hasta los más populacheros, auténtico regocijo de exquisitos y tragones.

10. Una mañana gris desperté con la sensación de que el cielo se había desplomado sobre mis huesos y camino al trabajo me detuvo Audías, el mesero del Bar Max, preguntándome el motivo de mi tristeza, yo ni siquiera me había dado cuenta que se me salían las lágrimas. Unos tragos y una conversación sobre mujeres hicieron de cauterio sobre mi alma, y en esa cantina me sentí mejor que en mi casa.

11. Cuando nació mi primer hijo pasé a repartir puros a El Recreo y los “combebientes” me retribuyeron con tantos brindis que al día siguiente al cargar a mi bebé no sabía si temblaba más por la emoción o por la cruda.

12. Camino al velorio de mi hermano mayor me detuve como a las nueve de la mañana en una cantina de Cuauhtémoc para despedirlo con un brindis, y terminé por referirle su historia al cantinero, quien me invitó la del estribo.

13. Cuando siento el vértigo de la existencia, que el mundo da vueltas incontrolables e impredecibles; cuando experimento el terror del vacío laboral, amoroso o creativo, me sostengo de la firme barra de una cantina a la espera del juicio final, pero siempre, invariablemente, llega la cuenta antes que las trompetas.

14. Lamento mucho que se cierren cantinas que frecuenté alguna vez en la vida (Dos Naciones, El Nivel, El Seminario, La Ciudad de los Espejos, La Vieja Tequilería de Manrique), una cantina que cierra sus puertas es como la muerte de un viejo amigo.

15. Siempre estoy dispuesto y esperanzado a conocer una nueva cantina para depositar las cenizas de la amargura diaria o llevar a pastar a mi imaginación.

Foto principal por: El Sol de México