El hambre

Por Armando Vega Gil, ilustracción de Rocko

Martes 30 de Junio de 2009

Un olor extraño, un hombre con un traje gris y una sensación de encierro habitan esta fantasía fuera de lo común salida de la pluma de un músico, poeta y loco.



Traté de escapar, pero el hombre del traje gris bajó de su automóvil con una agilidad que, dada su corpulencia, parecía irreal. Un golpe natural, preciso, me obligó a inclinar la cabeza ante él como si saludara a un mandarín de la vieja China: reverencia de dolor, pensé, y fui a dar con todo y huesos al mullido sillón del auto. Breve recibimiento.

—¡Auxilio!

Más golpes en la nuca, los riñones, en la boca del estómago. Alguien cubrió mis ojos con cinta adhesiva y cesaron los puñetazos. Como al detective, me iba a arder la cara cuando arrancaran la cinta.

Flotaba en el ambiente una amargura que de pronto se concentró frente a mi nariz. A pesar del silencio, escuché claramente al hombre del traje gris:

—¿Reconoce este olor? —preguntó sin violencia.

Pensé en mi mujer, de seguro a esas horas tendría la cena lista. Vaya reacción: ahí estaba yo, aterrado, esforzándome por reconocer el aroma del interrogatorio, y lo único que me venía a la cabeza era la imagen de un olor querido, rutinario: un plato de sopa. Hacía frío, mucho frío. Noche exacta y lluviosa como para una sopita caliente, me dije. Al ver que se hacía tarde, mi esposa comenzaría a preocuparse. Así era ella.

—No, señor, no sé qué es. ¡Por favor, déjeme ir, no he hecho nada malo!

—Tranquilo, sólo dígame qué es este olor y lo suelto.

—¡Le juro que no sé! —chillé.

¡Con un demonio!, juro que intentaba apartar de mi nariz los recuerdos de la sopa hogareña, juro que concentraba todas mis fuerzas en el interrogatorio, pero era inútil: jamás había olido algo igual en toda mi vida... que no era mucha, tengo que confesarlo.
—Trate de recordar —me urgió el hombre del traje gris con una suavidad que me dejó los pelos de punta.

El automóvil se puso en marcha.

—Ande, huela. Huela con calma. Tarde o temprano sabrá de qué se trata, así que ahorrémonos molestias y verá que llega temprano a casa, antes de que se le enfríe su sopita.

Un tumor de miedo apenas me dejaba aspirar la pestilencia del trapo húmedo con la que el hombre del traje gris me restregaba el rostro. Una arcada de vómito me atenazó el abdomen. Gemidos como de gato silvestre. Por suerte no había probado alimento en todo el día, así que no ensucié las finas vestiduras de piel del carro más que con un poco de bilis. Esto me tranquilizó muchísimo. Caí desmayado.

Me despertó un calor mojado y sofocante. Flotaba en el ambiente junto a un rumor de maquinaria, mientras yo en la boca tenía un gusto a cobre. Se  habían ido el hombre del traje gris, el automóvil, el aroma, y yo estaba ahí, desnudo, tendido sobre unas losas gomosas, tal vez bajo un rayo de sol que se colaba por una rendija del sótano —supuse que estaba en un sótano—. Intenté levantarme, quitarme de los ojos la cinta adhesiva, pero estaba atado de pies y manos. Entonces el rumor de maquinarias cesó dejando tras sí un largo eco, y una lluvia de tacones cayó a mi alrededor como en un baile de tap: todo era un puro resonar en aquel sótano —supuse que era un sótano—. Una multitud de manos angulosas levantaron mi cuerpo en vilo hasta colgarlo de cabeza en un cable de acero. Estaba frío. Luego mi existencia se redujo a un oscilar perezoso. Silencio. Los ojos de los dueños de los tacones, atentos a mi piel desnuda. La sangre se me estancó como una bolsa tumultuosa entre ojos, sienes y las venas del cuello, y pensé que toda esa sangre me brotaría en un chorro desde la boca inflamada; pero no, la sangre se quedó ahí, quietecita.

 1 | 2 
COMENTARIOS
No hay comentarios
Debe ingresar al sitio para comentar
  • Publicidad