DE COPA B A COPA C

Este 2017 se cumplieron 55 años de la colocación de los primeros implantes de silicona para aumentar el busto. La primera mujer en ponérselos fue Timmie Jean Lindsey. ¿Quién era ella y por qué fue la pionera en usar este tipo de prótesis mamarias?

No era una bailarina exótica, tampoco una actriz o modelo que necesitara resaltar sus atributos; sin embargo, era una joven que, después de haber parido a seis hijos, sí necesitaba realzar sus pechos. Era 1962 y Timmie, quien se casó a los 15 años y se divorció a los 26, trabajaba como obrera, y un día de ese año acudió a un hospital para solicitar de forma gratuita —gracias a un programa social al que calificaba por sus bajos ingresos económicos— que le quitaran un par de tatuajes que tenía en el pecho, una rosa en cada uno, los cuales se había hecho para complacer a un antiguo amor.

La mujer se encontró con los médicos Frank Gerow y Thomas Cronin, teniendo la suerte de coincidir los tres; ella deseaba arreglar la piel de su escote y ellos buscaban una mujer que estuviera dispuesta a someterse a una cirugía para probar los implantes que ambos habían creado.

Cómo se les ocurrió hacer implantes de silicona? Con una mezcla de suerte y conocimiento. Sucedió que un día, el doctor Frank Gerow iba hacia un banco de sangre, y en sus manos llevaba una bolsa con plasma. Pensó que la bolsa tenía la apariencia de un seno femenino y después intercambió ideas con el doctor Thomas Cronin, quien sabía de un nuevo material para implantes. Trabajaron y diseñaron el prototipo de implante mamario, como un refresco en bolsa, pero más delicado.

Un animal fue el primero en ser sometido a la idea de Gerow y Cronin que, sin dimensionarlo, estaban en camino para concretar una revolución en el campo de la cirugía estética. Los archivos históricos de la medicina estética y reconstructiva dicen que Esmeralda se llamaba la perrita que fue utilizada para probar los primeros implantes rellenos de silicona; se los colocaron y mantuvieron debajo de su piel un par de semanas, hasta que Esmeralda empezó a morder las puntadas que tenía por la operación y le fueron removidos sus “senos”.

Así, Gerow y Cronin deseaban dar el siguiente paso cuando llegó al hospital Timmie. Después de quitarle los tatuajes con un tratamiento de dermoabrasión le explicaron el procedimiento, y aseguraron que los nuevos implantes serían tan inofensivos como el agua. Ella les autorizó experimentar con su cuerpo, con la condición de que también le operaran sus orejas de Dumbo, como ella decía tenerlas.

Sólo pasaron dos horas y el pecho caído de Timmie se levantó, renació, y pasó de ser copa B a copa C. Después de la cirugía, Jean Lindsey sentía su pecho pesado, como si alguien estuviera sentado en ella, y aunque sintió dolor, éste le duró sólo una semana. Al verse al espejo evaluó su busto como perfecto, pero la mejor calificación la recibió al salir a la calle, porque los hombres le silbaban y gritaban halagos subidos de tono. Nunca antes se había sentido tan observada. No obstante, guardó en secreto su operación estética, pasó mucho tiempo para que les contara a sus amistades cercanas que se había convertido en la primera mujer en tener implantes de silicona.

Un año después, los médicos Gerow y Cronin mostraron su trabajo ante la comunidad de cirujanos plásticos y fueron
aplaudidos. Su trabajo estético sería un bombazo comparado con el boom del bikini en 1946, ya que las mujeres con medidas corporales más discretas encontrarían en los implantes con silicona la manera de parecerse de forma “natural”, sin rellenos, a estrellas voluptuosas con 90 centímetros o más de pecho, como Jane Russell (97 cm), Marilyn Monroe (91 cm) o Sophia Loren (90 cm).

En esta historia también hay ironía. Con los años, las cirugías estéticas de busto femenino se han hecho populares. En Estados Unidos, una de cada mil personas se coloca implantes mamarios, y en ese mismo país se realizan más del 22 % de operaciones de aumento de pecho cada año, lo que representa miles de millones de dólares de ganancias anuales. No obstante, Timmie, el conejillo de Indias, nunca progresó en su economía, siempre vivió en la miseria, y hasta los 82 años de edad trabajó para ayudar a la manutención de una familia que le dio 16 bisnietos. Sus implantes originales nunca fueron cambiados y le ocasionaron algunos dolores desde los años 80, dolencias que no le nublaron
la sonrisa al recordar cómo hacía aullar a los hombres al verla caminar oronda, erguida, hace 55 años, en la revolucionaria década de los años 60.

Difícil de creer.

POR: Sergio Sepúlveda
@sergesepulveda